Nuevo Amanecer

LA CANCIÓN DEL PIRATA (1983) FERNANDO QUIÑONES (Cádiz, España, 1930-1998)


Desde que le pusimos título a esta sección, se me vino a la memoria Quiñones. Los cantes de Ida y Vuelta que él se sabía tan bien, como todo el flamenco. Tal vez nadie supiera tanto de flamenco como él. Hasta le nombraron embajador del flamenco y se recorrió la América Latina, llegando incluso a Nicaragua. Yo creía que el flamenco no podía entenderse ni “fusionarse” como está ahora tan de moda, con ningún otro tipo de música, hasta que llegando a Nicaragua, un grupo de baile de la Costa Atlántica se trajo hasta las ruinas del Gran Hotel una danza que mezclaba el baile flamenco con el costeño que a su vez derivó del africano. No he visto en mi vida una belleza semejante en movimiento y cuando aún hoy recuerdo aquella tarde que amenazaba lluvia viendo aquel despliegue de jóvenes de la costa con faldas de lunares achicando el océano en una vuelta, me acuerdo de la felicidad de verlo.
Es fácil recordar a Quiñones con su gorrita marinera mirando de reojo y con sorna. Era un vendaval de palabras como todos los de la tierra andaluza que han dado desde los tiempos de Al-Andalus musulmán una forma de ver el mundo y una alegría que es tan parecida a la de Nicaragua, a la de Cuba, a la de Venezuela, a la de Colombia, a la del Caribe. Y en Andalucía, Cádiz es la ciudad más latinoamericana de España. Vista desde el mar, desde el mismo mar Atlántico, tiene un parecido asombroso con la capital de Cuba . Lo dice la copla: “La Habana es Cádiz con más negritos; Cádiz es La Habana con más salero”, que quiere decir gracejo.
Cádiz fue el regalo que en un arranque romántico Fernando Quiñones le hizo a su mujer desde la playa de La Caleta. Cádiz fue la peña flamenca y un festival de cine que él hizo universal. Cádiz fue su ambiente y el recuerdo en la Canción del Pirata. Y en Cádiz Quiñones sumó un montón de amigos, una legión, que incluso en una etapa difícil de la dictadura franquista, no le traicionó a pesar de ser un espíritu libre, como el mar, que matizaba con su ironía milenaria y con su risa, los dolores más hirientes que él denunciaba. Quiñones escribía en andaluz, una forma de español que se gusta en el ritmo y al que le quedan bien las palabras antiguas que los cristianos adaptaron del árabe. Leyendo a Quiñones uno no deja de sentirse en Andalucía, que es como sentirse en una gran casa de todos, entre amigos, otra vez en la infancia, otra vez conquistando una herencia de alegría. Se dice que en Andalucía se vive y se muere distinto, y creo que es cierto. Quiñones lo rubrica.
Como poeta, creo que no quiso cincelar una obra demasiado erudita y bailó entre lo popular y lo barroco. Le otorgaron premios tan importantes como el Adonais y el Leopoldo M. Panero, o el Jaime Gil de Biedma. Como cronista, o periodista, lo mejor son sus textos en los que narra su visión del mundo. Un andaluz mirando el mundo, es como un niño que sonríe asombrándose ante todo. Como novelista, vale la pena esta Canción del Pirata, con la que quedó finalista del hoy tan discutido Premio Planeta, un premio que antes, según dicen, se ganaba, y ahora se ofrece, se regala. Además obtuvo los premios de novela Café de Gijón y de novela breve Juan March.
Escribió más libros de los que tendría espacio aquí de mencionar. Vivió mucho y escribió de lo que conoció a fondo: de flamenco, de toros y de vinos. Sin embargo, salvo en un ámbito meramente andaluz, su obra es poco conocida, como si se la llevara de viaje por el mar hasta que vuelva.
Su vendaval lingüístico es para disfrutarlo, y entre todo, esta pieza de la canción del pirata que es una joya, tan fácil de memorizar como una canción, tan fácil como si alguien nos estuviera hablando desde dentro con un viejo ritmo conocido. Lean si no:
_”.Soy ahora casco en desguace o leño a la deriva, las greñas blanqueando, esta zanja fea de la frente que me entrecierra el ojo, encorvado el lomo y a medio desdentar: lo que se dice empezando ya a buscar la tierra como si fuese bien anciano, aunque no he de haber cumplido más de cuarentiséis, según mi cuenta, ni menos de cuarentitrés. Pero de mozo, y de hombre en todo su brío, fui trigueño, moreno de la mar y de ojos vivos, no porque yo lo diga; despierto de cabeza, de los que calan muchas cosas antes de tenerlas vistas ni aprendidas, y bien memorioso, que eso me ha ido a más en vez de a menos. Si le caí en gracia a mucha gente, fue por salir a mi madre en el donaire, y a mi padre en la buena planta y el agrado del semblante, aunque todo lo haya ido perdiendo aun antes de llegar a viejo.
___Mi madre, que vivía de lo que iba saltando, me parió en la playa grande que mira a la mar de Berbería, por donde las barracas de salazón y más allá del corral de pesca, a una media legua de la Puerta de Cádiz. Para mi que, sin un techo como ella estaba, andaría igual que las gatas, buscando donde echarse a parir, y que si acudió a esa almadraba del Conde no sería por su gusto, sino por no haber dado con sitio de más arreglo.
___Ya de mocillo, me dijo un hombre del arrastre que, al escoger mi cuna, juntáronsele a mi madre lo mejor y lo peor del lugar. Lo mejor, por la estación del año sin grandes calores, entre la primavera y un verano tirando a viento de poniente, y lo peor, por el aperreo y el bullerío de la levantada de los atunes, que es por ese tiempo cuando se cogen. No quise llevarle la contraria al que me lo decía, pero eso tampoco sería malo porque, fuera de las levantadas, toda aquella parte es como los desiertos del África y anda en un desamparo grande, y más todavía para quien, como mi madre, no se crió a orillas de la mar.
___Mi primer berrido en el mundo lo escucharon la arena caliente y el tinglado que en ella se apañó mi madre por atrás de una barraca, hecho con lienzos de velas rotas, palitroques y cañizo trenzado con juncos de las dunas, como nido de pájaro. Y allí se quedó luego.
___La ayudó en su trance una mujer de la vecindad, pues no era sólo mi madre la que andaba al abrigo de la almadraba; no me acuerdo mucho si de invierno, pero en lo demás del año sí que vi por allí cobijos parecidos de otras y de otros, cada cual viviendo solo, nadie en pareja, y quitándose de encima por lo menos los nortes, las levanteras o el solazo.”

