Nuevo Amanecer

El tren cultural: “El oficio de aprender a leer la esperanza”


Comenzaba la revolución del tiempo acurrucado en la palabra, y todo fue diferente, maravilloso y cumplidamente. Los árboles eran el día, una carta en el aire, la luna; la nostalgia, la cavanga, una nube resbalosa, de ojos de simplemente te quiero, te recuerdo. Un papel en blanco, el pecho, para decir una y otra vez, repitiendo con todo, incluyendo los huesos: “Teneme paciencia, sólo un poquito más, y esperame, que llego pronto por nuestro amor”, y esa película olorosa a guis, a caminos bifurcados que no se quebraron, tenía rodillas, y perspectiva en cada rincón que se expresaba el pensamiento tan vivo, tan intacto, tan noble, como un cuarto fresco, limpio y perfumado. Y la memoria, esa gacela, que me hace disfrutar, que me pide cuentas, ahora que comparto este tren cultural, en esta bella ciudad de Estelí, con las llaves oídas de lo que fue la gran Cruzada de Alfabetización: lienzo de vida, alegría, sangre y orfandad de patria prestada a gamonales morbosos de abultados abdómenes. Ahora estoy en el primer vagón, muy dispuesto con mi voz y mi aire de viajero, que intento ser inmenso, porque sé que compartiré una hermosa historia de amor. En mis oídos está el humano calor de la palabra alfabetización, que no puede ser pronunciada ni recordada a secas, porque Nicaragua ha sido un abundante nicho de experiencias. En la pantalla, que se asemeja a un gran sueño, están incorporadas las imágenes de aquellos chavalos y chavalas, siempre jóvenes y adolescentes. Y el año de 1980, se distancia y se une en el tiempo con las montañas y las ciudades, y los caseríos y poblados más recónditos, donde la búsqueda fue encontrar al amigo campesino para enseñarle a leer y escribir. “Y cómo pasa el tiempo que de pronto son años”, decía el cantor cubano, Pablo Milanés, y han pasado ya 25 años.
“No puedo dejar de pensar en mi familia, que fue muy feliz al participar en la Cruzada Nacional de Alfabetización, ni desligarme de ese acontecer que dio tanta esperanza a Nicaragua, me dijo doña Susana Urbina, muy emocionada, al narrarme su aventura de viajar en el tren cultural una tarde de la calurosa Managua.
Y es que las vidas de cientos de miles de nicaragüenses pasaron rápidamente de la expresión de pena, por no saber leer a una clara comprensión y entendimiento con su país, en cuestión de pocos meses.
El cambio fue rotundo, pues se mal vivía con un 51 por ciento de analfabetismo y una historia de olvido, marginación social, y con hábitos culturales de absoluta ignorancia.
En otras palabras, Nicaragua no tenía rostro de pasión por el futuro.
Era apenas un sentir que aún no se podía expresar por falta de condiciones sociales, humanas y culturales. Vivíamos como un gran reposo, donde todo faltaba, y todo era necesario con calidad de urgente, me dijeron Hazel y Tania Aburto, estudiantes de Relaciones Internacionales.
La historia de la Cruzada de Alfabetización tiene un hilo conductor muy bien hilvanado con lenguaje sencillo y abundantemente metafórico, que promueve un estilo de narrar sabroso, confiable y apegado a una versión de excelente modulación y matizada por los hechos que vivieron los anfitriones y sus amables compañeros guías. Hay mucho apego también al habla popular y sus constantes variantes de representación gráfica y abundante en ejemplos que causan mucha hilaridad entre los entusiastas visitantes, que no dejan de expresar su admiración y nostalgia y recuerdo por los hechos narrados. Es un viaje en un tren cultural que no deja asombrarnos por lo que oímos y que nos incita a motivarnos por una reflexión en colectivo de forma inmediata y dócil para compartir entre todos, sin tomar en cuenta las edades ni los gustos, ni otro tipo de intereses.
El tren cultural fue inaugurado con tres vagones completados por ser plenos del aire de la solidaridad, que se impuso voluntariamente en esa época de mucha unidad de pensamiento y acción social, irrepetible, para muchos analistas y educadores del país. Se equipó a este novedoso servicio cultural de los medios de multimedia de alta tecnología, superando otras experiencias educativas en el ámbito centroamericano.
“La Cruzada de Alfabetización fue una experiencia compartida entre alfabetizadores y alfabetizados, muy rica y plena, que motivó acercamientos de realidades muy distintas, para su transformación en un proceso novedoso y sustancialmente social, para emprender un nuevo país”, expresó el escritor Xavier Quiñónez.
“La emoción por ese emprendedor sentimiento de lo que fue la Cruzada de Alfabetización es mi recuerdo más querido, por haberme sentido útil y partícipe de algo que siempre he considerado como una gran prueba en mi vida”, me dijo orgullosa la joven ex brigadista Fabiola Aburto.
