Nuevo Amanecer

Fantasmas de nuestras almas


Para empezar, quiero dar las gracias a Claribel Alegría, hada madrina de este libro que le está dedicado, por sus generosas palabras, que tomaría como una lisonja de nuestra dilatada amistad, si no la supiera tan rigurosa en sus juicios.
Agradecer a Jesús de Santiago, quien representa en Nicaragua la distribución de los libros de mi editorial, Alfaguara, y con quien tengo ya una relación también dilatada, pues éste es el décimo libro mío que venimos a presentar juntos, si mis cuentas son cabales.
Y, por supuesto, a Enrique Zamora, por la acogida que el grupo Lafise-Bancentro nos da esta noche en este espléndido auditorio que lleva el nombre de su padre, el doctor Justo Pastor Zamora Herdocia.
Un escritor existe en la medida en que existen sus lectores, y por esa razón celebro mi espléndida compañía de esta noche, todos ustedes testigos, partícipes y cómplices de mi oficio, y únicos capaces de justificarlo. Porque siempre vuelve a surgir frente a mis ojos la pregunta: ¿Por qué se escribe? ¿Para qué se escribe? ¿Necesita de escritores un país tan agobiado de infortunios e injusticias como Nicaragua?
Los necesita precisamente por eso. La escritura que se vuelve el espejo de la historia y del tiempo presente, de los dolores y las ansiedades de un país que es capaz de ofrecer al escritor en sus desigualdades y en sus portentos las alas de la imaginación, es una escritura necesaria, y servirá para trazar señales en la búsqueda de nuestra identidad, una identidad que existirá mientras la busquemos.
Nunca me cansaré tampoco de decir que no venimos como país de un héroe a caballo, de prosapias militares, sino de un héroe de a pie, nuestro Rubén Darío, que inventó a Nicaragua con la palabra y no con la espada, y de allí vienen nuestras primeras señales de identidad.
Y como esta noche les traigo un libro sobre los animales, no puedo dejar de recordar la mentirosa moraleja de Esopo acerca de la hormiga y la cigarra: si la hormiga que trabaja es imprescindible, la cigarra que canta, sobra. Ésta es una falacia burocrática. Sin la cigarra, la hormiga no tendría razón de existir. No podría reconocerse a sí misma.
Es la misma propuesta represiva de Platón en La República: fuera los poetas porque sobran, lo que no era sino su amarga reacción en contra de Homero porque inventaba, exageraba y mentía, para revelar la realidad de la condición humana. Y la invención que desborda viene a resultar peligrosa siempre en los órdenes políticos cerrados y excluyentes.
Pero, ¿por qué se escribe? Baste decir que yo escribo por necesidad, y que escribo para mis lectores, sin quienes mi oficio sería nulo. Escribo por la necesidad de comunicar a los otros lo que considero extraordinario y que no debe pasar inadvertido. Y la solución de esa necesidad es el arte de las palabras, que hace posible el arte de inventar. Un proceso diario que cumplo con gozo, porque existe la felicidad de escribir, y la infelicidad de corregir. Pero una y otra cosa juntas son el milagro, ese dichoso encuentro diario con lo sobrenatural que sólo revelan las palabras, la mejor de las epifanías.
Un libro, por lo demás, siempre tiene sus razones. Las de El Reino Animal tienen que ver, primero, con mi infancia, como he explicado en estos días. Alguna vez llené un álbum de figuras que venían enrolladas en confites, se llamaba, precisamente, El Reino Animal, y que tenían un valor de cambio de acuerdo con la frecuencia en que aparecían las figuras. La mariposa era la más común de todas. Raros el orangután, el rinoceronte y el gorila. Y el león de la selva, la última en aparecer, y con la que se completaba el álbum, la más buscada, y por tanto, la más escasa y valiosa. Fue desde entonces una relación de misterio la que le abrí en mi alma los animales, un misterio que sigue sin develarse.
Después, estos cuentos dependen de mi amor por las notas periodísticas, desde la nota roja que utilicé en Catalina y Catalina, hasta las que traen asuntos raros y singulares, y que me ofrecen la anécdota que puedo convertir en relato literario. No toda anécdota. La anécdota debe contener una novedad tocada por la gracia. Y cuando son animales los que aparecen en la noticia, siempre se tratará de hechos singulares y llamativos, donde figuran el humor, o el drama. Pero es porque los animales son protagonistas de hechos extraordinarios. No el cerdo que sucumbe, aterrorizado, al cuchillo del matarife, sino el que se revuelve de pronto contra él, y lo muerde en los genitales. No la araña inocente, invisible por diminuta, sino la que se esconde debajo de los aros de los retretes y amenaza al que se sienta en ellos con su piquete mortal.
Siempre me ha fascinado, además, la idea de que tanto alma como animal vienen de la misma palabra del latín, animus. El principio vital, lo que alienta la vida, lo que anima el ser. La vida de los seres humanos apareada a la vida animal, no por un simple asunto de evolución, sino de alma. La única diferencia entre unos y otros, según Plinio el Viejo en su Historia Natural, es que la naturaleza pare al hombre desnudo y lo viste con las riquezas y bienes ajenos, y a los animales les da, desde que nacen, lo suficiente para cubrirse según su especie.
