Nuevo Amanecer

¡Viva la revolución de octubre!


El octubre revolucionario fue apoteósico. Todos estuvimos al servicio de un desorden desbordante, de un quehacer espontáneo, de un amanecer con la gloria entre las manos. A ninguno le asignaron tarea, pero la cumplimos a conciencia.
Yo, de catorce años, me coloqué en la quinta avenida y décima calle --frente al colegio Liceo Francés, donde estudiaba mi hermana-- y dirigí el tráfico durante tres días. Los vecinos me obsequia­ban refrescos, panes con cualquier cosa y miradas llenas de cariño. ¡Qué sensación más hermosa pro­duce el amor colectivo y la felicidad de sentirse libre! ¡Éramos libres, completamente libres! Así lo creímos...
Los generales se fueron a México, pero casi sin sentirlo y en silencio subrepticio los coroneles ocuparon su lugar. Fue integrada una junta revolucionaria de gobierno que cumplió con su deber, pero a la par, también en silencio subrepticio y casi sin notarse, los abogados, los señores de la ciudad y los señores del campo se ubicaron a la vera del poder desde el primer momento.
La junta revolucionaria --Jacobo Árbenz, Fran­cisco Javier Arana y Jorge Toriello--, dos militares, un civil, disolvió los poderes del viejo régimen dic­tatorial y llamó a elecciones de congreso nacional, de asamblea nacional constituyente y de presidente de la república. Mientras tanto, decretó la autonomía universitaria, la alternabilidad en el poder, elección popular de alcaldes, autonomía del Poder Judicial, reconocimiento institucional de los partidos políticos y algunas otras cosas relevantes.
Las medidas moderadas de la junta no impidie­ron que los viejos negreros se volviesen conspira­dores y que algunos de sus hijos se disfrazasen de revolucionarios.
¡Viva la revolución de octubre! ¡Viva Arévalo!, gritábamos felices. Mientras gritábamos, funciona­rios norteamericanos al servicio del imperio y de la United Fruit Company conversaban seriamente con monseñores, señorones y militares.
Desde el primer día cuando Arévalo habló de justicia social la revolución anduvo a salto de mata porque fue declarada comunista. Los seis años arevalistas dejaron un código de trabajo, un instituto de seguridad social, una soberanía ejercida con dignidad impecable. Pero también soportó treinta y tantos conatos de golpe de Estado y obligó a gastar al imperio y a la vieja oligarquía cantidades inimaginables de dólares para corromper militares, cu­ras, sindicalistas, políticos y aun a algunos revolucionarios. Fue el inicio de la glorificación del anticomunismo que roería canceroso el cuerpo y el alma de aquella revolución luminosa.
Nosotros, los jóvenes revolucionarios, embriaga­dos de libertad, estábamos en los conciertos de la orquesta sinfónica nacional y del ballet Guatemala; ejerciendo el magisterio; iniciándonos en las lides políticas; acostumbrándonos a ser felices a pleno sol, olvidándonos románticamente de los tiranos, despreciando a los conservadores inconscientes que pensaban les habíamos robado la finca que por tan­tos años manejaron a su antojo.
--Estos revolucionarios desgraciados creen haber inventado el agua azucarada.
--Déjalos, mientras más rujan, más fuerte va a ser el morongazo.
--Los odio por indios, cachimbiros y poetastros.
--Hay que darle tiempo al tiempo. Afortuna­damente, tenemos a monse, a Paco y a Marito.
Y así fue. Monseñor Rossell, Francisco Javier Arana y Mario Méndez Montenegro se subieron desde el principio al carro equivocado de la historia. Fueron los primeros artífices y padrinos de la vuelta a una noche que ya dura cincuenta años y cientos de miles de horas de luto nacional.

José Antonio Móbil
“Los móviles de Tono”