Nuevo Amanecer

Capítulo 57: La relación con Nicaragua


Sergio Ramírez llegaba frecuentemente a Guatemala durante los tempranos años setenta. Su cargo de secretario general de la Confederación Universitaria Centroamericana (CSUCA), con sede en San José, Costa Rica, demandaba su presencia en los rectorados de las universidades del istmo.
Cada vez que venía al país aparecía por mi taller para charlar, a su manera, de las cosas que nos hermanaban. Junto con Ariel Déleon, Roberto Díaz Castillo y uno que otro espontáneo, bebíamos algunas copas y la pasábamos bien.
Con Sergio es difícil conversar fluidamente: monosilábico a veces, te mira con fijeza durante sus frecuentes silencios. Le cuesta comunicarse con palabras, pero la empatía que despiertan su sonrisa y su figura de rasgos simples ‑‑gigantón danzante de fies­tas aldeanas‑- obvian sus monosílabos y sus silencios.
Pronto entendimos que aprovechaba sus viajes -‑además de atender sus tareas oficiales-‑ para atar nudos revolucionarios contra la tiranía de la familia Somoza que ahogaba a Nicaragua. Para entender lo que sucede en mi país -‑decía Sergio en aquellos años setenta-‑ debo explicarles la cadena de atropellos históricos que hemos padecido.
En 1847 Inglaterra, con su prepotencia insolente y sus desplantes imperiales, reclamó soberanía sobre el río San Juan, con objeto de establecer en el futuro un canal que uniese los dos océanos. Los norteameri­canos se opusieron porque querían el canal para su manejo. Los dos colosos peleaban lo que no era suyo, mientras los legítimos dueños del país callaban.
Casi en secreto y de facto, Cornelius Vanderbilt, el legendario millonario yanqui, estableció un sistema combinado de vapores y transporte por tierra, aprovechando los lagos y ríos que unen prácticamente las costas atlánticas con las pacíficas. Los norteamericanos habían ganado la partida y pudieron exclamar: ¡Aquí estamos ya!
En 1856 se produce en Centroamérica un suceso inédito: William Walker, aventurero norteameri­cano, inicia una expedición armada y se declara presidente de Nicaragua. Milagrosamente, Centroamérica se unifica y expulsa a balazos al invasor. Sin embargo, el gobierno yanqui coloca en la presidencia, hasta 1893, varios gobiernos conserva­dores, versiones locales de Walker, que sirven hasta la saciedad a los intereses norteamericanos.
Después de treinta años de conservatismo fue electo presidente el liberal José Santos Zelaya. Los gringos intervienen el país para cobrarse las deudas contraídas por los conservadores. Intervienen la banca, las aduanas y los ferrocarriles. En 1912 estalla una revolución liberal para sacudir la tutela extranjera. En respuesta, los señores del norte desembarcan a sus notorios marines para imponer su ley y su orden.

Durante la tutela norteamericana se firma el tratado Bryan‑Chamorro para formalizar derechos exclusivos a los yanquis sobre un futuro canal interoceánico y el establecimiento de bases navales. En 1922 vuelven a desembarcar marines para consoli­dar al gobierno conservador de un señor que se dice llamar Domingo Díaz.
Frente a tantos marines, tratados y vergüenza nacional, se polariza la situación entre los nica­ragüenses. Augusto César Sandino se alza en armas y combate a los marines y a sus anfitriones locales. En 1933 se hace cargo del gobierno un hombre cuya familia gobernará al país durante más de cuarenta años. Asesina a Sandino y los marines se retiran, dejando en las manos ensangrentadas de Anastasio --Tacho-‑ Somoza las riendas del país que gobiernan en realidad los poderosos yanquis, incluido el celebrado demócrata Franklin Delano Roosevelt.
Hacia los años setenta del siglo veinte dio inicio un movimiento nacional contra la dinastía de los Somoza. La rebelión creció hasta involucrar a todos los sectores de la sociedad. La guerra civil fue reivindicada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional y cobró más de treinta mil víctimas, pero fue decisiva para vencer a la dictadura.
Cuando Somoza huyó de Nicaragua el 17 de julio de 1979 no me sorprendió ver a Sergio entre los miembros de la Junta de Reconstrucción Nacional que gobernó al país hasta 1984. Las primeras elecciones generales en noviembre de aquel año llevaron a Daniel Ortega y a Sergio Ramírez a los cargos de presidente y vicepresidente de Nicaragua. Cuando les vi en los periódicos y la televisión sentí una alegría inenarrable, parecida a la que nos embriagó en Guatemala el veinte de octubre de 1944.
Un día de tantos llegó al taller un hombre de mediana edad, con una sonrisa que le franqueaba cualquier puerta. Pulcro, sencillo, directo, me preguntó: ‑-¿Vos sos Toño? Cuando le estreché la mano supe que hablaba con Ricardo Zambrana, embajador sandinista en Guatemala. Desde ese momento su casa fue la mía y las puertas siempre abiertas de ambos obviaron protocolos y dispensas. Fuimos hermanos fraternos y lo somos también hoy día, aun cuando la distancia física nos invisibilice.
Cuando la revolución declinaba ‑-errores propios y mano yanqui de por medio‑- ayudamos a Ricardo a celebrar el último aniversario del sandinismo en el poder. A la chapina, embajadores e invitados comieron chiles rellenos, arroz blanco, chojín, tiras, frijoles volteados con queso de Zacapa y rellenitos de plátano rebozados en azúcar, en sustitución de los nacatamales, chicharrón con yuca y vigorón. Abundó el ron Flor de Caña, propiciatorio del excelso baile del Palo de Mayo, que hace lucir la hermosura graciosa de las nicas, no importa sus edades. Mi casa fue paso obligado de amigos sandinistas. Allí estuvieron, entre muchísimos más, Sergio y Rogelio Ramírez, la Juanita Bermúdez, Daniel Ortega, el padre D’Escoto, Luis Rocha, el Chichí Francisco de Asís Fernández, Luis Enrique Mejía Godoy, su hermano pintor, Armando, y su hermosí­sima esposa Claudia, desaparecida prematuramen­te, Norma Gadea y su padre cantador de tangos.
Varias veces estuve en Managua con los amigos queridos. Los nicas son tan francos y directos que desde que los conoces se te meten en el alma. En esas ocasiones la Josefina Duarte, propietaria de la Galería Josefina -‑situada al llegar al restaurante Munich, doscientas varas al este buscando el lago­-- nos agasajaba con viandas y la presencia de amigos pintores, escritores y poetas. Allí bebíamos, reíamos y reñíamos cuando salían a luz los errores de los comandantes y de sus amigos, que luego olvidába­mos entre copas y fraternidades sinfín. Recuerdo a José Coronel Urtecho, Lizandro Chávez Alfaro, Julio Valle‑Castillo, Fernando Silva, Daysi Zamora.
Ahora casi nunca nos vemos, sin que por ello los olvide. Sigo pensando que aquella hermosa revolución popular fue un hito extraordinario en esta historia latinoamericana que avanza y retrocede, porque estamos muy lejos de dios y muy cerca de los Estados Unidos, según dicen.