A todos los andaluces les es imposible vivir sin el mar y sin la luz. Los de Cádiz aman el mar y desconfían del viento, sobre todo el de Levante que vuelve loca la cabeza y trae jaquecas. El mar y el viento son inseparables. Quiñones murió en un hospital que se llamaba Puerta del Mar. Fue su último mensaje, la última indicación de su rumbo. Su obra quedó en tierra esperando a ser rescatada.
MUERTE DE UN SEMIDIOS (Cinco historias del vino)

___De Matías Uvero, el hombre de Jerez que murió inexplicablemente va a hacer hoy veintinueve años, no puede decirse que bebiera.
___—Allí: de ésa.
___Desclavaba despacio los ojos del suelo, miraba un instante a la bota sin señalarla, con aquella acuosa mirada sin fondo, y El Tili, Jeromo o Marianito ya entendía cuál era de entre tantas. En seguida, Matías se llevaba a los labios la copa recién llegada. Pero no estaba propiamente bebiendo, sino reponiendo o trasegando: incorporándose —algo de lo que era ya su misma sustancia—. El vino se integraba al momento, se repartía por todo su gran cuerpo blando, que era como una cuba especial y viviente entre las de la bodega, barril con piel en lugar de duelas y carne en vez de madera de roble. Volumen, quietud, contenido y emanación de Matías, se identificaban con los de los toneles que, durante su vida entera, habían compuesto su paisaje laboral.
___Emperador del panzudo, inmóvil ejército de las botas, Gran Lama en el espirituoso Tíbet del vino y los licores, la materia y el ser del viejo conocedor hacía tiempo ya que no pertenecían de lleno al mundo de los hombres: ochenta años de bodega y más de cien kilos o litros en una estatura no muy alta, pueden mucho. Demasiado. Sin duda, la añeja afirmación de que el oficio destiñe sobre la persona que lo ejecuta, se había quedado corta para Matías, que no le parecía ya a muchos un personaje de las bodegas, sino como un fragmento material de ellas.
___La panza henchida, bajo la eterna pana negra, era la de una de las cubetas de trasiego; los contados movimientos del hombre en su salón, parecían marcar el lentísimo pulso del tiempo que se espesa bajo las naves y telarañas bodegueras; el reflejo de los ojos, glaucos y opacos de cataratas, guardaba un algo de las masas líquidas ambarinas que apenas se entrevén por los agujeros de los toneles y, a veces, lo avivaba fugazmente un claror también quieto tal el de los rayos solares que catedralizan aquellos recintos. Por fin, el olor del alcohol, recóndito y ostentoso al tiempo como un nocturno de Chopin, le circundaba donde estuviese y, desde muy cerca, casi podía distinguirse que era algo más y algo menos que sangre lo que traslucían las rojas venillas superficiales de su cara, que detrás de aquellos semisólidos tejidos cutáneos, de aquellos agolpamientos carmesíes en cuello y mejillas, residían, como clasificadas por añadas y calidades, las ganaderías bravas del alcohol.
___Era Matías, en suma, como una síntesis corporal de las bodegas, y esa intuida certidumbre le acrecentaba, generación tras generación, el afecto de los amos.
___—Es mucho Matías, ¿no? Ahí siempre.
___—El eterno.
___Era tenido por bastante más de lo que se dice «una institución». Significaba para todos el hombre-vino, imprescindible a la hora de las grandes campañas publicitarias y de los visitantes ilustres: la gracia y la poesía del negocio, y claro que también el negocio mismo.
___Cuantos eran dueños de cierta sensibilidad perceptiva, y lo veían por primera vez, solían experimentar ante Matías, el tótem, un choque de sorpresa, respeto y misterioso miedo de fondo. Les parecía, recordándolo luego con su gorra de paño, el canoso abuelo de una criatura viva, múltiple y extraña, el vino del Sur, un cuidador de antiguos secretos sin respuesta, cuyo poder había terminado por devastarlo, aunque conservándolo. Sonaba a cosa antigua el eco ronco de su voz, pero el hombre hablaba muy poco, y casi nunca a los extraños. Jeromo el venenciador escanciaba las copas para las visitas ante su sedente majestad, que a veces se tomaba la primera como abriéndoles magnamente las puertas del beber.
___Un curtido, lustroso butacón de pino y eneas, con enorme cojín de impreciso color en su asiento, la breve corte de ayudantes o acólitos más jóvenes del vino, un sitio a la vista de todas las naves y al olor de todas las soleras y los mostos, sumaban, con el de los ratones, el mundo de Matías. Hombre sin familia, la de los ratones era la suya. Llegaban en pelivarias bandas y a diario —dos, seis, diez— a recibir su pan envinado y levantarse sobre los cuartos traseros, con las pedigüeñas manitas en suspenso, para ver si Matías y sus sopones continuaban todavía allí.
___Él los conocía a todos.
___«Ya hace tres días que no veo a aquel entrepelado gordito», pensaba.
___O:
___—El cojillo parece que está hoy a mal con la negra.
Cuando llegaban las visitas, los «turistas», Matías no volvía la cabeza hacia el grupo, sino hacia el otro lado: se preparaba ya, con una mudez faraónica, la asistencia de su gente. Cualquier curiosón más decidido, algún simpático de los que hacen oficio de su simpatía, o un simple ignorante, le perturbaban alguna vez la callazón de su ritual, y Matías, sin olvidarse de responderle, parecía no hacerlo.
