Nuevo Amanecer

Dos poems de Alvaro Urtecho


Sobre el volcán, junto al volcán

De su Ometepe natal, Arnodo Guillén extrajo, como un minero
empedernido su porción mágica de oro, todo lo que necesitaba
para poblar su comarca de arte insustituible, su región mítica,
su zona sagrada profunda y permisiva. Nacido en una tierra de
ídolos con la cabeza de barro sumergida en la contemplación del
cataclismo, de lo terráqueo que se impone con sus aguas soterradas
en competencia con el fuego, Guilién, artista serio, fuerte, concentrado,
ducho en trazos eruptivos, en asperezas de la materia Cósmica, en
descensos constantes al Averno, convoca desde siempre y hasta hoy
sus símbolos prometeicos de la liberación de la materia primigenia
percibida desde los primeros terrores de la Infancia: el pétalo de fuego
surgido desde el fondo mismo del volcán, el magma en correntadas que se
derrama al borde de la copa, el sonido de las aguas del Cocibolca y su
devoradora serpiente escondida, la música celeste de las deidades:
Apaltonati y Tamagastad, la luna y el sol, el fuego y el agua, el universo
físico visto en el Primer día de la Creación.

En esta zona sagrada de Arnoldo Guillén todo es esfera, ojo, hondura,
sol que se revierte en luna, luna que se revierte en sol. Perforaciones
de bala o de granito agujereando la materia cósmica como lunares
sobre la piel de la tierra en formación, en conjunción y disyunción. Bordes
esféricos y recortados como discos, reflejándose como espejos. Quemas
precipitadas y galopantes pellizcando la superficie del cielo negro y
blanquecino. Boca del Averno, paraíso escondido en donde planea un
Espíritu Divino, hostias encendidas, comunión de estratos y hondonadas,
oscuridades y resplandores. Junto al volcán, sobre el volcán,
bajo el volcán. Signos, estelas, vigías, faros ticiplaneta. La noche cósmica, sí, la noche y
su acendrada pirotecnia, sus temblores, sus crótalos, su movimiento, sus
pétalos de fuego.

Julio, 2006

Otra vez leo

El hombre entristecido siempre,
palpándose el pecho para ver
si es muscular el dolor ese,
y no un asalto brutal al miocardio.
Su camiseta color cebra y rayas de cebra
con salpicaduras de recientes jolgorios
idos, encendiendo el cigarrillo comprado
al menudeo, al detalle,
a lo mísero mugriento
como todo lo que expele este solitario,
este misógino, este misántropo
indiferente a las luchas humanas,
reacio al progreso personal,
pegado al alcohol y al calachero
de su cuarto oloroso a ropa sucia
mal colgada y sin canasto.
Hombre sin transición ni metas.
Pesado animal raro aquietado
por el alcohol. Más buey manso
de sonrisa lenta que lobo estepario
o tenebroso oso de la tundra.
Su cabello de peluche blanco
bien plantado: Zekub Baloyán,
Ciro Peraloca, Enrique Guzmán,
embebido en la dirección de sus ojos
enrojecidos que no quieren sino la Nada,
la curva del humo que se le va
inevitablemente, olvidando, borrando
todo el pasado y su pasado:
¡incinerando ya el futuro,
negando a cualquier Ave Fénix
que intente renacer de su ceniza!