Nuevo Amanecer

CARLOS/MUJERES/POEMAS


Quizás por querer pertenecer aún más, personalmente, a uno de los hilos conductores de la poesía de Carlos Martínez Rivas, como es el de las mujeres, mitos genialmente sobredimensionadas algunas, es que quiero creer que la Yadira Jiménez de “El Paraíso Recobrado” de Carlos, poema publicado en los “Cuadernos del Taller San Lucas”, Granada,1943, cuando él sólo tenía 19 años, es la misma Yadira Jiménez, actriz y vedette glamorosa, que un día de semana santa de 1951, mi padre Octavio Rocha me presentó en el “Hotel Estrella”, de San Juan del Sur, cuando yo tenía nueve años. Para mí la indescriptible novedad era que por primera vez en mi vida había conocido a una actriz que, según supe, actuaba por la noche, si no en ese mismo hotel, en algún casino o lugar de espectáculos nocturnos en aquel paradisíaco balneario.
De todas maneras, su imagen yo no la volvería a recobrar de aquel paraíso, hasta que años después, leyendo “El Paraíso Recobrado” quise creer y quiero seguir creyendo que aquella exuberante mujer que marcó mi infancia, fue la misma Yadira Jiménez, niña o adolescente entonces, protagonista de ese poema que junto con tempranas y novedosas creaciones literarias de Ernesto Cardenal, Ernesto Mejía Sánchez y otros destacados poetas exterioristas, marcaron, a la vez que la frontera con el Movimiento de Vanguardia, la Posvanguardia como continuidad de la excelencia de la poesía nicaragüense. En su “Prólogo” al poema dice Carlos de nuestra Yadira: Allá, en la América del Sur, lejos, en Colombia./ Donde el Magdalena corre ancho y solemne,/ y el Tequendama se alza/ como un río que se puso de pie/ para mirar de lejos el mar;/ …./ vive una niña./ No es largo de contar./ La conocí una mañana/ en el aeropuerto de San José de Costa Rica./ Lo demás no puede ser más sencillo: / la amé. Todos los jóvenes la amábamos./ Un día partió para Colombia./ para Cartagena.../ Y entonces, yo, al no hallar que hacer con mi amor,/ hice de él una canción.
Esa canción, desde luego, es “El Paraíso Recobrado”, dibujado, inventado e idealizado con una niña que “se vuelve manzana cuando cumple quince años”. El dibujante ve la manzana y no ve la serpiente, el Monstruo. Porque si de algo estoy seguro es de que si Carlos, de ser cierta mi suposi­ción, hubiera visto a Yadira Jiménez cuando yo la conocí en 1951, a dos años de que él publicara La Insurrección Solitaria, no la hubiese reconocido y mucho menos dibujado con la frescura y el candor con que Yadira aparece en El Paraíso Recobrado. Quizás Yadira por adelantado se hubiera convertido en la Madame del poema “No solo la sonrisa veían” en El Monstruo y su dibujante: Durante la corta temporada en que tuve/ el privilegio de hallarme a vuestro lado, pude,/ -permitidme, Madame, decíroslo- observar/ entre la luz de los ralos cabellos/ las junturas calizas y dentadas de vuestro cráneo./ A los fuertes rayos del sol/ he logrado después ver, netamente/ y con inexpresable admiración./ vuestra calavera completa/ (con las dos cuencas y el pequeño/ agujero triangular sin fondo)/ que vos llevabais con tan noble/ desdén y casi sin advertirla.