___—¿Y lleva usted mucho tiempo trabajando aquí?
___—Sesenta y cinco.
___—Vendrá mucha gente a ver las bodegas, ¿no?
___—Vienen.
___Con las primeras luces dejaba Matías su cama, grande y crujiente como una carreta; treinta pasos más allá de las de su casa, estaban las puertas de la bodega.
___Sobre el empedrado de la calle, grueso y lentísimo, abatida aquella cabeza de parcheadas arcillas húmedas, parecía entonces, a la abierta luz de la mañana, un ser de otro mundo. Durante el corto recorrido ni percibía ya, desde hacía años, el rumoreo de los viejitos de abril por los árboles de la Alameda Vieja, o las lloviznillas de noviembre empizarrando el cielo y la blanca tapia de la calle de Los Escuderos. Sólo le interesaba alcanzar su bodega, trasponer sus puertas con los amargos pies, cada paso un dolor, y caer en el trono de su reino.
___A la luz del día, también las bodegas eran otras. Recién dejado su vivir nocturno, sólo quedaban ya restos de él en las sombras altas de las columnas, en las bóvedas casi indistinguibles y acribilladas de diminutos trazos negros: las deyecciones de los murciélagos que, a la noche, convertían la clara catedral del vino en un tibio pandemónium de alas tenues y roces furtivos, de monstruosos hociquillos, vagos chillidos espaciados, leves choques aéreos. Pero la claridad lo cambiaba y serenaba todo. Entre la filtrada luz mañanera, entraban los hombres al trabajo; los ratones aparecían más tarde.
___Cuando había habido toros, Mariano el de Grazalema le contaba a Matías la corrida. Nadie sino Mariano podía detentar aquel privilegio ni hacerlo más adecuada y escuetamente, mientras los no iniciados miraban de soslayo, no sin asombro, cómo podía alguien conversar un rato con el silencioso semidiós del vino. Es decir, no «conversar con», sino «hablarle a». Porque Matías no hablaba; se valía de un breve «¿qué?» en los ojos hasta obtener la ampliación de cualquier pormenor.
___ —El ganado, regular —le decía Mariano a media y rápida voz—. Un cuarto toro divino, y fuera. Los dos primeros, mansos para quemarlos.
___Y Matías lo miraba al sesgo.
___—Sí: de presencia y cornamenta bien —completaba Mariano entonces—. El último, un poquito más chico. Pero con ése estuvo bien el mejicano, Juanito Luis, el paisano, nada. Un chalao. Y el de Sevilla, un sinvergüenza. Como siempre.
___Matías, las manos de hogaza sobre la barriga planetaria, oía y callaba. En realidad, le importaba bien poco toda aquella crónica. Pero tampoco hubiera podido prescindir de las informaciones taurinas de Mariano, porque llevaba largo tiempo oyéndolas, y también porque le satisfacía el solapado, eterno dejo de desencanto con que las adobaba el narrador. Se avenía ese tonillo acre al arrumbado desplome de su vida, la de un viejo clavado a un butacón de pino. Entre aquellos relatos de Mariano, la memoria del conocedor volaba muchas mañanas al casi extraviado recuerdo de la última corrida que vio, no sabía ya cuándo, y en la que José Gómez «Gallito», dominando la arena entera, cubriendo el ruedo todo con tranquila majeza, mató seis toros del Duque de Veragua. Aunque, a buen seguro, nunca asistieron a Matías tres de las cuatro aficiones que eran dueñas de todo su círculo jerezano de parientes, amistades y compañeros: toros, gallos y arte flamenco. Que no.
___—El vino, en cambio, puede en ti por todo lo demás junto —le dijo una noche su mujer.
___—Porque eso es cosa del oficio, ¿sabes? —le contestó Matías al rato.
___Y, como lo era, nunca volvió a hablarse del asunto.
