Nuevo Amanecer

Reencuentro inexplicable

El libro de Francisco Javier Bautista Lara “A 150 Años”, que publica LEA EDITORIAL en ocasión del 150 aniversario de la Batalla de San Jacinto, reúne trece ensayos sobre la historia y actualidad de Nicaragua y la ficción, cuyos extractos publicamos a continuación:

I
Es una mañana cálida y soleada, el viejo se balancea en su mecedora bajo el alero de la casa hacienda ahora decorada con vitrinas y objetos, con mapas y fotos, dibujos y diagramas, con reliquias históricas y recuerdos de personas idas, de datos, anécdotas y referencias comprobadas o supuestas. Tiene puesta su chaqueta desabotonada, en su solapa las estrellas desgastadas, los cordeles raídos por el tiempo que no suele perdonar nada, ni los laureles ni las condecoraciones…
…Un hombre de aspecto rudo y sencillo, en camisa de manta gris, pantalón sujeto a la cintura con una cuerda de cabuya y caites de cuero corriente, saluda con reverencia y dice: “No vendrán, mi general, los muertos no regresan”. El viejo escupe al suelo los residuos del puro apagado que inútilmente sujeta entre los labios, levanta la vista y responde: “Vendrán, Andrés; ellos vienen”. Se sirve una taza de café negro y ve al fondo del campo, hacia el Este y al Norte. Un modesto reloj de pared de viejo roble y dorados bordes marca las siete con sus agudas campanadas. Poco después divisa al grupo que aún no distingue y que avanza en pausada caminata hacia la hacienda…

II
…Los seis hombres recién llegados hablaban inicialmente en inglés. Andrés no entendía nada. Ellos contaban sobre algo del paisaje natural y la distancia recorrida que los separaba. José Dolores respondía salteado. Ahora todos conversaban en español, a veces saltaba, entre la conversación, una expresión americana. Byron siempre al lado de su compatriota y amigo, William, con su prestancia de joven gris, su camisa y pantalón azul, se dirigía al locuaz y erudito Castellón con gran deferencia, se refería a él como “señor Presidente”, sin embargo, a Jerez sólo le decía “don Máximo” o “doctor” y a él ellos se referían como “general” las más de las veces. A John Hill todos le decían “señor Ministro” y era el que más dificultad tenía para hablar el español corriente y coloquial, reservado a veces, menos espontáneo. Los tres americanos conservaban su clásico acento extranjero, llevaban traje informal, camisa y sombrero, guardaban sobre su rostro los estragos de las derrotas que ahora no causaban preocupación, ni placer ni dolor. Al cortés anfitrión se referían frecuentemente como “coronel”. Don Buenaventura les seguía con pausado paso y escurridiza compostura.

III
La muerte lo había apaciguado todo y estacionado para ellos el inútil tiempo en el momento inmediato después de su inesperada llegada. Nada tenía importancia ahora, ni las victorias, ni las derrotas, tampoco había temores que cuidar o apariencias que guardar; la hipocresía se había extinguido con el aliento y tanto la verdad como la mentira carecían de sentido. Era inútil aparentar la vida y sus manifestaciones que ya habían dejado de existir…

IV
…Del otro lado había bajado ya otro grupo de hombres que se incorporaba al círculo jalando sillas y hasta unos taburetes pata de gallina que acomodaban en las posiciones de su conveniencia o por la afinidad pasada que había perdido cualquier sentido ahora. Llegaban juntos en los grupos porque juntos, de alguna forma, se fueron. Ahora compartían las mismos misterios en las luminosas oscuridades que no conocemos y apenas sospechamos. Fruto era llamado “don Fruto”, a veces le decían “señor Presidente”, por la costumbre de decirlo, pero varios volvían la vista, otras veces le mencionaban como “señor Director”, dudas por la costumbre, la costumbre de la duda, e igualmente varios volvían la vista al interlocutor. El general Martínez mostraba su señorial antigüedad, unos le decían don Tomás otros, “mi General”. Tomaron asiento contiguo Jerez y Martínez, al lado estaba Guillermo, como a veces don Patricio le decía a Walker cuando prefería hablar español. Se había incorporado al redondel de la mesa el joven Mateo, “Mateíto” le decía don Fruto, que comenzó contando sobre una anécdota que dijo haber leído de un escritor aún no nacido cuando partió. Castellón habló del célebre prisionero Napoleón, era su historia preferida de siempre, y Walker contó sobre sus correrías en el México anexado y su efímera presidencia en Sonora, Cole recordaba las andanzas de editor. Don Buenaventura no fue muy bienaventurado, no hubo ni sillas ni taburetes ni nada para él, cortésmente Andrés le cedió la suya y sin mayores tapujos se sentó en el piso al lado de la silla de su general. A José María a veces le decían “señor Director”, unos agregaban lo de “provisional”, otros lo omitían en unos y lo agregaban a otros. A Ponciano también le llamaban “general”, aunque a veces simplemente por su nombre de pila o apellido, y a Patricio lo mencionaban como “don Patricio”, alguno que otro lo llamaba “señor Presidente”, se confundía entonces don Francisco y dirigía así, al interlocutor, la vista ausente hacia el “Presidente” o “Director” al que quería dirigirse…