Las historias que cuento en El reino animal proceden también de mi pasión por este misterio de identidad entre nosotros y ellos, una relación que para mí es dialéctica, aunque no lo pensemos así ni lo queramos. Damos tanto como recibimos en esta relación, que es cordial a veces, contrastada y dramática otras, llena de burla y humor en no pocos casos, y si hay pasión en ella es porque en sus dos caras refulgen amor y odio, gratitud y rencor. Pero nunca es una relación inocente, ni siquiera la relación que siempre se quiere pacífica y sin sobresaltos entre la mascota y su dueño, ya no digamos la que hay entre la fiera y el cazador, o la que hay entre el domador y la bestia.
“Si las almas son visibles a los ojos, se verá claramente esa cosa extraña de que cada uno de los individuos de la especie humana corresponde a cada una de las especies de la creación animal…”, dice Víctor Hugo en Los Miserables, al descifrar al inspector Javert…. “Desde el buitre hasta el águila, del puerco al tigre, todos los animales son en el hombre y que cada uno de ellos es en el hombre. No pocas veces varios de ellos a la vez...”
…“Los animales”, agrega, “no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y de nuestros vicios, errantes delante de nuestros ojos, los fantasmas visibles de nuestras almas….”
He querido entrar en este drama de doble filo contando historias únicas, ocurrencias que he hallado, como dije, en las páginas de los periódicos y que he transformado en historias literarias, es decir, en historias donde la realidad me ha dado, como en la música, el pie para poder crear el relato. Pero todo pertenece, en el fondo, a la gran historia universal de esa relación que no por dramática deja de tener tonos y toques de humor e ironía, y me adentro en esa clave de ironía que los animales utilizan no pocas veces en su trato con los seres humanos, para ayudarme a contar.
Contar lo que ocurre con esa extraña sociedad, y lo que tiene tantas veces de extraordinario, es la manera en que intento resolver mi propia perplejidad. Contar lo que ocurre entre un tigre y su domador, cuando en el tigre afloran de pronto los odios y rencores que incubó de niño, es decir, siendo cachorro, respecto al domador en el que odia al padre. O cuando el que adopta a otro tigre y lo deja crecer dentro de su casa, se expone a perder su propio reino doméstico del que al final resulta expulsado. Rencor, ingratitud, atracciones fatales, amores no correspondidos, todo lo que entra en los dominios de la condición humana. Del ánima, del alma.
Cerdos vengativos, elefantes electrocutados como criminales, carpas que hablan antes de ser descabezadas en la mesa de la pescadería, para transmitir mensajes divinos, mataderos de pollos como campos de concentración. Los renos de Santa Claus castrados. Pingüinos homosexuales. La múltiple erección de los pulpos. Focas del ártico bajo el sol tropical. El espectáculo infame de la agonía y muerte de una ballena enferma que recala en una playa del Pacífico. El conde Agoston Haraszthy, fundador de los viñedos en California, cuya última aventura viene a vivirla en Nicaragua, donde tendrá su encuentro final con el destino, en la forma de un lagarto.
Pero también, del otro lado, se cuentan historias de gentes, niños de la calle abandonados a su suerte y a su muerte. Los niños huele pega, hijos de la desgracia y el abandono, una Pulga, un Zanate.
El niño de once años, apodado la Mosca, que abandona una madrugada su hogar, para irse a pie, hasta Florida, en busca del amor de su vida, Shakira. Amantes exhaustos de su carrera amorosa y que deben consolarse a como mejor pueden, a imagen de los leones decrépitos que estorban a la manada y se van quedando atrás, a merced de la hienas.
Compañeras de colegio que se despiden al dejar el internado, vuelve cada una a su país y se prometen un encuentro años después para contarse lo que ha sido de sus vidas, y cómo han pasado sobre ellas el tiempo, y otra vez, el destino. Todo lo imprevisto y lo desconocido es también asunto de ánima, materia animal.
Tomo, en fin, prestadas, las palabras de Claudio Eliano en su Historia de los Animales, para explicar a ustedes, y explicarme a mí mismo, por qué me ocupo de ellos, si acaso las razones anteriores no fueran suficientes: “No se me oculta que quienes ponen fijos sus ojos en el provecho material o van tras los honores, tras el poder y tras todo lo que consigo trae fama querrán desacreditarme porque consumo mi ocio en estas actividades, a pesar de que bien podría mostrarme muy ufano de mí, ir a exhibirme en las tertulias y obtener buenos dineros. Por el contrario, mi ocupación está en los zorros, los lagartos, los escarabajos, las sierpes y los leones, trato de conocer cómo obra el leopardo, cuánto amor prodiga la cigüeña a sus hijos, cómo es de armonioso el trino del ruiseñor, hasta dónde llega la astucia del elefante, qué formas presentan los peces, cuándo emigran las grullas, cuáles son los distintos tipos de víboras y, en pocas palabras, todo lo que refiere esta historia a través de datos reunidos y estudiados con esfuerzo…”
Y quizás, además, porque en tiempos tan revueltos en el mundo como éstos, tan llenos de intolerancia, es tan necesario a nuestra aspiración de convivencia aprender a mirar al otro, al que es diferente, al que no es como nosotros, al que no entendemos porque además de lucir diferente, tener otro color de piel, otros rasgos físicos, tiene también otra religión, otra cultura, otra manera de ver el mundo. Éste no es un libro de cuentos con moralejas, ni, líbreme Dios, con propósitos didácticos. Pero las parábolas nunca sobran en la literatura.
Y ahora, como de contar se trata, quiero terminar leyendo uno de los textos de este libro. Quisiera, claro, leerlos todos delante de ustedes. Pero ni hay tiempo, ni conviene a Alfaguara ni a Hispamer. Este cuento, TARDE DE DOMINGO, está dedicado a dos de sus personajes, el doctor Jaime Incer, y el doctor Germán Romero Vargas: