Nuevo Amanecer

Prólogo


Cuando el hoy teniente coronel Pedro Martínez Duarte me pidió que hiciera un pequeño prólogo para este libro, una serie de atrasos parecían haberse confabulado para que él pudiera, una vez que le dije que lo tenía casi terminado, hacerme la pregunta que me hizo: “¿Y lo leíste todo?”
Luego vi que en las “Notas del Autor” él confesaba que sus referencias a París eran producto de lecturas, información variada, conversaciones, películas, fotografías y la complicidad de Ernest Hemingway con “París es una fiesta”. Además, resulta que por confesión de parte sabemos que Pedro Martínez jamás ha estado en París. Así que pensé: el que las usa se las imagina. Cosa comprobable, pues de imaginación y audacia es de lo que menos carece este paraíso de sus recuerdos.
Pero, aunque yo no haya hecho lo mismo con su libro, por ejemplo, tan sólo imaginármelo para escribir estas líneas, de sobra sabemos que imaginar es un derecho inalienable de todo escritor. En el contexto de la imaginación se puede atravesar de uno a otro lado por la línea fronteriza entre la realidad y la ficción al servicio de la literatura. Se puede pasar impunemente de contrabando amores, música y comidas. Ir y volver a uno y otro país, transformando en ficción esa línea que lo separa, o si uno se equivoca, transformar la frontera en una muralla infranqueable. En esto también consiste el arte de escribir.
Un arte demostrado en el transcurso de esta lectura en la que se encuentra una gran diversidad de géneros, tales como testimonio, antropología, sociología e historia.
En un momento pensé que el afán por el rigor en ciertas disciplinas, podría hacerle perder espontaneidad al texto y desnaturalizar su fondo indiscutiblemente literario. Pero el autor, ya con la experiencia que le dio su primer libro, “San Miguelito, una garza morena en la nostalgia”, salva este obstáculo al entregarnos un tejido narrativo sui generis, en el que salta de una a otra puntada con maestría que logra que los géneros entremezclados no se enreden y que así prevalezca un bordado nítido.
Este acierto también podemos verlo como collage de recuerdos transferidos al lector en imágenes fotográficas.
Curioso para mí es que Pedro haya leído a Heming-way precisamente en Cuba, país en el que este gran escritor norteamericano vivió y murió. Una coincidencia no buscada que, siempre en París, me recuerda el mayo de “la imaginación al poder”. Poder imaginar es también sinónimo de poder inventar e incluso de inventar que es la imaginación la que recrea los amores, aventuras, idas y venidas, de un recordador profesional, por Cuba; que acuartela su deleite de recordar en La Habana, el paraíso del que nunca fue expulsado.
Humor, modismos que producen hilarantes equívocos entre los lugareños y los nicas recién llegados; costumbrismo; sincretismo; santería que parece haber librado a su autor de cualquier reclamo bajo este nicaragüense sol; y una gran fraternidad de uno y otro lado, como siempre ha existido entre el nicaragüense y el cubano; vasos comunicantes de la solidaridad. Se llega a sentir la música evocada en este libro vibrando en su lectura.
En este libro que satisfizo mi imaginación y en el que sí estuve como ustedes lo harán, con todo el poder de recordar y de retornar cada cual, al paraíso que alguna vez creímos perdido.

Mayo de 2006.