La Cruzada Nacional de Alfabetización fue una reacción natural de solidaridad en la que se promovió con entusiasmo una gran unidad entre la sociedad nicaragüense para permitirnos ser un solo cuerpo de la nación, y acostumbrarnos a ser servidores del conocimiento. Una vista al futuro, cargados de sueños y fortalezas espirituales. Un camino de todos y por todos, para sentirnos hijos de una misma esperanza.
“Fue una época de contacto sin condiciones con los nuevos protagonistas y sus servidores, en fin una enseñanza, que caló muy hondo en sus distintos matices, para permitirnos vivir la paz y la reconciliación, expresó don José de Jesús Medrano.
Alejandrito, un niño precoz (que aparece en uno de los tantos vídeos), es quien se roba el entusiasmo de los asistentes, por su sencillez, alegría y aplomo para enseñar a leer a hombres y mujeres adultos. Alejandro José Arana Castellón, su nombre verdadero es actualmente buscado por los organizadores del Proyecto Cultural, para darle un merecido reconocimiento.
Ahora estamos en el segundo vagón y la alegría y el entusiasmo de los tripulantes no decae, porque la curiosidad es más penetrante. El cuchucheo, los jalones de pelo, los comentarios en voz baja y las infaltables risitas conjugadas con expresiones como “qué búfalo”, “me hubiera gustado conocer a estos chavalos”, “qué bueno que lo hicieron por Nicaragua” es parte de la satisfacción y entretenimiento que ofrece este tren cultural.
Ericka Gertz, la joven guía, explica que “las historias contadas fueron tomadas de los diarios de campo que utilizaron los chavalos y chavalas”. “El valor de las anécdotas es perdurable y muy rico, por ello escogimos las más significativas”, puntualizó.
Observo al resto de mis noveles acompañantes y descubro que nadie tiene cara de aburrido, nadie se queja de la tecnología, y como todo marcha a pedir de rosas, yo me aseguro de guardar esos bellos trozos de la historia en mi inquieta memoria, que me pide más emociones.
Ericka, como si estuviera escuchándome, pide a los chavalos y chavalas que aprecien los materiales de trabajo y estudio que utilizaron los alfabetizadores, y ahora si se arma una especie de volcán de emociones, porque los cipotes no paran de hablar, tocan todo lo que ven, y hasta piden llevar un recuerdo. “Lo tendrán, asegura la guía, pero al final del recorrido” y los chavalos y chavalas se muestran complacidos.
Los vagones del tren cultural están “forrados” por fotos que “leídas en reflexión” dicen y expresan tantas cosas... así encontramos copias de diarios de campo, objetos personales de los brigadistas, frases muy hermosas; el detalle preciso y conciliador de las añoranzas, la energía de sus alegrías e inquietudes, cartas y pensamientos muy tiernos e ingenuos, que nos muestran un reflejo de la historia de protagonistas sinceros y dispuestos a servir.
“Los que no querían que Nicaragua cambiara” derribaron los sueños de 59 mártires, pero la historia siguió su hermosa jornada y “se le cumplió a Nicaragua”, confiesa Leonor Zúñiga, coordinadora de las guías.
“La idea del tren cultural surgió en el año 2005, como un esfuerzo por recuperar la historia poniendo en marcha el proyecto el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica de la UCA, con el apoyo de cooperantes. La meta es que sea accesible a todo el país y permita que haya reflexión y crítica entre la juventud nicaragüense”, puntualizó.
“Cada año se ofrecerá un tema histórico y cultural de lo más significativo de Nicaragua, a fin de enriquecernos con el conocimiento de nuestra historia”, indicó.
Vamos viajando ahora en la sala tres, y nos llama la atención un afiche inmenso que nos da en la cara de nuestros crudos egoísmos: “Enseñando aprendí lo que era ser solidario”.
Pero hay otro que refleja la dura experiencia de la ignorancia: “No saber leer i escribir es como andar con los ojos tapados y tener que caminar con vaston”.
Pero esos recuerdos ingratos se disiparon con la alegría del niño Léster Hilario Talavera Ruiz, de 13 años, quien me dijo con gran fuerza expresiva que él se comprometía a alfabetizar a sus abuelos, “para que no pongan sólo sus huellas”.
“Mi mamá ahora sabe firmar y leer, se esforzó mucho, y lo logró. Yo la veo a ella alegre y más prosperada en el negocio”, confiesa este chavalo de ojos grandes y porte de hombrecito responsable.
“Mis tíos están un poco huraños, pero yo les voy a decir que la alfabetización es buena y que sirve en la vida, porque lo que uno aprende no se olvida.
Yo sé que en los talleres de alfabetización me van a preparar para cumplirle a mi familia y al que desee que yo le enseñe”, ésas fueron las palabras de Léster al despedirse, pensando en lo que le esperaba en su nueva misión.