___A la mujer la había perdido Matías pronto; el hijo, casado en Córdoba, y casada también una nieta única, la Meluchi, los dos le habían ido quedando, con los años, lejos de alma. Nunca le cayó a genio el desparpajo del «niño», su manera de hablar y de moverse por una habitación y por la vida. Recordaba Matías a la nieta como guapa y simpática, pero no la había visto más que dos veces, cuando ella tuvo siete y luego quince años. Aquella última mañana que la vio no se sentía Matías muy bien, andaba con las carnes disgustadas, aunque fue allá por los tiempos en que todavía no se había entregado del todo al silencio sonoro de las bodegas, y, rendido a ellas como ya lo estaba, luchaba todavía por no estarlo. Aún no había empezado Matías a ver las luces, los repentinos centelleos y fogonazos de colores que ante los ojos enciende y apaga el vino, acumulado en la sangre con toda su carga; aún no se le aparecían las repetidas bestias, como de cristal viscoso, que le poblaban el sueño, ni, despierto y quieto en su sillón, creía estar enterrado al pie de un bienteveo de las viñas, con hojas y pámpanas brotándole de la nariz y de los brazos, vivo y muerto al tiempo, entre sepultado y al aire, hormigas y larvas bulléndole por las coyunturas de los huesos.
___Por lo demás, nadie llegó entonces, ni luego, a explicarse con toda claridad las circunstancias de su final. Y al no haber cuerpo en aquel final, al no contarse con muerto, tampoco pudieron practicarse indagaciones bien satisfactorias.
___Dos químicos locales brindaron una tortuosa explicación combustiva del caso, que fue oída con incredulidad pese a sus puntos de razón. El diario local insertó una chapucera explicación en la que, con increíbles tosquedad y desacierto, se hablaba de que el viejo conocedor «pereció en accidente, víctima de un incendio causado al parecer por la inflamación de una garrafa de alcohol»: garrafa cuya presencia negaron todos los testigos.
___Sólo un poeta de Jerez, gran bebedor por más señas, puso a prueba sus acostumbradas y desmayadas retóricas para ofrecer, en doscientos seis endecasílabos blancos, una versión mágico-lírica de aquella muerte indescifrable. Paradójicamente y no obstante sus pesadeces y lagunas, este trabajo poético, que conserva el doctor Badanelli, parece el texto más razonablemente próximo a la realidad de los hechos, o a una descripción detallada de ellos; y, por otra parte, frente a un suceso como aquél, quizá no haya más remedio que dejar a un lado las pesas de la lógica y aprovechar los éteres de la poesía.
___Esa serie de versos, agrupados bajo el no mal título de El arrebatado e inducidos en muchos pasajes por reconocibles maneras de Alberti, García Lorca y Neruda, no conseguiría al año siguiente la Flor Natural, ni siquiera el accésit de los juegos florales de Jerez, cuyo susceptible jurado prefirió eludir, según palabras de su presidente contra dos votos positivos, «un asunto de nuestros vinos y bien escrito, sí, pero delicado y yo diría que desagradable».
___El poema repudiado empieza por situar en clima el suceso y por aplicar de entrada, con imprudencia, el ingrato adjetivo «funeral» a las viñas, cuya obligación, se sabe, es siempre la de mostrarse rientes, solares, pródigas, rumorosas o serenas, sobre todo en un canto convertible en cien mil pesetas y destinado a ensalzar su producción. Pero El arrebatado comenzaba así:
El funeral cortejo de las vides
se hizo por fin de ti, que ya eras suyo,
hijo silente del ardor, la tarde
en que te arrebataron sus reclamos.
___Fue una tarde de ésas —julio, agosto— en que corroe el sol las tejas calcinadas, enceguece tapias y caseríos de la ciudad casi desierta, no consiente la siesta, resquebraja nidos, reseca torres y arroja, sobre el frescor último de las losas del suelo, a agotados racimos de hombres y de mujeres.
___El Tili, peón de las bodegas y cabo de los servicios matinales que oficiaba el viejo tótem ante las visitas, debía comprobar el estado de una partida de azufre recién llegada al patio grande, y pasó junto a Matías con un sopletillo, desnuda la llama e invisible contra el resol de fuera.
___Ante el semidiós, en el suelo terrizo, aparecía una peseta caída, y El Tili se inclinó a recogerla. La llama fue a rozar una mano de Matías; incorporándose, el obrero la retiró en el acto y se tocó la visera de la gorra con un turbado usted dispense.
___Ya no vio a nadie.
___Acababa de extinguirse el eco de un crepitar silbante y ominoso, instantáneo, y se estaba disipando a toda prisa el de un vivo olor a cosa quemada. Pero Matías no estaba. Sobre el butacón de pino y eneas, desplomados bajo el cojín ancestral, aparecían algunos chamuscados fragmentos de su ropa, no mayores que una servilleta de café, Y más abajo, oscureando entre esas deshechas panas menestrales, se veía alguna uña, botones, manchas y señas de quien no iría ya más a la bodega, del Matías volatilizado, como alcohol que era, por el breve roce de una llama, del hombre consumido en un fuego de fuegos, ido, desaparecido igual que una esponja empapada en gasolina y que alguien echa al incendio de un almacén de paja.

