Nuevo Amanecer

La dama con el unicornio


Según Gino Casagrande (Lectura Dantis Newberryana, II, Evanston, Northwestern University Press, 1990), para Thomas de Cantimpré en su De rerum natura (1236-1250), la araña, el águila o buitre, el simio, el gallo(?) y el jabalí representan cada uno de los cinco sentidos. Steven Connor (I cinque sensi, Bertinoro, 1/9/2005) cita Cantimpré: “Nos aper auditu; linx visu, symia gustu/ Vultur odoratu precellit aranea tactu” (“el oído al cerdo, la vista al lince, el gusto al simio, el olfato al buitre, el tacto a la araña”), y apunta que una serie de grabados de Georg Pencz (siglo XVI) conserva esa tipología.
En La dama con el unicornio, en la tapicería de la vista aparecen un lince en primer plano y un zorro en el fondo; al simio, repetido dos veces y acompañado con perro y aves exóticas, el gusto; el oído al perro y el zorro; el tacto al simio, el guepardo, y aves; el olfato al simio, el cordero y el lince. Los tactos dados a animales de clase baja: la araña y el jabalí fueron transformados por razones de nobleza del conjunto. Asimismo el león, recurrente en todo el conjunto, aparece heráldico, al igual que el unicornio; probablemente pasa igual con el cordero (el Physiologus, modelo antiguo de los bestiarios medievales, describe al unicornio como: “un animal pequeño, que se parece al cabrito (el cual aparece con el cordero en la sexta tapicería), y que es muy apacible y dulce”, que sólo se logra capturar presentándole el seno de una doncella en el que se recuesta): Edmond du Sommerard, conservador del museo de Cluny, quien adquirió de una familia de Rouen el ciclo de tapicerías en 1852, apuntó que la bandera de tres lunas de La dama con el unicornio era de los Le Viste, importante familia de juristas leoneses, el león, símbolo de la nobleza, haciendo referencia al casamiento de una hija Le Viste con un gentilhombre. Posiblemente el mismo unicornio simboliza el origen divino de la nobleza, como en Chants royaux du Puy ND d’Amiens.
Por otra parte, se suele considerar que el Bestiaire d’Amours (c. 1245), de Fournival, marca un cambio en la simbología de los bestiarios, dándole a todo el libro el sustrato de evocaciones amorosas hacia la mujer deseada, quien se tiene que enfrentar a representaciones de la pasión del cortesano, siendo ella responsable y culpable del atrevimiento por el impulso que provoca, lo que mereció al Bestiaire una Response au Bestiaire, atribuida a una mujer, quien reta Fournival a cambiar sus prescripciones acerca de la sensualidad de la mujer para hacer de los sentidos de ella una protección para sí misma, y deshace la identificación implícita del Bestiaire entre los sentidos, los animales y la mujer. En esta perspectiva, cuando Fournival expresa su doble muerte: cantando para la dama, en la figura del grillo, y matado por el canto de las sirenas, prefigura la estructura de Thibaut de Champagne (Chansonnier, 1275-1300) cuando escribe: “Je suis comme la licorne, qui est frappée de stupeur lorsqu’elle contemple la jeune fille.”
La asociación entre mujer, sentidos, animales y amor y la dicotomía maniquea entre enamorado como cazador-cazado y enamorada como teniente de los sentidos en juego en el coqueteo nos acercan tanto a la identidad entre el tema de la dama con el unicornio y el amor cortés, como a la identidad entre el tema y la cuestión aristotélica, debatida en la época, de la elevación de los sentidos al sentido común o inteligencia, cuya sede reside en el corazón y la mente, como vemos en Dun Scot (De Anima, 7; De Re Principio, 14). Lo que aclara, en primera instancia, el ritual de amor cortés, sustentado por las pesquisas de Sommerard sobre el casamiento de la joven Le Viste, en la serie de tapicerías. Dentro de este marco, que nos remite tanto al Bestiaire d’Amours de Fournival como a su anómina Response, se entiende la problemática de los sentidos y la relación de la dama con éstos.
Ahora bien, el último paso, que sería la explicación de la sexta tapicería, con su oscuro lema: “A mon seul désir”, y el misterioso cofre de la dama. Es en El mercader de Venecia (1594-1596) de Shakespeare que hallamos la interpretación de los dos motivos, y de su relación. Ahí el motivo de los cofres es retomado de la Gesta romanorum, colección de cuentos medievales traducida al inglés en 1577. Dicho motivo también aparece en el romance griego Barlaam y Josapahat, en el Speculum Historiale de Vincent de Beauvais, en el cap. 176 de La Leyenda áurea, en el primer relato del Lib. X del Decamerón y en Confessio Amantis de John Gower. Puede ser, además, que ya se hayan fundido los dos aspectos: avaricia de los pretendientes mundanos e intenciones sangrientas de los usureros en School of Abuse, obra teatral anónima de 1579. En Shakespeare cada uno de los tres cofres que presenta Porcia a sus pretendientes lleva una inscripción: el de plomo “Quien me escoja debe dar y aventurar todo lo que tiene”. Es sólo al que escogerá éste que se entregará la rica heredera, ya que el pergamino que contiene reza: “A vos, que no escogéis por la aparencia,/ suerte siempre tan feliz y elección tan verdadera./.../ volveos del lado de vuestra dama/ y reclamadla con un beso de amor”.
Los primeros versos del último pergamino remiten a la dialéctica entre sentidos físicos e intelectuales, lo cual permite entender la serie de tapicerías como abandono de los sentidos físicos a provecho del de la inteligencia y el amor, lo que confirma el ademán de la dama de poner su collar en el cofre. Además, la inscripción del cofre de plomo recuerda el lema “A mon seul désir”, que implica también entrega total. El proclamo de la unión con la dama en el pergamino de Shakespeare, el cual se resuelve con la entrega del beso de amor a la dama, sigue las reglas del amor cortés: peticionario, suplicante, rogador, entendedor o “el que comprende”, amante, último grado en el que el enamorado impone a su dama un nombre secreto, se arrodilla ante ella y ella, en un tocamiento sacramental, le acaricia el rostro y le besa la frente. Este nombre secreto tiene eco en el lema cabalístico desdoblado por el gesto ambiguo de la dama en la tapicería. Vale la pena recordar aquí, para entender el recurso a un motivo que nos parece de amor cortés en Shakespeare, que una de las reglas del amor cortés es “Enamorado no es avaro”.