Nuevo Amanecer

LA INTRUSA


Hace tres lunas rompí el suave huevo que me protegía, semienterrado en la maleza a orillas de un lago. Me deslicé suavemente hacia la áspera tierra aceitosa rodeada de peces muertos y bolsas plásticas aplastadas por la suciedad, mi nuevo y flamante hábitat, lugar en donde de ahora en adelante debería encontrar mi alimento, ya fuera escamoso o peludo, pero alimento al fin.
Fui creciendo poco a poco, y hace unos días me encontraba acechando a una rata bien gorda que entraba y salía de un tubo muy grande del que salían aguas verdosas y otras cosas más, como muy acostumbrada a ocultarse allí; sin embargo, pudo más el hambre que atenazaba mi panza que la repulsión que me causaba el hedor de tan pestilentes aguas, y sin pensarlo más penetré a la oscuridad del tubo detrás de la rata que chillaba huyendo de mí.
Repté por mucho tiempo adherida a las carrasposas paredes del túnel resbalando hacia atrás por la fuerza de las sucias aguas que salían del tubo, pero no desistí, y pese a mi sangre fría sentí un insoportable calor y los gases me asfixiaban y me hacían desmayar. Finalmente atisbé una hendidura que me hizo augurar una salida, ¡al fin!
Como mis anillos estaban cansados y entumecidos de tanto reptar dentro del tubo, se me dificultó salir por la hendija hacia el aire libre donde campeaba la noche y un cierto aire fresco, lo que me motivó a enrollarme en mis anillos y dormir. El amanecer me asustó y pude ver que estaba rodeada de cajas de madera podridas y apiñadas, con rescoldos de frutas descompuestas y de botellas vacías que aún tenían residuos de un líquido enervante. Fue grande mi alegría al ver que de ellas entraban y salían lagartijas y ratones de todos los tamaños, quienes me servirían de exquisito alimento.
Los días y sus noches fueron pasando sin mayor problema, y mi piel se desprendió dos veces de mi cuerpo dejándolo lustroso y suave, satinado, con brillantes colores verde y blanco entre los dibujos geométricos de mis desarrollados músculos. La noche trajo a mi bífida lengua y lustrosos colmillos inquietudes desconocidas, y ansié encontrar a un macho que reprodujera mi especie en numerosas crías, como mi cuerpo lo pedía. Repté apresurada hacia una alcantarilla que ya conocía, en donde había descubierto una salida hacia un predio vacío lleno de maleza en donde seguramente encontraría a mi pareja. Lo encontré descansando debajo de unas piedras y fue atracción a primera vista. Antes del amanecer regresé a mi guarida.
Los días fueron pasando y mi vientre se abultaba cada día más. Me sentía torpe para salir a cazar, y una tarde que reptaba despaciosa hacia mi escondite, sentí un dolor electrizante, penetrante, que traspasó mi cabeza. ¡Ay, que terrible dolor! Fui atrapada por una soga del cuello y me arrastraron por el lodo entre cajas viejas y piedras hasta llegar a una desvencijada vivienda del Mercado Oriental que olía a basura y a carne quemada, en donde un hombre me colgó de una viga. Escuché risotadas, malas palabras y palmoteos de alegría de hombres, mujeres y niños y a continuación y sin titubeos abrieron mi vientre, vertieron mi sangre, desgarraron mis carnes en muchos pedazos que vi caer, y en medio del insoportable dolor y el último hálito de vida que aún tenía, segaron mi cabeza.
Los hombres que esa noche comieron deliciosas hamburguesas de mi carne seguramente dormirán satisfechos en su apetito. Las mujeres que despellejaron y asaron mi lomo también quedaron hartas, y sus vientres aún más, porque mis crías finalmente encontrarían dónde reproducirse, crecer y alimentarse, mientras les llegue la hora de salir por algún orificio humano hacia un desaguadero, un inodoro, una letrina o el agujero de un baño. O quizás hasta sientan gusto de permanecer donde están mientras crecen y crecen. Y hasta es probable que por instinto natural surjan de entre las aguas de un inodoro buscando nuevamente el ano descuidado por donde salieron, a fin de permanecer en una guarida segura, alimentándose de sus estómagos e intestinos y creciendo y creciendo y creciendo…

Managua, 24 de agosto, 2006