Uno de los días pasados que estuve en casa de mis padres, en Cádiz, me fui con mi padre a dar una vuelta, a ver el castillo de Santa Catalina restaurado, y el estado del casco antiguo. Al llegar a la Calle Ancha, entramos en la librería Quorum, y mi padre, como en los viejos tiempos me dijo “anda, elige un libro y te lo compro”. Y, casi de inmediato, vi brillar en la estantería más cercana, las letras del lomo de un libro: “Fernando Quiñones. Obra escogida. LIBRO DE LAS CRÓNICAS.”. No hubo más nada que pensar. Llevaba años recopilando las “Crónicas” de Quiñones, desde que, con alrededor de 17 años, me deslumbraron sus “Crónicas del 40”. Había conseguido varias más, pero algunas eran prácticamente inencontrables, como suele pasar en este país con muchas ediciones de poesía. Ahora Hiperion las publicaba al completo.

Debo decir que las Crónicas de Quiñones y la obra de Ernesto Cardenal han sido referentes clave en mi manera de afrontar el hecho de escribir poesía desde hace mucho tiempo, de definir el tipo de poesía que yo quería, quiero escribir: una poesía que no gire alrededor del ego engrandecido del poeta,de su ombliguito filosófico. Una poesía que no gimotee ante lo inevitable: la vejez y la muerte, y no babee ante las alegrías que ofrece el estar vivo, sino que las ilumine. Una poesía de muchas voces, acogidas en la voz del poeta, y de muchas historias, confluyentes con la del poeta, que no vive en una lejana galaxia. Una poesía transitada y transitable, abarcadora de lo individual y lo colectivo que es también individual y viceversa. En eso estoy con mis humildes y no muy afinadas herramientas. Y en eso estaba ante el libro de Quiñones que me hizo recordar un poema de aquel gastado “Las crónicas del 40” que me llegué a aprender casi de memoria (Ah! Gracias, papá):
36 aC-1936: LAS DELACIONES

