Nuevo Amanecer

Muerto bajo un árbol


Seguramente murió al crepúsculo
escuchando un solo de violín, digo yo,
por su aire concentrado.
Fue al atardecer, sin duda,
cuando de golpe lo detuvo la música
y un momento después cayó blandamente a tierra,
desvencijado por la muerte.
Llovió por la noche y el severo muerto
tiene los ojos enrojecidos por el llanto de la lluvia
y en ellos flota una luz turbia y putrefacta.
A este hombre tan serio, desmadejado en tierra,
ahora le crecen musgos lívidos en el rostro solemne.
Pero antes, casi seguramente, tuvo un caballo, un amigo,
un enemigo, una mujer de senos cálidos,
una guitarra enronquecida para los momentos ebrios
y una parcela mínima para pudrirse en paz
en algún remoto cementerio.
Ha muerto al atardecer y ahora contempla,
de bruces en la tierra,
la sombría columna de hormigas que lo ha descubierto.
Un escarabajo diminuto le recorre
el anegado laberinto del oído
que ahora no sirve a otro propósito,
pero que en su día escuchó maldiciones y promesas,
chistes obscenos, risotadas,
improperios.
Y la música del violín, no lo olvidemos.
Ya no sabe el infeliz, convertido en banquete de bacterias,
qué rumbo era el que llevaba cuando lo desgajó la muerte.
Ni importa, creo.
Pero no parece sorprendido,
ni dolido, ni perplejo.
Simplemente se detuvo bajo el árbol incógnito
(tal vez se apoyó en la rama que desciende)
y ahora está listo como nadie
para navegar hacia nunca entre dos tierras.
Omar Jayam sonríe, ebrio y sabio,
desde el fondo del tiempo.