Nuevo Amanecer

A propósito de Julio


El libro de poemas “Ómnibus” ha sido para mí una suerte de cordura en la poesía nicaragüense. Recuerdo el año 1976, recién llegado a trabajar en Supermercados La Colonia, cuando compré el libro y debo decir que su lectura me conmovió tanto, pues me puso en contacto con el inmediato interés de leer a un poeta dotado de una absorbente sensibilidad, y reconocer la inteligencia de un muchacho flaco y viajero, casi parecido al cantante mejicano Manolo Muñoz. Yo, como un aprendiz en el camino de la poesía, me sentí tan consciente, y tan ingenuo con los poemas de Julio en mis manos, que, me parecía tener algo así, como un bolero sólo imaginado en la serenidad de la luna o la amistad entrañable de un pescador de sabiduría, sobre un océano de ojos y oídos hablándole al corazón de una aguja noble, que necesitaba con urgencia zurcir el tiempo.
A Julio Cabrales y su “Ómnibus” me llevó o lo llevé por años, a lugares amados, a socorros trémulos, a calles sin salida y a tormentas embestidas, para acopiar la clandestinidad de su propia voz, y en esos momentos, sus poemas nunca fallaron.
Confieso que yo me entendía muy bien con la apacible circunstancia de su decir, como observador del mundo. Por esos años, “Ómnibus” creció en la perspicaz mirada defensiva de algunas amigas, quienes tenían otros afanes para disgusto de su belleza, y de algunos oficiantes de la nada, que para ellos, la poesía era un irreparable desconcierto reducido a campear en los escenarios de la inutilidad.
Julio Cabrales, al escribir “Ómnibus”, nos mostró su dolor, y la prisa del enjambre de su mundo interior: escribió cartas a la madre, que inmoló de cariño su infancia, y dejó en la alcoba ausente, plena de vísperas.
El joven viajero aliñó su equipaje, y España ancló en su pecho la estampa cordial de su influencia espiritual.
El poema “A mi padre” se me enredó indiscretamente, al involucrarse con pausas violentadas, que contrasté por la añoranza de mi padre. Ese poema se convirtió, con dureza, en una especie de lectura de la ausencia, que ponía embrocada a mi memoria fría y sedienta. Don Rafael tiene recuerdos que desmontar.