Nuevo Amanecer

LA VIRGEN DE LOS SICARIOS (1998)

Fernando Vallejo (Medellín, Colombia, 1942)

Con verdadero temblor se lee esta novela. Entramos en el infierno, a un paso de él. Cuando se abre la portada de la edición de Alfaguara ya se hace con temblor ante la foto, y la historia se sigue sin esperanza de que las cosas acaben bien. Una de las debilidades de la novela es que se sabe el fin de la historia, se intuye, se presiente, no se tiene duda ante lo que va a venir al pasar las páginas, la muerte de un niño que mata.
Desde hace algunos años, la abundancia de sicarios ya no es un tema de conversación cuando se habla de las ciudades de Medellín o Cali en Colombia. Pero me pregunto qué ha pasado con todos ellos, dónde han ido. Probablemente estén hoy caminando por algunas calles y barrios de las mismas ciudades ya algo crecidos, algunos todavía niños, adolescentes, con una larga lista de muertos a sus espaldas, con un pasado que se olvida. Para recordar están estas novelas. Probablemente una de las mejores adaptaciones que he leído de los círculos de la violencia sin sentido. Algo que nunca se cuenta. Ésa es otra debilidad de la novela. Se habla de algo que transcurre en silencio como un absurdo cruel, un niño que es enseñado a matar como en un juego, un viejo profesor de gramática pederasta que se acuesta con un niño sicario. El escenario no puede ser más sórdido. La reflexión intelectual del profesor a medida que cuenta la historia se vuelve también absurda, pero sería difícil entrar en este tipo de mundos que estuvieron y están tan cerca sin alguien que nos lo cuente. Siempre se corre el riesgo de parecer afectado, de desvelar el truco, la trampa de la ficción. Esta novela lo hace cuando el profesor intenta explicar literariamente las causas de la violencia y se queda en el absurdo, satisfecho con su explicación. En ese sentido no es creíble. A veces apunta al origen, lo cual sería suficiente, pero cuando trata de ir más allá ya no. Ésta es otra debilidad de la novela. El resto creo que sucede sin ninguna lógica, y en eso la novela lo refleja muy bien. No está hecha para disfrutar, sino para comprender que ningún hombre ni ninguna mujer son inmunes al horror, y tampoco a convertirse en ejecutores de ese horror.
El profesor camina por la calle con el niño. Alguien le hace una mala cara, lo cual le disgusta al profesor. Le comenta su desprecio al niño y éste, ni corto ni perezoso, se adelanta al hombre y le pega un tiro en la frente con todo el odio de un niño y toda la fidelidad hacia el que él considera su protector. Alguien podrá preguntar cómo se puede escribir de esto, narrar las escenas con el niño, su desnudez, su fría crueldad asesina, y todo en primera persona sin que te afecte. Cuando uno penetra en los misterios de la escritura entiende aquello que recomendaba Bécquer de que para escribir hay que arrancarse el corazón y dejarlo latiendo a un lado. Él, que era el más romántico de todos los poetas, sabía que a la hora de escribir los sentimientos no podían interferir en la traducción, porque al final el texto terminaba contagiándose. A pesar de todo, de Bécquer y su consejo, a pesar de creer que Vallejo haya seguido el consejo al pie de la letra, no puedo imaginarme cómo el autor terminó de escribir esta novela sin que le haya afectado, sin que haya sucumbido al insomnio. Ya leerla es duro. No quiero imaginar lo que habrá sido escribirla.
Sólo dos soluciones se me ocurren: o el autor posee la misma mente de un criminal, cosa que no creo; o el autor ha sufrido un martirio constante a la hora de escribir la novela, como un acercamiento de la imaginación y la memoria al verdadero martirio del pueblo colombiano que vivió sus horas más negras entre finales de los años ochenta y noventa cuando el narcotráfico, la injusticia social, los capos, las familias y Pablo Escobar y sus secuaces dominaban el ambiente. Hoy nada ha cambiado tanto. Ya no está Pablo Escobar, es cierto, pero aquellos niños que se usaban como embajadores de la muerte, que volaban sobre sus motos después de haber entregado sus recados de venganza siguen allí. ¿Qué ha sido de ellos?
No leí la novela para adentrarme en el mundo de los sicarios, los mismos que iban a rezar movidos por esa corrupta visión de la religiosidad ante una virgen para que el tiro fuera certero y que a ellos no les pasara nada. La leí para recordar y preguntarme qué pasa después con estas víctimas y criminales al mismo tiempo. Qué ocurre después con ellos. En África se oye decir que los niños son los mejores soldados que hay, porque son capaces de aguantar más peso que los alumnos y de pasar más días caminando sin beber ni comer, y también porque cuando matan se les enseña a hacerlo como un juego, y se convierten en los más crueles de los asesinos.
Si ustedes se fijan, no hay películas que den más miedo que aquellas en las que los niños representan el papel de fantasmas y demonios. No hay cosa que nos dé más miedo que la parte más intocable de nuestra inocencia se vuelva maligna. Ésa es la causa del miedo, el miedo es la cerrazón a cualquier esperanza, a cualquier salida que no sea dejarnos tragar por la muerte.
Creo que nada de esto sirve para animarles a leer una novela corta, o tal vez sí. No será un trago fácil. Su lenguaje es lo suficientemente ágil como para no imponernos otra fatiga más que el propio horror que un niño asesino y su protector pederasta representan.
Las dos novelas posteriores de Vallejo son El Desbarrancadero y Mi Hermano El Alcalde, tratan los mismos ambientes y la misma crueldad. En Mi hermano el Alcalde el protagonista es la política, y en El Desbarrancadero es la miseria y la marginación. Hay pocas historias felices en la narrativa de Vallejo, pero su retrato de las sombras de Colombia contradice muchos mensajes oficiales y la apariencia que en Bogotá reina para algunas familias tan lejos de Colombia, a pesar de vivir en el corazón de ella. Vallejo vive en México desde hace muchos años y, sin embargo, nunca se ha ido de Colombia. Escribe sobre las entrañas de la misma. Lo que no sé es cómo sobrevive a sus historias.
Pero la pregunta queda cuando se cierra el libro. ¿Dónde están ahora aquellos niños que se usaron para matar?
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