Nuevo Amanecer

LA BUSCA (1903) Pío Baroja (San Sebastián1872 – Madrid, 1956)


Es duro, pero se aguanta”, esa fue la frase que un hombre en La Chureca le dijo a un fotógrafo extranjero cuando estaba tratando de plasmar la imagen de los zopilotes y los niños disputándose la basura. El fotógrafo vio la imagen como si fuera un descubrimiento, como si con ella fuera a ganar el premio Pulitzer y parecía encantado de encontrarse allí. Sus preguntas a los que trabajaban o simplemente pasaban por ese lugar eran de mero trámite, como si no tuviera necesidad de saber qué era lo que allí ocurría, qué era lo que estaba pasando realmente.
Hace poco me decía un amigo fotógrafo, acostumbrado a los ambientes en conflicto y a los países más pobres de la tierra, que la mejor foto es la que nunca ha hecho, porque en algún momento, cuando la miseria está a punto de devorar a un ser humano, y está cerca el fotógrafo, que también es un ser humano, termina interviniendo. Éste no fue el caso de aquel fotógrafo de la célebre foto de la niña y el buitre en África que terminó suicidándose entre otras cosas por la presión internacional que le recriminaba su falta de actuación ante el hecho que tenía delante. Algunos alegan que la mejor labor del reportero, o del artista es retratar lo que mira, enseñarlo al mundo. Otros piensan que esas cosas hay que mandarlas al diablo y que es preferible que una obra de arte se pierda para la humanidad antes que una vida. Bueno, el debate está abierto, y en cualquier caso de lo que les quería hablar es de la forma de acercarse adonde las miserias nuestras de cada día están más a flor de piel. El escritor, el fotógrafo, el periodista pueden tener un objetivo más o menos cercano, pero todos ellos pueden llegar a compartir la mirada. Pío Baroja se acercó al mundo de la pobreza en la España de principios de siglo, una pobreza que parecía una mal innato en el país desde los tiempos de la crisis del siglo XVII que se agudizó después con muchas aristas.
Baroja se acercó al mundo de la marginación, de los barrios, del crimen, de lo oscuro en el Madrid de entonces de una manera a la que hay que reconocerle primeramente lo sincero. La objetividad, las frases cortas con las palabras precisas son consecuencia a veces de esa honestidad con la que se plantea describir el mundo de todos nosotros, cuando nos dejamos llevar por la circunstancias, cuando el peso de las mismas es tan grande que al final cedemos y les dejamos a las mismas el gobierno de la vida. Baroja se mete en la piel de todos los que se levantan sin tiempo de pensar en la razón de las cosas que hacen porque la supervivencia lo absorbe todo, lo controla todo. Seguir, seguir, seguir sin más, para que no mueran otros, para no morir, y al final morir. “Es duro, sí, pero se aguanta”.
Un personaje de éstos es el Manuel de Alcázar al que vemos llegar a ese Madrid desde el pueblo, acogido en la pensión donde trabaja su mamá, la Petra, y después lo veremos evolucionar, salir de los suburbios hacia el centro y vagar entre la clandestinidad, la delincuencia y el trabajo honrado. En el fondo, Manuel es un hombre bueno, pero las circunstancias adversas parece como si quisieran arrancarle un odio contra el mundo que no siente, pero que es la única expresión posible para quien no puede tomar muchas decisiones sobre su camino. Estamos ante la tragedia nuestra de cada día, el dejarse llevar adonde sea por la vida porque apenas nos dejan condiciones para nada más. Esto es no ser, no pertenecernos, y al no reconocer esta grave crisis que necesita una medida urgente, estamos retrasando mucho lo que puede ser nuestra liberación. ¿Estoy desvariando un poco, verdad?
En Manuel, al final, había algo que le apegaba a ese mundo inhumano. El autor así lo descibe:
“Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero al mismo tiempo de algo tranquilo, abrigado; le parecía un medio propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eran latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constitutita por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana”.
Del pueblo, Manuel se convirtió en marginado en la ciudad. La Busca aún se puede encontrar en Nicaragua en ediciones viejas de la editorial Nueva Nicaragua, algunas ya carcomidas, pero todavía legibles. Parece increíble que en la Nicaragua de entonces, todavía Pío Baroja pudiese decir algo que aún llegara a la conciencia. Y aunque siga pareciendo increíble, hoy continúa diciendo algo que tiene sentido en nuestro tiempo. Vasco hasta los tuétanos, ni siquiera los nacionalistas más radicales del País Vasco lo reconocen; anarquista de corazón, no tuvo buenas relaciones con la República. Franco lo consintió pero nunca le tuvo confianza. Practicó y predicó el individualismo en medio de un mundo en conflicto, lo que algunos pensarán que era condenable, para él fue la postura que le pedía su conciencia.
La Busca forma parte de la trilogía titulada La Lucha por la Vida. Baroja mismo organizó su inmensa obra en diversos grupos temáticos, a saber: Tierra vasca: La casa de Aitzgorri, El mayorazgo de Labraz y Zalacaín el Aventurero. La lucha por la vida: La busca, Mala hierba y Aurora Roja. La raza: El Árbol de la Ciencia; La Dama Errante y La ciudad de la niebla. El pasado: La feria de los discretos, Los últimos románticos y Las tragedias grotescas. La vida fantástica: Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, Camino de perfección (pasión mística) y Paradox rey, Las ciudades agrupara César o nada; El mundo es así; La sensualidad pervertida: ensayos amorosos de un hombre ingenuo en una época de decadencia. El mar: Las inquietudes de Shanti Andía; El laberinto de las sirenas; Los pilotos de altura; La estrella del capitán Chimista. Los amores tardíos: El gran torbellino del mundo; Las veleidades de la fortuna; Los amores tardíos. La selva oscura: La familia de Errotacho; El cabo de las tormentas ; Los visionarios; La juventud perdida: Las noches del Buen Retiro; Locuras de carnaval; El cura de Monleón.
Éstas son todas sus obras, y en el mar, en la aventura, menos en la historia y más en las novelas de su tiempo, Baroja aún escribe como un maestro.
franciscosancho@hotmail.com