Nuevo Amanecer

Rubén Darío: escritos escogidos


Acabo de leer la reseña de Gustavo Pérez-Firmat sobre el libro, Rubén Darío: escritos escogidos, traducido al inglés por Andrew Hurley, Greg Simon y Steven F. White. Francamente, me parece increíble que un profesor de literatura demuestre tan poco juicio al atreverse a escribir un artículo sobre un tema que obviamente desconoce. Esto sería aceptable si fuera la acción de un estudiante universitario de segundo año de Español, pero totalmente inapropiado para el David Feinson Professor of Humanities de Columbia University.
Si el autor hubiera tomado menos tiempo en anotar en Internet las treinta y cinco páginas de su Currículum Vitae, donde indica cada fecha en que publicó un poema o cada vez que algún crítico cubano añorando, justificadamente, su patria hace un comentario favorable sobre su libro, el año que viene estaremos en Cuba, tal vez le hubieran quedado unas cuantas horas para estudiar más a fondo el tema que intentaba analizar o, en este caso, el personaje al que intentaba desacreditar.
Porque lo que Pérez-Firmat ofrece no es una reseña reflexiva del libro o un examen minucioso del trabajo de los traductores; de hecho, y demostrando imperdonable falta de respeto hacia el trabajo de Hurley, Simon y White, solamente tres párrafos de su “reseña” se refieren al libro; lo que él escribió en el resto del artículo es un ataque mal informado y mal intencionado en contra de Rubén Darío, figura cimera en la literatura hispanoamericana.
Si Pérez-Firmat escribió este artículo con la intención de provocar y crear controversia, lo ha conseguido; si lo hizo, como hacen muchos, para llamar la atención a sí mismo o para ver su nombre en los periódicos, también ha tenido éxito. Sin embargo, en la mayoría de los casos, esas tácticas lo único que consiguen es que aquellos a quienes se intentaba impresionar y provocar inmediatamente se den cuenta de que son recursos dirigidos a disimular el escaso talento y conocimiento del autor y su falta de seriedad como hombre de letras.
Cuando Pérez-Firmat, refiriéndose a la obra de Darío, menciona “la naturaleza ambigua de sus logros y que sus innovaciones no fueron innovaciones ningunas,” se nota claramente que, cuando estudiante, debe haberse dormido durante el semestre sobre el Modernismo porque no tiene idea de cuán equivocado está. Pérez Firmat tiene todo el derecho de que no le guste la poesía dariana, pero eso no justifica que ofrezca opinión personal como realidad objetiva para poner en duda la reputación de quien ha sido, por más de un siglo, nombre señero en la literatura hispanoamericana.
No hay nada de ambiguo en el éxito o en las innovaciones de Rubén Darío. Mario Vargas Llosa, quien sí conoce la obra dariana y cuya opinión es valiosa y respetada, afirma que Darío es uno de sus poetas de cabecera “porque no sólo es uno de los grandes poetas de la lengua española, sino quien la abrió a la modernidad y a la universalidad. Su obra es de las mejores cosas que han pasado a la literatura latinoamericana.”
El talento de Darío y sus méritos son internacionalmente reconocidos porque consiguió mezclar felizmente la elegancia, formalidad y musicalidad del simbolismo y parnasianismo europeos, los ecos de la Grecia Antigua, de Roma y la Edad Media, los alardes técnicos de los franceses, y las influencias que recibió de Verlaine, Hugo, Whitman y Zorrilla para crear una poesía cosmopolita y exótica, mística, erótica, de alto sentimiento nacionalista, en la que hace reflexiones profundas sobre la existencia, la muerte, el amor y la vida. Además, Darío inventó formas, modernizó la estilística, liberó la métrica y de tal forma revolucionó la poesía que hasta sus detractores no dudan en reconocerle como el indiscutible Príncipe del Modernismo. Stephen Tapscott, profesor de literatura de MIT, afirma que “su modernismo energético y nacionalista ha hecho que su obra sea de tanta influencia en Hispanoamérica como lo es la de Whitman en la poesía de habla inglesa.”