EN la taberna y ante un vaso
de vino blanco toca el delator
su ganancia, se dice ‘fue más fácil
de cuanto lo pensé’, ve distraido
dos trirremes la larga chimenea de un mercante

“...DE TRAICIÓN Y CONJURA CONTRA
FLAVIO PERPENNA LUCIO LOPEZ
EN EL CUERPO DE GUARDIA DE EXTRAMUROS”

Desde las Puertas playa arriba sale
el viejo Austin el tordillo
con
la acusación y la sentencia

“Y QUE AL RECIBIR ESTA EL JEFE
DEL PUESTO CUMPLA EJECUCIÓN...

En declive ya el sol
el Levante enarena los flancos del caballo
y las sandalias del jinete el negro
capot las arañadas portezuelas

... INMEDIATA”

La cruz de Flavio es erigida
por el piquete de fusilamiento
junto al tapial
Lucio escucha al morir
la voz de ¡fuego! en una lengua extraña.

Fernando Quiñones nace en Chiclana de la Frontera (Cádiz) el 6 de marzo de 1930. Huérfano de madre nada más nacer, pasará su infancia y su adolescencia en Cádiz con su abuela paterna. Alumno del colegio de San Felipe Neri, se muestra especialmente dotado para las letras, pero no termina sus estudios porque la guerra y sus consecuencias le obligan a “buscarse la vida”. Por eso, a los quince años, empieza a trabajar en el muelle, dura escuela que lo marcará para siempre. En diciembre de 1948 comienza su aventura literaria con la creación de la revista El Parnaso que vive hasta febrero del cincuenta y a la que seguirá Platero, que se publica hasta 1954.

Empieza a escribir en la prensa periódica, una actividad que ya no abandonará nunca y que inicia en La voz del Sur para pronto colaborar en otros periódicos nacionales y extranjeros. Flamenco, toros, cine, literatura, su voz se dejará oír en Diario de Cádiz, en Pueblo, en Teresa, en Triunfo, en La información del lunes, en ABC, en La Nación de Buenos Aires, entre otros medios de comunicación. Una serie de sus artículos periodísticos serán recogidos años más tarde en dos volúmenes: Fotos de carne y Por la América morena que aglutinan cada uno cincuenta textos publicados en su mayoría en el periódico madrileño El Independiente.

Terminado el servicio militar, marcha a Madrid donde empieza a trabajar para el Reader Digest en octubre de 1953 y donde se abrirá paso en el mundillo cultural del momento.

En 1957 empiezan sus viajes por el mundo: Francia, Portugal, Italia, Marruecos... En este mismo año publica su primer libro de poesía, Ascanio o Libro de las flores y Cercanía de la gracia con el que obtiene el accésit al Premio Adonais de poesía.

