Nuevo Amanecer

En Nicaragua sí se lee, pero ¿para qué se lee?


Recientemente terminó la Feria Internacional del Libro en Centroamérica --Filcen 2007 (17 al 23 de septiembre 2007)--, como un evento que abona al fomento de la lectura y del intercambio cultural entre los pueblos. Las valoraciones públicas han estado sesgadas por el deseo en contra de la realidad. La realidad de la cantidad de personas que llegaron contra las expectativas que supone atrae un evento de esta naturaleza. Las ventas reales de libros rebajados (cinco mil títulos dicen las notas) contra las ventas normales en las librerías. La oportunidad de los autores para promocionar sus libros, contra la cantidad de lectores invisibles que tienen cuando son verdaderamente promocionados en las bibliotecas, donde su lectura es gratis.
Y obviamente que la realización de la Feria en sí es ya un logro. Un paso en el escabroso camino por convertir a Nicaragua en una república de lectores, por convertir al pueblo nicaragüense en el sujeto de su propio desarrollo. Me sumo a las felicitaciones por el mismo. Sin embargo, y para que los pasos futuros en la dirección señalada tengan un norte seguro, me parece necesario tener presente la realidad objetiva (la que se demuestra con datos y hechos medibles) que el deseo (al cual me sumo) de que esta realidad sea diferente. Por ello quiero comentar sobre una de las afirmaciones que suena más a deseo que a realidad. Veamos.

Un país de lectores
“En Nicaragua sí se lee, mucho más de lo que los medios dicen”, es la tesis que mantiene Salvadora Navas, una de las organizadoras de la Feria. Y continúa: “Lo que pasa es que los libros se promocionan poco y muchas veces ni los propios autores trabajan dando a conocer su obra...” A lo que se suma “el problema de los precios, que en algunas ocasiones son elevados” (El Nuevo Diario, 24 de septiembre 2007, y El Observador Económico No. 137, julio 2007). En lo particular quisiera que Nicaragua fuera un país de lectores, como lo soñó Rubén Darío. Pero también un pueblo informado y actuando conscientemente sobre su desarrollo y su futuro, como, además de soñarlo, lo implementó Carlos Fonseca, utilizando los libros para que la comunidad estuviera informada y actuara conforme. Sin embargo, a pesar de que me sumo a los sueños de los organizadores de Filcen 2007, los indicadores y datos existentes nos obligan a leer la realidad desde otra óptica.
La producción de libros para la venta, o edición comercial como la conocemos las y los bibliotecarios, es muy poca en el país (Anamá afirma que edita 12 títulos al año con un promedio de uno a cinco mil ejemplares por título). ¿Cuánto es la producción de las demás editoriales? Sumadas, quizá, no llegan a los 100 títulos al año (500 mil ejemplares promedio). Ojalá la Cámara Nicaragüense del Libro y la Biblioteca Nacional nos ofrezcan datos concretos sobre la producción bibliográfica nacional.
Esa es una cara de la moneda. En la otra, se produce una gran cantidad de libros y otros materiales informativos (folletos, afiches, revistas) que, aunque pasan por la imprenta para obtener una gran cantidad de ejemplares a menor costo, su distribución es gratuita y promocionada en distintos eventos. Algunos aislados o particulares de las instituciones autoras (talleres, seminarios, distribución dirigida) o en eventos colectivos, llamados también ferias, expo-ferias, etc. Y la mayoría de esta producción tiene un carácter educativo, formador y forjador de hábitos y conductas saludables. O al menos eso pretende.
Sin embargo, vaya usted a saber qué están leyendo las y los nicas para, por ejemplo, mantener un país extremadamente sucio, sólo logrado con el tesón con el que la mayoría de sus ciudadanas/os tira la basura a la calle, por la ventana en los carros en marcha, caminando, en las paradas de los buses, en los semáforos, en cada esquina de residenciales, en los cauces o en los que algún día fueron ríos en las comunidades rurales, fuera de los colegios y de hospitales, y en cuanta venta ambulante se encuentra por las ciudades. Imagínense qué leerán (y para qué leerán) profesoras, profesores y estudiantes, que en la mayoría de las escuelas se encuentra un basurero aledaño, esmeradamente construido por, entre otros, la comunidad educativa local.
¿Qué leerán el personal de salud y de educación (con un grado académico mayor al común denominador) y para qué les servirá, que sigue menospreciando a las personas que conviven con VIH/SIDA? ¿Qué leerán los “padres (y madres)” de la patria que contra lo demostrado fehacientemente por la ciencia, legislan en contra de una norma vigente por más de cien años, sentenciando a muerte a miles de mujeres pobres, al no permitirles el acceso a un aborto terapéutico en condiciones seguras? ¿Qué leerán las niñas y adolescentes que con igual esmero han convertido a Nicaragua en un país con una alta tasa de madres prematuras? Niñas y adolescentes que truncan su futuro, su vida.
¿Qué leerán los conductores de automotores que son insensibles ante los transeúntes? Y no me refiero a esa particular especie de conductores de buses y taxis, que si la policía leyera, al menos las leyes que le competen (y las aplicaran) ya hace bastante tiempo esta especie recorrería las calles de a pie, simulando manejar, con lo cual no harían mayor daño. ¿Qué leerán las autoridades municipales y nacionales que atentan contra los recursos naturales que están obligados a proteger, al permitir construcciones habitacionales en lugares no adecuados, o al permitir la explotación de los bosques sin planes reales de manejo o reforestación?
Y si sigo poniendo ejemplos de lo que la lectura --y para qué se lee-- produce en un pueblo, entonces, definitivamente, que Nicaragua aún no alcanza la categoría de un pueblo lector, informado y formado actuando por y para el bienestar común.

El camino es largo
El camino es largo. Y lo saben quienes como Fundación Libros para Niños tienen ya años de promocionar el hábito de lectura entre nuestros infantes ahora, jóvenes y adultos mañana. Ellos mejor que muchos saben que una feria es sólo eso. Un evento aislado que sólo deja huellas marcadas en la arena. Pero la idea es dejar huellas marcadas en la roca. Esto es probable conseguirlo con un trabajo más coordinado entre las instituciones estatales, las organizaciones de la sociedad civil y la comunidad.
Esta coordinación deberá partir de establecer mediante un estudio, una serie de indicadores cuantificables (cantidad de títulos producidos, temáticas o contenido de los libros, público meta de los libros, cantidad de ejemplares, precio de venta, venta real en el país, cantidad y tipo de bibliotecas por municipio, usuarios reales --y no sólo visitantes-- de bibliotecas, cantidad de escuelas, población estudiantil, etc.) y una serie de indicadores cualitativos (limpieza comunitaria y otras aspectos de salud comunitaria, reforestación y otros aspectos de salud ambiental, recreación sana de jóvenes en las comunidades, acciones de defensa del consumidor en todos los sentidos: comida, transporte, servicios públicos, etc.). De esta manera, las distintas acciones impulsadas para la promoción de los hábitos de lectura (como Filcen o las acciones que realizan otras instancias) deberán tener un norte al cual dirigirse. Una meta segura que alcanzar.
Teniendo estos (y otros) indicadores para medir el impacto de estas acciones de promoción de la lectura, será posible, en un futuro no muy lejano, afirmar con datos más que con el deseo, que en Nicaragua sí se lee, y se hace para el cambio. Pero, además, la incapacidad económica manifestada actualmente como el principal obstáculo para la lectura, ya no tendrá validez, dado que un pueblo lector sabe que en las bibliotecas siempre encontrará más de un libro que lo satisfaga, que lo enseñe, que lo entretenga, que lo oriente, que lo estimule, que le brinde esperanzas.

8 de octubre de 2007

* Bibliotecólogo. Consultor en Organización y Procesamiento de Información. http://www.icla.com/biblionica