Nuevo Amanecer

Luis Favilli: un médico que curaba el alma


Con mucho cariño he querido sumarme al justo homenaje que el NAC le hace en el presente número a Luis Favilli, médico y escritor y, sobre todo, un entrañable amigo, ahora residente en Miami, Florida, pero cercano en el corazón de todos/as los/as que le conocimos.
Creo que si hiciéramos una encuesta entre los escritores y artistas de los años sesenta y setenta, la mayoría contestaría que iba al consultorio de Luis, excelente médico internista, generoso en el ejercicio de su profesión y profundamente sensible ante el acontecer social y político que nos tocó vivir en esas décadas y que ha sido fuente de su obra narrativa.
Quiero destacar una gran cualidad que tenía. Yo digo que uno llegaba con un dolor en el estómago, en las extremidades, en cualquier parte del cuerpo y él nos auscultaba el alma a y así nos curaba.
Ahora me encuentro generalizado el enfoque psicosomático. Yo pienso que Luis fue un pionero de esta concepción que nos demuestra la íntima relación que hay entre las emociones y la salud física.
Una vez acompañé a su consultorio a la abuela paterna de mis hijos, quien le expuso los malestares que llevaba: “No me he podido controlar la presión alta, Luis, más ahora que quedé viuda. La casa que me dejó Mariano en La Calzada de Granada, el inquilino la ha destruido, pues tiene una bodega de cajillas de gaseosas y ha descascarado las paredes; ya se la pedí y su reparación me va a costar mucho dinero, pues vos sabés que es de las casas antiguas”. Luis escuchaba con sus grandes ojos atentos (ahora pienso que desde ese momento estaba auscultando a sus pacientes). Él contestó: “Yo te voy a ayudar Lolita”, y ella reaccionó con gran alegría: “Gracias Luisito”. Él continuó: “Yo te voy a conseguir dos hombres que van a llevar unas latas de gas, se las van a aventar a la casa y le van a prender fuego, y así salís ya de ese problema que te está matando”.
Su paciente terminó la consulta en carcajadas y, por supuesto, la presión había vuelto a su normalidad.
En otra ocasión fui yo y le dije que estaba sufriendo con mucha frecuencia de dolor de cabeza, entonces me dijo abriendo sus grandes ojos que lo hipnotizaban a una: “Muy sencillo, estás enferma de la corona”. Y yo asustada pensando: ‘será una epidemia, un virus nuevo…’. Y qué es eso, le pregunté.
Pues de la corona de santa, me dice, querés ser buena esposa, buena madre, buena hija, buena trabajadora, buena estudiante. Igualmente, salí curada y sonriente de la consulta.
Espero que cuando Luis lea el suplemento en su casa, estas dos anécdotas ahora le provoquen las carcajadas que él provocó en sus pacientes, que no lo olvidan, y así él pueda con su artritis y las dolencias propias de la tercera edad, a la que ya muchos/as de sus amigos/as acabamos de entrar.