Nuevo Amanecer

Poemas de Alvaro Urtecho


ALFONSO CORTÉS

A Ramiro Argüello Hurtado,
inmerso y recoleto en la ciudad de León

Un hombre solo, ceñudo, ceñido
a su estrofa interior, camina
por las calles de la vieja ciudad colonial.
Es joven ese hombre, pero antiguo,
de tanto bullirle el Ser dentro de sí,
de tanto cosquillearle la palabra suprema
en el caracol de los sentidos. Él sabe
de las cosas, él conoce lo Oculto,
lo Invisible, él oye recónditas voces,
arcangélicas dianas que despedazan
el aire en que se mueve.
Enfundado
en traje blanco y doctoral, camina
hacia las iglesias y hacia las catedrales.
Se detiene. Cree escuchar ya los órganos.
Contempla ventanas y balcones.
Contempla los interminables tejados
de la crepuscular ciudad en donde
maúllan, según adivina, las almas.
¡Tejados simétricos, precipitándose
como teclas de piano, armonía
de la música metafísica de Alfonso!

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TARDE

La tarde ronda siempre la infinidad
del día. Un límite de muerte
que nos recuerda el fin de toda cosa,
el color, los colores que se apagan,
los labios abrevando en la marea baja,
el cansancio del párpado y del cuerpo
buscando la sombra de la cueva,
el café con su leche, la poción
silenciosa, el lomo de los libros
intocados esperando la mano
que los abra y descifre.
Yo me envuelvo
en la tarde presintiendo a lo lejos
la miel densa de los hondos panales,
anhelando los besos que se podrían dar
y que nunca se han dado, y contemplando
al mundo que pasa inflamado de máscaras
con su noticia vil que se borra al instante.

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LA CORONA DE ESPINAS

Alvaro urtecho

Desde que vi, en la primera iglesia
-vecina de la casa en donde cantaron
los gallos de mi nacimiento junto
a la sonrisa inclinada y curiosa
de mi madre-, la faz de Jesucristo,
su corona de espinas, no he dejado
de buscar nunca a ese hombre,
la suma toda del dolor humano,
la suma de lo que no dijeron
ni griegos ni romanos, ni el judío
fariseo envuelto en su traje lujoso
de Pontífice dictaminando la Ley
y la Norma como después en las
capillas augustas del Vaticano.
La suma del dolor, de la pregunta
inquisitiva alzada al cielo desde
el peso del madero sangrante,
oloroso, para mí, a corozo e incienso,
la suma de todo lo que nos atañe
más allá de las eras con sus dioses
circulando y asentándose en altares,
deshaciéndose en oros y monedas.
¿Dónde habitas, Cristo nuestro,
dónde está tu primera y última
pregunta y tu corona umbilical
de espinas? ¿Eres el hombre
que habitamos, el hombre que
asesinan e incineran todos los días?
Inútil es recordar tu sufrimiento
que escribas y escribanos guardan
como una efemérides más en los
calendarios del César y sus sátrapas
de ayer y de ahora. Tú no existes,
Jesús, Nazareno, como algo fuera
de nosotros, como algo impuesto
por los perros guardianes de la
Fe ortodoxa en su euforia triunfante.
Tú estás en nuestras venas, eres
la sangre que alimenta nuestro
anhelo de protesta y rebelión.
Eres el vino que apuramos
y la embriaguez compartida.
Eres, en nuestra tarde que declina,
en nuestra noche poblada de
fantasmas y temores, el hombre
que somos, el rostro que nos
duplica en el espejo, el encarnado
en las vértebras y en los corazones
que resucitarán algún día cuando
sean dados todos los abrazos
y los besos que no pudimos dar.

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AMOR ETERNO

( En memoria de Rocío Dúrcal)

A Carlos Garzón,
amante del cante y del diamante

Alvaro urtecho
La muchacha andaluza, victoriosa
en tantísimas hazañas del canto:
del cante jondo al pasodoble,
de la gutural canción de barrio madrileño
a la balada y al rock.
La muchacha andaluza briosa, gitana,
sensual, entrando a la gran muerte mexicana
del huapango en la Capilla de Guadalupe,
al saludo de su Juan Gabriel, a su falsete,
a sus trajes verdes de velo y lentejuela
que arden hoy, en la urna carnal de su ceniza.