Fernando Quiñones se casa en Milán en 1959 con Nadia Consolani. En ese mismo año nace su hija Mariela en el hospital de Mora de la capital gaditana. Un año más tarde gana el Premio Literario del diario La Nación de Buenos Aires con Siete historias de toros y de hombres, selección de relatos que arranca de La gran temporada, libro que será elogiado por Jorge Luis Borges quien forma parte del jurado. También en 1960 gana el Premio de prosa de las XII Fiestas de la Vendimia de Jerez con Cinco historias del vino. En 1963 nace su segundo hijo, Mauro.

Enamorado del flamenco, con él guardará toda su vida un relación de amor indestructible, pasión de ningún modo estéril y que se plasma en obras que se convierten en fundamentales para la bibliografía flamenca. Entre ellas destaca De Cádiz y sus cantes, galardonada con el Premio de Investigación de la Semana de Estudios Flamencos en 1964. Pero no se pueden olvidar otros estudios tales como El flamenco vida y muerte (1971); Toros y arte flamenco (1982); Los poemas flamencos y un relato de lo mismo (1983); El flamenco (1985); ¿Qué es el flamenco? (1992); Antonio Mairena. Su obra, su significado (1989). Además de sus libros, le dedicará varios programas de televisión en varias ocasiones. En Televisión Española estará por primera vez en 1965; en la 2, durante cuatro años. Aunque se incorporará de nuevo con su programa de flamenco en 1977.

En vida le supone el Premio Leopoldo Panero de poesía en 1963. Se sucederán los libros de relatos-La guerra, el mar y otros excesos, Historias de la Argentina, Sexteto de amor ibérico-; comienza la serie de las Crónicas- Crónicas de mar y tierra, Crónicas de Al-Andalus, Crónicas americanas, Crónicas del cuarenta, y en 1979 queda finalista del Premio Planeta con Las mil noches de Hortensia Romero. Escribe también teatro: Carmen, Andalucía en pie, El grito, Si yo les contara. En 1983 vuelve a quedar finalista del Planeta con La canción del pirata, una de las más brillantes novelas del siglo XX. Con Las crónicas de Hispania gana el premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla de 1985; el Tiflos, en el 88, con Las crónicas de Castilla. En 1990 recibe el Premio de novela Café Gijón por Encierro y fuga de San Juan de Aquitania; Vueltas sin fecha se lleva el Premio de Novela Breve Juan March en 1994; Casa puesta en placeres le consigue el Esteban Manuel de Villegas en ese mismo año. En 1998, en vísperas de su muerte, obtiene el Jaime Gil de Biedma por Las crónicas de Rosemont.

Además de los libros mencionados, escribe poesía en Ben Jaqan, Las crónicas americanas, Memorándum, Las crónicas inglesas, Muro de las hetairas o Libro de afición tanta o libro de las putas, Las crónicas del Yemen, Las crónicas yugoslavas, Los poemas de Córdoba, Casa puesta en placeres o Últimos pliegos de la carta a Cori con otros poemas eróticos; libros de relatos: El viejo país, Nos han dejado solos, Viento sur, Legionaria, El coro a dos voces; novelas: El amor de Soledad Acosta, Vueltas sin fecha, La visita; ensayos: Óscar Estruga, escultor.

1971 es un año decisivo en su vida. Fernando Quiñones decide dedicarse por completo a la literatura y abandona su trabajo en el Reader Digest. A partir de ahora vivirá a caballo entre Madrid y su amado Cádiz. Viajes, conferencias, pregones, cursos y la escritura ocupan la mayor parte de su tiempo. En 1973 marcha con su amigo Félix Grande a Hispanoamérica como embajador del flamenco: Puerto Rico, Perú, Argentina, Nicaragua y Chile. En 1987 viaja con José Agustín Goytisolo a Marruecos; con Antonio Hernández en el Yemen. En Cuba con Félix Grande cuando le dan el Premio Casa de las Américas.

Para Cádiz, y con el deseo de engrandecer su ciudad, crea Alcances, un festival que dirige desde 1968 a lo largo de una década. La muestra, una de los ejes culturales de la capital gaditana, está dedicada hoy en exclusiva al cine, aunque con Fernando Quiñones al frente tuvo un carácter misceláneo: pintura, música clásica, flamenco, cine, literatura y un sinfín de actividades que dieron vida a los veranos gaditanos. Alcances fue una empresa encomiable que lidió con la falta de medios económicos y con una férrea censura franquista.