V
“José Dolores, ¿dices que son ciento cincuenta?” -pregunta dudoso William:
“Es el año de mi muerte, muy cerca de aquí, entre unos matorrales” - comenta Byron - “con unos dos días de diferencia, no tiene importancia”.
“Los años ahora nos son ajenos”, -comenta Fruto:
“No fui testigo del hecho” - dice Castellón. “Para esa fecha, yo ya había partido, usted nos esperaba ya en esta común inexistencia, me di cuenta de las inutilidades, casi juntos, por una breve diferencia ambos nos fuimos, yo en León y unos meses antes, usted en Granada”.
“No sé qué es el tiempo pasado ni sé qué representan ciento cincuenta años, para mí el futuro, cuando lo tuve, fue incierto”, comenta Andrés. “Parece ayer, pero el hoy carece de fuerza emotiva hasta para lanzar una piedra”.
“Sin embargo, fue un día como hoy” – agrega José Dolores – “según el calendario de los vivos, que no tiene nada que ver con el nuestro”.
“Debe sentir orgullo, don José, a usted lo siguen recordando con honores, también a Andrés” - comenta Martínez:
“Ese sentimiento no existe, se extinguió conmigo. Usted, parece, tampoco ha sido olvidado mi apreciado Tomás, Jerez sigue siendo mencionado y hasta perdonado” - dice José Dolores.
“Nosotros estamos en la acera del repudio, según he escuchado”
– dice Walker-, “digna acera la mía, junto con algunos otros de ustedes”.
“Otros hemos sido prisioneros del olvido, suave bálsamo de las desgracias, la fría e indiferente oscuridad de la falta de recuerdos” -dice Corral, volviendo su vista a Buenaventura, a Rivas y a José María Estrada.
“Que vean las lecciones que sin querer nosotros encarnamos, que estudien los sucesos en los que fuimos artífices, para que vuelvan a hacer lo mal que hicimos y no haya necesidad de imitar a héroes que mueran”- comenta José Dolores.
La mañana del día trascurría sin horas que medir ni cansancios que evitar. La memoria carecía de olvidos y los olvidos de motivos.
“Lo hecho, hecho está” – agrega Jerez. “Lo firmado, firmado fue”.
“Triste firma la firmada” – comenta Corral. “También hubo una firma que puse sobre un papel, la misma que hizo Director a mi querido amigo don Patricio, la misma que le permitió a usted, correligionario Jerez, ser Ministro en el Gobierno de don Guillermo, la que nos apaciguó los temores de antaño y nos dio unos días de respiro”.
“Tristes los papeles que solemos hacer en la vida” - dice Walker mientras pone el brazo en el hombro de Castellón.
“He muerto por esa firma, poco después de ella, don William” – dice Corral- , “envié después unas cartas a unos amigos, para ventilar la conciencia porque sentía la amenaza que estaba encima de nosotros y a la que le abrimos las puertas”.
“Hubieras muerto aun sin haber pactado, todos morimos un día” – afirma Castellón.
“Justa verdad, todos morimos en un día o en una noche, al morir las culpas se extinguen, las cargan quedan a los vivos, se heredan sin necesidad de testamento ni protocolo” – comenta Mateo.
“Lo he dicho ya, la vida me dio tiempo de rectificar” – reconoce Jerez-
“Yo carecí de ese tiempo, me tuve que revolcar en mi tumba” -agrega Castellón –, “la vida, tan corta, nos impide sustentar largas esperanzas, y ya que la vida es corta, como decía el poeta, desecha largas esperas. Mientras hablamos, huye ansioso el tiempo. Goza el día presente y nada fíes del venidero”. “Debo reconocer que las culpabilidades no siempre son individuales y personalísimas como parece” – dice Chamorro -, “hay pecados generacionales, colectivos, herencias recibidas y cedidas, también particulares, propias, yo tenía el mío, cuando vivía”.