Esta influencia de Darío se observa en las obras de poetas posmodernistas y vanguardistas del calibre de Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig, Amado Nervo, César Vallejo (en sus comienzos poéticos), Alfonsina Storni, Vicente Huidobro, Jorge Luis Borges y Gabriela Mistral, para mencionar sólo algunos. Tapscott continúa explicando que “Darío prácticamente re-inventó el soneto en la década de 1890, re-introdujo los ritmos de la balada tradicional y del madrigal en 1905 y escribió los poemas que definen al Modernismo a tal extremo que la fecha de su muerte, en 1916, es generalmente reconocida como el final del Modernismo.”
Cuando Pérez Firmat menciona que Darío “recibió reconocimiento universal por liberar la poesía hispanoamericana del romanticismo declamatorio de sus predecesores y que él se vanagloriaba de ello,” el autor trata de pintar a Darío como hombre vanidoso que, además de ser “poeta de dudoso talento”, aceptaba reconocimientos inmerecidos. Pero en el siguiente párrafo se contradice cuando reconoce que la influencia de Darío ha sido enorme y que “difícilmente se encuentra un poeta, desde el español Juan Ramón Jiménez hasta los latinoamericanos Pablo Neruda y Octavio Paz, que no tengan deuda literaria con él.”
A pesar de que todo lo antes mencionado proporciona una buena idea de qué tan equivocado está Pérez Firmat en sus observaciones sobre el genio y la obra de Rubén Darío, es en el siguiente párrafo donde verdaderamente revela su colosal ignorancia cuando dice: “Actualmente, es difícil leer algunos de los poemas más conocidos de Darío sin preguntarse a qué se debe tanto alboroto, tanta alabanza… y que el atractivo de estos poemas es el equivalente literario de las reliquias que aparecen en el “Programa de las Antigüedades” de la televisión norteamericana.”
Un consejo sano para Gustavo Pérez Firmat sería que deje de ver tanta televisión, que lea a Darío y que ponga en esa lista de reliquias antiguas, al lado de sus obras, las de Cervantes, Shakespeare, Góngora, Quevedo, Blake, Yeats, Keats and Wordsworth y las de muchos otros poetas y escritores universales cuyo talento los ha convertido en clásicos y cuyo valor no disminuye con el paso del tiempo. Las modas y los estilos cambian, pero la excelencia no. Cualquier persona educada, especialmente un profesor universitario, debería de reconocer esto sin que nadie tenga que recordárselo.
Pérez Firmat más tarde cita versos de poemas de Darío traducidos al inglés, y dice que “uno aprueba la idea, tal vez, pero se sobresalta con la metáfora.” Lo que debería de hacer este autor, antes de formular juicios prematuros, es leer los poemas en su idioma original si es que todavía recuerda su español o conserva vestigios de su identidad latinoamericana.
Lo mismo se puede repetir cuando menciona el poema, “A Roosevelt,” y comenta que en éste “Darío nos entrega la mezcla de temor, reverencia, miedo y envidia que ha definido la actitud de muchos latinoamericanos hacia el Coloso del Norte.” NO. Lo que Darío nos entrega es un poema donde se encuentra admiración, sí, pero también rebeldía, profecía, crítica, reto y fe; un poema lleno de fuerza, de orgullo y de amor a Hispanoamérica y a sus raíces indígenas. Pérez Firmat necesita leer muy detalladamente el poema “A Roosevelt.” En español esta vez, por favor.
Seguidamente el autor se queja de que Darío, en sus últimos años, se convirtió en un propagandista de lo que él llamó “Hispania fecunda” y pone como ejemplo el poema “Letanías de Nuestro Señor Don Quijote.” Mala escogencia la de Pérez Firmat, pero apropiada para mí, pues me sirve para repetir unos de los más memorables versos de este poema que dicen: “de las epidemias de horribles blasfemias/ de las Academias/ líbranos señor.” En este caso cabe perfectamente sustituir: de un señor profesor tan mal informado/ del equivocado/ líbranos señor.