También Cádiz le debe a Fernando Quiñones el impulso de la fundación de la Peña Flamenca Enrique el Mellizo, la primera que se crea en la capital gaditana de estas características.

Enamorado de su tierra atlántica, de su sur gaditano, una tarde cualquiera, poco antes de morir, al borde del Océano Atlántico, Fernando Quiñones se llevó a su mujer Nadia junto al mar y desde allí le dijo: “Nadia, quiero hacerte un regalo: te regalo Cádiz”. La ciudad le regalará a Fernando Quiñones, justo en ese lugar, el paseo que recibe su nombre.

En 1998, poco antes de su muerte, la Universidad de Cádiz lo nombra Doctor Honoris Causa. Fernando Quiñones fallece el 17 de noviembre de 1998 a causa de un tumor retroperineal.

*www.fundacionfq.com/

Fragmento de “La canción del pirata. Vida y embarques de Juan Cantueso”

___...Soy ahora casco en desguace o leño a la deriva, las greñas blanqueando, esta zanja fea de la frente que me entrecierra el ojo, encorvado el lomo y a medio desdentar: lo que se dice empezando ya a buscar la tierra como si fuese bien anciano, aunque no he de haber cumplido más de cuarentiséis, según mi cuenta, ni menos de cuarentitrés. Pero de mozo, y de hombre en todo su brío, fui trigueño, moreno de la mar y de ojos vivos, no porque yo lo diga; despierto de cabeza, de los que calan muchas cosas antes de tenerlas vistas ni aprendidas, y bien memorioso, que eso me ha ido a más en vez de a menos. Si le caí en gracia a mucha gente, fue por salir a mi madre en el donaire, y a mi padre en la buena planta y el agrado del semblante, aunque todo lo haya ido perdiendo aun antes de llegar a viejo.
___Mi madre, que vivía de lo que iba saltando, me parió en la playa grande que mira a la mar de Berbería, por donde las barracas de salazón y más allá del corral de pesca, a una media legua de la Puerta de Cádiz. Para mi que, sin un techo como ella estaba, andaría igual que las gatas, buscando donde echarse a parir, y que si acudió a esa almadraba del Conde no sería por su gusto, sino por no haber dado con sitio de más arreglo.
___Ya de mocillo, me dijo un hombre del arrastre que, al escoger mi cuna, juntáronsele a mi madre lo mejor y lo peor del lugar. Lo mejor, por la estación del año sin grandes calores, entre la primavera y un verano tirando a viento de poniente, y lo peor, por el aperreo y el bullerío de la levantada de los atunes, que es por ese tiempo cuando se cogen. No quise llevarle la contraria al que me lo decía, pero eso tampoco sería malo porque, fuera de las levantadas, toda aquella parte es como los desiertos del África y anda en un desamparo grande, y más todavía para quien, como mi madre, no se crió a orillas de la mar.
___Mi primer berrido en el mundo lo escucharon la arena caliente y el tinglado que en ella se apañó mi madre por atrás de una barraca, hecho con lienzos de velas rotas, palitroques y cañizo trenzado con juncos de las dunas, como nido de pájaro. Y allí se quedó luego.
___La ayudó en su trance una mujer de la vecindad, pues no era sólo mi madre la que andaba al abrigo de la almadraba; no me acuerdo mucho si de invierno, pero en lo demás del año si que vi por allí cobijos parecidos de otras y de otros, cada cual viviendo solo, nadie en pareja, y quitándose de encima por lo menos los nortes, las levanteras o el solazo.
___Y aquel mismo hombre, que ya le perdí nombre y cara aunque la voz se la sigo oyendo, me contaba que mi madre me tuvo a eso del mediodía y que los jaladores del atún, y quienes están a limpiarlos y a salarlos, andaban compadeciéndose al oír las voces y lamentos del parto entre el chillerío de las gaviotas; tan cerca de la faena se había echado ella que, a no ser porque los embebía el arenal, su sangre y humores al parirme se hubieran arrebujado con la sangraza de los atunes, todavía temblones y cargados en hombros por la truhanería. De ahí me vendrá, y de aquellos años playeros, que me guste el olor del pescado crudo tanto o más que el mejor perfume de la Arabia, cuando es olor que a todos disgusta, y que tampoco me haya hecho nunca gran impresión la vista de la sangre...
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