IX
“Cuando morí en la plaza de Granada sentí que me libré de culpas” –reconoce Corral. “¿Usted piensa, don Francisco, que la solución a nuestros problemas estaba en regenerar la sociedad nicaragüense agregándole sangre blanca esclavista?”
“No tengo nada que ocultar” – contesta Castellón- “reconozco que la traída de nuevos colonos para poblar nuestro desolado país no era una mala opción, era una oportunidad para infundir en nuestra cultura y en nuestra sangre nuevos ímpetus”.
“Para mí eso fue siempre inaceptable, eso traía consigo la esclavitud – reafirma Corral –, y como todos saben, por mis venas corría aún el dolor de las cadenas de los negros esclavos”.
“Si los legitimistas no firmaban el acuerdo con Walker, ¿qué nos esperaba – dice Chamorro – “si ya unos días antes Mateo había sido fusilado y a otros se amenazaba con morir”? ¿Qué opción nos quedaba? Así que, mi amigo Ponciano, su culpa es también nuestra.
“No sé si habrá aquí una culpa individualísima, casi todas éstas, de las que hablamos hoy, son tan colectivas, tan compartidas, casi generacionales” – dice Martínez.
“Alguna vez lloré, lo reconozco hoy” – dice Jerez. “Me encerré en mi cuarto y me deprimí tanto que sólo entre mis exóticas compañías femeninas pude recuperar cierta pasajera tranquilidad”.
“Me costó mi carrera diplomática aceptarlo a usted, mi amigo William” – dice Hill. “Tal vez me precipité, pero la verdad es que los acontecimientos eran tan confusos y recurrí a la decisión por la que yo mismo creía y apostaba”.
“Siempre supe que lo que ocurría traería la tragedia, me refugié en Ocotal y hasta allí llevaron a la muerte a buscarme los democráticos” – comenta Estrada. “La verdad, el país estaba partido en tres y nadie tenía el control de nada, quitándome a mí, sólo quedaban dos, usted, don William, en Granada y ustedes los democráticos con los despojos legitimistas que tenía Tomás”.

XI
… “Así es la historia, amigo – dice Martínez. “Las generaciones no terminamos de digerir la historia, no la masticamos, la tragamos sin haberle sentido el gusto o el mal gusto, sin identificar sus componentes, entonces se vuelve a tropezar en la misma piedra y cómodamente se busca cómo encontrar culpables que no reclamen. Como a nosotros que ya bien muertos estamos”.
“Cada quien lee la parte de la historia que quiere, la que menos malestares le provoque, esa es la que subraya, esa es la que cita -dice Mateo.

XII
“¿Usted quiere volver aún, Guillermo?” – pregunta Chamorro.
“Ya no, yo descanso en paz”- responde William.
“¿Usted quisiera volver a ser Presidente, amigo Fruto?” – pregunta Castellón.
“Mis restos descansan en paz, amigo Francisco” -responde Chamorro.
“No niego que me hubiera gustado” – dice Jerez. “Nunca pude serlo, pero eso era antes, ahora me doy cuenta de lo inútil que fue, la brevedad me sorprendió en el largo trecho de la jornada”.
“Yo hubiera querido llegar a capitán” – dice Andrés -, “con costo llegué a sargento, ¿saben ustedes de cuánto fue la pensión que le dieron a la viuda?
“¿Para qué hablar de imposibles, mis apreciados amigos de infortunio? ¿Para qué especular sobre pasados que no vuelven, mis estimados colegas de viaje? – pregunta Rivas.
“¿Alguien de ustedes añora el pasado? – pregunta Estrada, no el general, sino el que fuera director provisional.
Todos se vuelven a ver las caras, nadie ríe, nadie llora, nadie se sonroja, nadie se inmuta, ni siquiera una mueca que descubra nada, que evidencie el profundo sentimiento que guardan, que al igual que el cuerpo, se ha extinguido. Los gusanos se habían disputado, hace tiempo ya, sus despojos en una contienda irreversible de la extinción. Cada pena tiene su tiempo, los muertos se vuelven ilustres, al menos para los suyos, algunas muertes son inútiles, ¿otras necesarias? Así pasa de ligera la gloria en el mundo, no hay nada más temporal ni nefasto que ella, que suele llegar pomposamente y efímeramente se aleja dejando el sabor amargo de los marchitos laureles y el olvido…

XIV
Los catorce personajes se han levantado de sus sillas alrededor de la mesa, se estrechan la mano, se dan palmadas en el hombro y algunos inexpresivos abrazos, vuelve el reacomodar de las butacas y mecedoras, los últimos sorbos de los posillos, las últimas masticadas de rosquillas y cosa de hornos. En la sala no han quedado migajas ni residuos ni ruidos, sólo ha permanecido el vacío y el bullicioso silencio que suele llegar después de las grandes tragedias y de las profundas meditaciones. Mientras tanto cada uno toma el rumbo que le toca, el que la historia le dio y el que se trazó mientras pudo.
Se han reunido sin agenda ni formalidades, sin mediación extranjera ni nacional, sin observadores ni garantes, sin publicidad maquillada ni actas para ver desde la luz los acontecimientos sucedidos, los actos pasados que no se extinguen y los siguientes que sucesivamente ocurren. El reloj que no deja su insistente jornada sigue palpitando con su problema del tiempo, se empecina marcándolo, señalando inútilmente los minutos mientras suena la última campanada que anuncia las siete. Como vemos ahora: “Entre ellos y la eternidad, para todo cálculo humano no hay más que un minuto”, una fracción de él, una imperceptible medida de imposible percepción terrenal…