En lo único en que Pérez Firmat posiblemente tenga razón es cuando, en los últimos párrafos, finalmente hace un intento de reseñar el libro en cuestión y, sin ofrecer ningún elogio a Hurley, Simon y White por el enorme esfuerzo que su libro representa, comenta que “la habilidad de los traductores, de la sección poética principalmente, no hace justicia a la poesía de Darío.” Tal vez esto no sea causado por la inhabilidad de Greg Simon y Steven White, sino por la dificultad que implica el traducir a un idioma extranjero, en lenguaje coloquial, una poesía caracterizada por lo exótico de sus temas, por su musicalidad, por la riqueza de su vocabulario y por la elegancia formal de su retórica.
Para finalizar, cito comentarios sobre Darío escritos por autores de reconocido mérito, quienes obviamente han estudiado lo suficiente como para conocer a fondo y escribir inteligentemente sobre su obra literaria.
En 1933 en Argentina Pablo Neruda y Federico García Lorca, en un discurso al alimón dedicado a Darío, lo llamaron “el padre americano de la lírica hispánica de este siglo,” y luego, “el poeta de América y de España.” Neruda comentó sobre “sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre imprescindible y de ésta su poética magnífica, atravesada de sueños y sonidos.” García Lorca agregó: “Como poeta español, enseñó a Valle Inclán y a Juan Ramón Jiménez, a los Hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan de Urquijo, no había tenido el español fiesta de palabras, choque de consonantes, luces y formas como en Rubén Darío… fuera de normas, formas y espuelas queda en pie la fecunda sustancia de su gran poesía.”
Neruda y Lorca finalizaron diciendo, con admirable humildad, que Rubén Darío era “esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros.”
Octavio Paz es conciso en su apreciación de Darío cuando afirma que “el lugar de Darío es central… no es una influencia viva, sino un término de referencia: un punto de partida o de llegada, un límite que hay que alcanzar o traspasar. Ser o no ser como él: de ambas maneras Darío está presente en el espíritu de los poetas contemporáneos. Él es el fundador.”
Enrique Anderson Imbert es muy elocuente cuando comenta que “Rubén Darío dejó la poesía diferente de como la había encontrado… por su técnica verbal, Darío es uno de los más grandes poetas de todos los tiempos; y, en español, su nombre divide la historia en un antes y un después. Pero no sólo fue un maestro del ritmo; con incomparable elegancia poetizó el gozo de vivir y el terror de la muerte.”
Jorge Luis Borges concluye esta lista de escritores diciendo: “Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará. Quienes alguna vez lo combatimos comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar libertador.”
Sería ideal que las opiniones de estos maestros inspiraran a Gustavo Pérez Firmat no sólo a leer la obra de Darío, sino también a investigar mejor un tema antes de hacer juicios pretenciosos y sin fundamento y a escoger con más cuidado a qué poeta intenta desprestigiar. A este nicaragüense NO. Son muchos “los cachorros sueltos del león español” en Nicaragua y en el mundo hispanoamericano que respetan y admiran a Darío por sus inmensos logros y por su reputación como innovador del lenguaje. Antes de Darío, ningún latinoamericano había sido capaz de desafiar la hegemonía de los españoles en la literatura de habla hispana. Este nicaragüense, con “gotas de sangre indígena” en sus venas, llegó a la cumbre para quedarse.
Espero que todo lo anterior le parezca al profesor Pérez Firmat suficiente contestación a su pregunta: “¿A qué se debe tanto alboroto, tanta alabanza para Darío y su obra?” Ahora ya sabe la razón de tanto encomio y, en el futuro, no se le aceptará la ignorancia como excusa. Lo debería de haber averiguado antes de empezar a escribir su reseña y además, persignarse antes de tocar cualquier tema sobre Rubén Darío.
* poeta nicaragüense.