Para Carlos, el dibujante, la transitoriedad del ser humano es monstruosa, y por lo tanto el “Mundo”. En el Tomo II de su magna e imprescindible obra “El Siglo de la Poesía en Nicaragua”, Julio Valle-Castillo lo explica de esta manera: “Martínez Rivas concibe el mundo no sólo como una contradicción sistemática, sino como el campo donde conviven y disputan el Bien y el Mal, algo atrayente para él que iba al descubrimiento y asunción de su identidad de poeta maldito; el sistema es un Monstruo y el artista, su dibujante. El “Mundo” es obra de Dios y el Diablo; de allí que sea el reino de las tinieblas; un “hoyo mudo”, un “caos palurdo”, un “oído duro” y el poeta, en su alegoría, es ese niño pervertido o ese Niño-Dios corrupto. Imagen de su tentativa. El epigramático se encanta con la marginalidad, no quiere nada que se parezca al éxito, a una respuesta interesada para con su obra. Todo éxito para él será vulgar; toda gloria literaria, dudosa, porque son inventos del aparato del Monstruo; de aquí que desdeñando a las celebridades de los cincuenta o sesenta, prefiere la nada y se queda con nadie, él hace el vacío. En verdad, quiere brillar por su ausencia: Borges, Paz, Cortázar/ a ellos los citan./ A ti te plagian./ Así transitan/ tus mejores nadas./ Mejor es nada. (“Anónimo centroamericano”)”.
Sin embargo, fue un insoportable perfeccionista toda su vida; un obsesionado de “sus mejores nadas” aunque acabara diciendo que “Mejor es nada”. (…) [N]os enviaba mensajeros con sus poemas para casi de inmediato prevenirnos que ésa no era la versión defini­tiva, y que estuviéramos pendientes de la llegada de ésta, y le avisáramos. Poco después cambiaba la definitiva por otra más definitiva, hasta que nos autorizaba publicar la quinta o sexta definitiva, para en cuanto ésta había salido publicada expresarnos, muy dolido, el agravio de un supuesto e intencional error a la hora de levantar el texto. Entonces optamos, gracias a la fotomecánica, no levantar el texto de sus escritos, sino fotocopiarlos como si se tratara de una fotografía.
Onofre Guevara nos relata así su experiencia:
“Carlos Martínez Rivas, para evitar errores en sus poemas, los levantaba él mismo en máquina de escribir mecánica y luego eran fotocopiados (hoy se diría scaniados). Ser editor de una página en donde debía publicarse un poema de Carlos Martínez Rivas, era obligarse a compartir con él, durante varias horas, su angustiosa obsesión por sólo imaginar con terror la posibilidad de encontrar, al siguiente día, un error en su poema. Una mañana, llegó a Barricada con un poema escrito a máquina, esperó se fotocopiara y conversó varias horas sobre el cuidado que se debía tener para evitar un error. A la una de la tarde, me envió una nota, recordándome la publicación el día siguiente, sábado 12 de octubre, y al final un: “No olvide que vendré a la revisión de pruebas a las 5 y media p.m.” Su autógrafo que me dejó en su nota fue el único autógrafo que logré en mi vida, pagado con varias horas de angustias compartidas con tan genial e insufrible poeta”.
Hasta ahora no he conocido personalmente a Esperanza Mayorga, la mujer con quien Carlos procreó a sus hijos Carlos Emanuel y Carlos Ernesto. En Madrid me mostró una pequeña fotografía a colores de ella, felinamente atractiva con un conjunto de chaqueta y pantalón atigrado, echada en el suelo de madera de la sala, o más que echada agazapada como a punto de saltar sobre el fotógrafo. Esa vez Carlos me habló de la desdichada vida de ambos, cuando él tenía que trabajar en bancos. Era en San Francisco, California, en las entrañas del Monstruo que iba adquiriendo un perfil más definitivo.
Lo anterior resulta evidente en Infierno de Cielo, libro al que pertenece el poema “Esquina con Esperanza/ Esquina sin Esperanza”, y en esa esquina, “la fiera”: en el/suelo/echada/viendo/la tele/se le/pega/el cuero/a la/madera. No era, sin embargo, el de Esperanza un tema que le agradara, y fue voluntad suya, la noche bohemia en que me mostró la fotografía, leerme este poema, obviamente muchos años antes de que fuera publicado.

