Nuevo Amanecer

Ángel Martínez Baigorri: “Un homenaje merecido a un poeta esencial”


Angel Martínez Baigorri nació en Navarra, España, en 1875, y murió el 5 de agosto de 1971, renacido en Nicaragua. A 35 años, de su virtud de vivir entre nosotros. Poeta y místico. “Vine por el mar a renacer en el lago. Y volví a renacer en el río… Río de Nicaragua. Por eso, no es que yo cante a Nicaragua; Nicaragua canta en mí. Sí, renacido nicaragüense”.
Ángel Martínez es uno de los grandes místicos en lengua española y un poeta y pensador trascendente de la cultura iberoamericana. Escritor de vastas resonancias religiosas, filosóficas, éticas y estéticas. En su obra hay palabra mediadora de su poética vital y leal, para vivir y convivir en el encuentro de la gracia y su legado de conmovedor eje espiritual, a 35 años de su fallecimiento se mantiene gravitando en el símbolo de amor de la esperanza.
Los escritores Claribel Alegría, Fernando Silva, Luis Rocha y Vida Luz Meneses rinden este homenaje merecido al poeta Ángel Martínez, el de las alas universales.

Claribel Alegría: “En Ángel, su esencia es la poesía”
¿Cómo valora usted en su trascendencia esa triple fisionomía del padre Ángel Martínez, de poeta, hombre y sacerdote?
Pienso que el hombre, el poeta y el sacerdote forman una unidad en el padre Ángel. Su esencia es la poesía.
Lo conocí en 1949 en El Salvador. En ese entonces yo vivía en Washington, D.C., y había ido con mi marido y mi hija mayor, Maya, a quien él bautizó, a visitar a mis padres. El padre Ángel era muy amigo de mis padres. Casi todos los fines de semana tomaba una camioneta y llegaba de San Salvador a Santa Ana para visitarlos a ellos y a mi hermana Rosa María, que en ese tiempo era una adolescente.
Se hospedaba en nuestra casa. A veces, la camioneta de regreso lo dejaba y se iba hasta el lunes. Era castigado y pasaba uno o dos días a pan y agua. A él no le importaba y seguía llegando a Santa Ana. Era valiente el Padre y estaba siempre dispuesto a pagar caro una tarde de poesía.
Coméntenos ese bello verso del padre Ángel Martínez, cuando escribió: “Me hicieron poeta los besos de mi madre.”
No necesita comentario tan bello verso. Los besos de la madre son la ternura, y el poeta se nutre de ternura.
¿Cómo fue su relación de discípula del padre Ángel Martínez, y qué retoma de su legado poético?
En realidad, no fui su discípula. Lo vi sólo esporádicamente, cuando yo viajaba a El Salvador, y una vez, en México. Él me enseñó a amar la poesía nicaragüense. Puso en mis manos poemas de Coronel Urtecho y me dijo que Coronel no sólo era un gran poeta, sino maestro de grandes poetas como Cardenal y Martínez Rivas.
Me recomendaba leer y releer. Junto a él leí a Gerard Manley Hopkins, a quien el padre admiraba muchísimo. Me recomendaba también que escribiera sonetos como gran ejercicio poético.
Tengo entendido que su hermana escribió su monografía sobre la poética del padre Ángel Martínez. Cuéntenos acerca de los hallazgos literarios que encontró y la trascendencia de éstos.
Mi hermana, Rosa María Paasche, escribió un bello libro que se llama “Introducción a la poesía de Ángel Martínez Baigorri”. Fue publicado en España. Lo que ella logró con ese libro fue despertar el interés de los lectores por su obra. Dice que ella considera la poesía del Padre como fuente de belleza y de amor que indudablemente enriquece a todo aquel que se le acerca. Los hallazgos son muchos y sería muy largo enumerarlos.
¿Cómo valora usted la obra y el genio poético del padre Ángel Martínez?
Pienso que es uno de los místicos más grandes del siglo XX. No desmerece si se le compara a los grandes místicos españoles del Siglo de Oro.
Luis Rocha: “Ángel Martínez: ‘El paraíso está en el corazón de los amigos’”

La poesía de Ángel Martínez, ¿qué es?
La poesía de Ángel Martínez Baigorri es la antimateria; algo así como la esencia de la palabra, y la corroboración de lo que decía Rubén Darío: “Cada palabra tiene un alma”, y Ángel lo demuestra a plenitud, con gozo de ángel sin tiempo.
¿Cómo recuerdas a ése gran Angel, que nos pertenece a todos, en la plenitud de su gran poesía?
Lo recuerdo como el gran padrino de la poesía nicaragüense, renacido en Nicaragua y por lo mismo en su poesía, y a la vez, “Río hasta el fin”, descubridor y explorador de las circunstancias o elementos que la nutren, logrando así que Nicaragua entera cantara en su expresión poética.
En la poesía de Ángel Martínez, ¿a quién encontramos?
En la poesía de Ángel Martínez encontramos lo intemporal, y por ello mismo la trascendencia del hombre. El espíritu del ser humano. Los creyentes podrán encontrar en ella a Dios. Y los no creyentes, comprobar que, como él lo decía, “el paraíso está en el corazón de los amigos”. Es la poesía de la fraternidad universal, metafísica, tan arraigada en la tierra y celestial, en el sentido del espíritu que no muere, por su propio vuelo de Ángel.
¿Cómo nace y fluye el pensamiento del padre Ángel Martínez, en su admiración por Nicaragua?
Diría que dejó discípulos que son su testimonio: Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal, Ernesto Mejía Sánchez, Ernesto Gutiérrez, Fernando Silva, Luis Favilli, Juan Ignacio Gutiérrez, Luis Rocha, Vida Luz Meneses y tantos otros, así como hermanos en Cristo y en la poesía, como José Coronel Urtecho y Pablo Antonio Cuadra.
Háblenos de la convivencia del Padre Ángel Martínez, prendado a la palabra por la gracia de Dios, y “salvando almas” en su poesía.
Antes de morir, aquel 5 de agosto de 1971, uno de sus amigos le pidió que cuando muriera le “saliera” para comprobar que había otra vida. “Que no te voy a salir, Carlos Alberto, que te me voy a meter”, le respondió sonriendo, y efectivamente, cuando expiró, se nos metió a todos.

Fernando Silva:
“Ángel, incubado en el vuelo de la poesía”

Poeta Silva: ¿Cómo fluían en el Padre Ángel esas tres alegrías compartidas en unidad de ser poeta, sacerdote y hombre?
El poeta: es el hombre en el cual la poesía ha hecho nido de tal manera que es el poeta el que ha incubado el vuelo de la poesía, que como él mismo lo dice, cuando escribe: “Se oye el vuelo y no se ven las alas”.
El sacerdote: como sacerdote su entrega al misterio profundo de la fe, no solamente fue una entrega ciega, sino una entrega luminosa de goce en la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
El hombre: Como hombre no lo adornó más que su endeble cuerpo, como la rama de un palo de reseda, porque su figura en realidad con todo y tener todos los atributos de un hombre de la tierra, parecía que nada lo sostenía, porque es indudable que vivía en un ámbito de Ángel, como él así se llamaba.