En cambio, el tema de Alba Goldman, por su irreprimible atracción por las mujeres casadas o frutos prohibidos, le apasionaba en presente y con mucha mayor razón, porque a ella le había escrito en el pasado “Alba y mi Modo”, en la sección “El Monstruo y su dibujante” de La Insurrección Solitaria, cuando Alba estaba soltera. Es el momento de decir que la gran mayoría de las seducciones y adulterios protagonizados por Carlos y sus conquistas, hay que agradecérselos a su imaginación, y de esto estaba más que claro Germán Gaitán, marido de Alba y gran amigo y compañero de andanzas y conspiraciones políticas mío. Por supuesto, que a Germán nunca le incomodó que un poeta de la categoría de Carlos le hubiera hecho un poema a su mujer cuando estaba soltera, pues era más bien un mérito para él, que había hecho la conquista definitiva y verdadera.
Cuando yo conocí a Alba Goldman ya era la esposa de Germán Gaitán, mi amigo y compañero en el Movimiento Nueva Nicaragua, precursor del FSLN. Por su condición de responsable de este movimiento en plena dictadura somocista, Germán tenía que llevar una vida totalmente clandestina a veces, o semiclan­destina en los buenos tiempos. Alba Goldman, una judía-nicaragüense muy bella, morena espigada, de mirada limpia y porte de dignidad permanente, soportaba estoicamente todas las privaciones y angustias que se derivaban de la necesariamente azarosa vida de su marido. Siempre conservamos una espléndida amistad, y en varias ocasiones compartimos, Alba, Germán y yo, los versos de “Alba y mi Modo”: Si se da cuenta de mi modo/ Si lo logro/ Si le da la vuelta mi modo/ Entera y en redondo/ Y si mi modo a su manera/ Se le presenta como/ Se le recomienda solo/ Si la despierta con su codo/ Si le restriega un ojo/ Para que vea con el otro/ Y si le pega su tono/ Y ya le suena como propio/ Si lo logro/ Si de mi modo se da cuenta/ Tomo lo todo que la quiera/ Porque el modo es el hombre. Ellas/ Son sólo darse cuenta.
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Carlos había vivido en Francia y España a finales de los años cuarenta, y sus amistades eran más antiguas que modernas en materia de bohemia. Personas nada más que respetables se encontraban entre ellas, como Don Gregorio Marañón hijo, pero no vitales. Fue así como, entre muchos de nuevas generaciones, le presenté al escritor granadino Fernando Quiñones y a su esposa veneciana, Nadia Consolani, quien le hiciera el poema “Nadia Cerámica Intocata”, no incluido en libro alguno y que creo haber publicado en la década de los ochenta en “Nuevo Amanecer Cultural”, con motivo de una visita de Fernando (ya fallecido) y Nadia, quien es una excelente ceramista, a Nicaragua. Sin embargo el logro de haber obtenido este poema para este trabajo, debo agradecérselo a una discípula suya y estudiosa de su obra, Yaoska Tijerino.
Desde luego, que la atracción que sintió Carlos por Nadia, contó con la tolerancia de un viejo zorro andaluz como siempre lo fue este gran cuentista novelista y poeta, amigo de todos los nicaragüenses, Fernando Quiñones Chozas. Ni Nadia ni él ahuyentaron al pertinaz depredador, y gracias a esa seguridad de ambos, salió este poema lleno de eróticas insinuaciones en clave, de la inexistente complicidad de Nadia, como cerámica, ciertamente intocata. Pero en lo que Carlos tenía toda la razón al hacer este poema, es que lo que no se ha tocado reclama ser moldeable como una vasija (Sigillata), arte de la tierra y símbolo femenino, concepto reafirmado al hablar del íntimo alabastro translúcido, con la blancura propia de la piel de Nadia, que amerita un recorrido digital hasta llegar a la crátera, la vasija grande y ancha de las festividades greco-romanas; la fuente del placer que confiesa, no haber recorrido, pese a que la saleta, la habitación anterior a la antecámara del rey, estaba sin guardián; queda pues el lapislázuli, mineral de azul intenso, tan duro como el acero y aquí símbolo fálico, sin arañar. Pero en este poema la negación es afirmación: Dice que no sucedió lo que se está insinuando que sucedió.
Y es como casi todo en Carlos, en este poema hay un porcentaje de realidad que es la que inicia el toque magistral de esta pócima de ficción. Digo esto, porque creo haber estado presente en ese inicio, cuando por la época mencionada íbamos saliendo del piso 10 de los Quiñones en María Auxiliadora 5, junto con ellos Carlos y yo. Llevaba Nadia un vestido muy escotado por detrás, que dejaba ver una espalda esplendorosa, con la línea vertebral pronunciada desde sus omoplatos, hasta la crátera no visible y Carlos, al entrar al ascensor después de ella, como con un atrevimiento inocente, recorrió con su índice aquella línea, haciendo que Nadia, con un grato escalofrío, volviera su rostro sorprendida ante lo que interpretó como una travesura. No pasó a más el asunto, hasta que apareció el poema “Nadia Cerámica Intocata”: No avanzó la mano al vaso/ de Terra Sigillata, atraída/ por el esmalte como por una/ víbora. No osaron los tres/ dedos alzar y retorna/ al trípode el íntimo Alabastro/ translúcido. No recorrió/ el índice la curva de crátera./ Y, en la saleta sin guardián,/ no arañamos el lapizlázuli.
A finales de 1965 ya era inminente mi matrimonio con Mercedes Gómez Alcázar, extremeña y de origen familiar republicano, por lo que Carlos y yo, de mutuo acuerdo, abandonamos los ejercicios de boxeo que practicábamos en Pozuelo de Alarcón, y como también el vino disminuyó, lo mismo ocu­rrió con sus breves y altisonantes conciertos de guitarra, en los que destacaba el único tango de Agustín Lara, “Arráncame la vida”, que él cantaba, añorando a Irma Prego, silabeándolo con énfasis: “arrán-ca-la-to-ma-mi-co-ra-zón”.
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Volví a encontrar a Carlos Martínez Rivas con un salario en EDUCA, en Costa Rica, en 1971, donde era atendido y querido espléndidamente por Sergio Ramírez y su esposa Tulita, tal y como ambos lo siguieron haciendo hasta lo imposible, cuando triunfó la revolución en Nicaragua. Cuantas veces, llegué a Costa Rica Sergio y la Tulita nos invitaban a almorzar y departir, quizás para nuestros antecedentes, demasiado sanamente.
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En una de esas idas y venidas fue que conocí a la apabullante y natural­mente deshinbida Irma Prego, viejo amor de Carlos, quien a la sazón casada con Julio Suñol, nunca coincidió, al menos estando yo, con Carlos. Con el tiempo Irma Prego, quien al fallecer dejó una novela inédita, acostumbraba llamar a su marido “el finado” y lo hizo personaje de un cuento suyo, “Agonice con elegancia”, también llevado con mucho éxito al teatro en San José y Managua, para escarnio de Julio, quien siempre me pareció una buena persona, pero incapaz de poder domesticar o siquiera congeniar con la Irma, nacida, a la medida de un poeta o de varios poetas y, para contraer matrimonio con la libertad.
En el capítulo “Muchachas en flor” del libro Vida perdida de Ernesto Cardenal, encontramos este candoroso testimonio: “La Adelita Marenco y la Irma Prego eran inseparables. Como también éramos inseparables Carlos Martínez Rivas y yo: en la Managua de aquel tiempo habían pocos inteligentes de nuestra edad con quienes conversar, y más escasos aún poetas como nosotros, los que congeniábamos muy bien, unidos por el mismo humor, solteros, bebedores, perseguidores de muchachas o acompañados por ellas, y con la misma relación dialéctica ante las muchachas, de audacia y timidez; y por éstas y muchas más cosas éramos inseparables e indispensables el uno al otro. Carlos Martínez Rivas, el genio de mi generación, todavía no debidamente reconocido fuera de Nicaragua.”
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Carlos Ernesto Martínez Rivas nació en Puerto de Ocoz, Guatemala, el 12 de octubre de 1924, e Irma Prego en Granada, Nicaragua, en 1933. Fue la musa de los años felices de la Generación de 1940, cuando pirotécnicos enamoramientos se produjeron a comienzos de la década del cincuenta, tal y corno nos lo acaba de decir Ernesto Cardenal. Pero los enamoramientos de Carlos fueron infinitos. En su prólogo al libro Mensajes al más allá, de Irma Prego, es José Coronel Urtecho quien nos lo describe: “El gran poeta Carlos Martínez Rivas, que desde entonces daba muestras de ser un gran poeta, el más genial de los poetas de su generación, era según se cuenta, enamorado de Irma Prego, el más interesante, no cabe duda, de los enamorados de ella y sus amigas. Nada extraño, porque él ha estado siempre enamorado de todas las mujeres”.
En tiempos de finales de la revolución y posteriormente a esos finales, Henry Ruiz y yo acostumbrábamos, aunque esporádicamente, ir a Costa Rica a visitar a Don Joaquín Gutiérrez y a su esposa Elena, y por las noches también departíamos con Irma Prego, quien cuando estaba eufórica decía en voz alta, y con cariño para sus amigos, su lema e himno de batalla: “iArráncame la vida!”, y cuando le preguntamos nos aceptó que provenía de Carlos Martínez Rivas y de aquel tango de Agustín Lara. Nostalgias de un viejo amor que tuvo, según ella, como característica lo platónico, y su momento culminante de realidad una tarde en una enorme hamaca que tenía Quico Fernández en el aposento de su casa, y Carlos comenzó a desabotonar su blusa y a introducir su mano con tal lentitud, que dio tiempo a que algún impertinente que estaba en la sala se asomara frustrando aquellas medidas eróticas.
De lo que no cabe duda es que la Irma, además del tango, compartía con Carlos incluso el tono de voz. Carlos, y esto no es ficción, la penetró y dejó en gravidez permanente; se aposentó en su sensibilidad, y si Carlos se fue primero, el 16 de junio de 1998, y la Irma después, el 10 de octubre del 2002, la partida de ambos quedó inmortalizada en aquel estreme­cedor poema para Irma Prego “La puesta en el sepulcro”, del cual citamos algunos versos: Cuando ya no me quieras./ Cuando ya no me quieras/ y no podamos estropear nada/ porque nada estará vivo y confiado./ Cuando tú te hayas ido y yo me haya ido/ y los de la música se hayan marchado/ y el portón se cierre/ (dentro pasan el largo fierro por la argolla/ asegurando con la correa el cerrojo,/ y soplan los candiles/ y las mechas se quedan humeando);/ diremos: “Algo se ha perdido./ No mucho. Nunca es mucho. Pero/ algo esencial -un culto, un lenguaje,/ un rito- está perdido”./ Cuando hayamos dejado de ser esto que somos:/ parecía expuesta al dardo,/ mal avenida pero bien enlazada./ y nos dispersemos en otros círculos, y nos disipemos en otras charlas;/ habrá quien diga: “Aquí dos seres carmesíes/ se atraparon. Los vimos/balancearse estreme­cerse oscilar/ retornar a la seguridad/ y caer”.
Este poema se encuentra en Infierno de Cielo, el libro con el que Carlos Martínez Rivas ganara por unanimidad el Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío en 1984. Los jurados, el mexicano Juan Bañuelos, Ernesto Mejía Sánchez y yo, la estábamos pasando muy mal leyendo entre 110 originales que nos los habíamos repartido entre los tres, hasta que Ernesto Mejía Sánchez nos llamó para decirnos: “Ni se sigan molestando, porque tengo un libro que no sólo es extraordinario, sino que no tiene competidor posible. “Nos reunimos en el Hotel Intercontinental, en donde se hospedaba Juan Bañuelos, y no necesitamos abrir plica alguna para con alegría coincidir en que el autor era Carlos Martínez Rivas; “El mejor de entre todos nosotros”, como afirmó Ernesto Cardenal.
Luis Rocha
Octubre de 2006.