Nuevo Amanecer

Poesía Norteamericana


LEÓN MARINO EN LA PLAYA GIBSON

Parecía un esqueleto, un despojo del mar,
un tronco de secoya, embotado y cerdoso,
arrojado en las arenas de la Playa Gibson.
Pero cuando nos acercamos más,
movió uno de sus extremos, se retorció,
para mostrarnos sus dulces ojos de león marino.
Retorcido, sin moverse,
reposaba, y nos miraba.
Nos sentamos.
Se dio vueltas,
enseñando pegajones de arena en su costado.
Y con lentitud, nadando con sus aletas,
comenzó su desgarbado regresar al mar abierto.
Nos miraba de soslayo, culebreándose,
como una serpiente que se apresura
a mudar su piel.

Pon fin llegó al océano,
se zambulló en él,
y con una increíble rapidez
se transformó en una alisada y lustrosa criatura
de mojada y fulgurante piel, en el sol de la mañana.
Se movía en las enturbiadas aguas
con gracia y sencillez,
mientras nosotros,
prisioneros de la playa,
reíamos llenos de gozo.
Salió de la ensenada hacia el mar abierto,
-las olas entonaban un cántico de alegría-,
y las algas marinas abanicaban sus manos
dándole la bienvenida.
El agua se deslizaba sobre su cuerpo
como música de flauta.
El león marino
nunca volvió la cabeza.

MIENTRAS LEO SOBRE EL FIN DEL MUNDO
Para Robinson Jeffers

Sobre el rugido de las espumantes olas
y del viento tormentoso;
sobre el chillido de las gaviotas
y los ruidos del león marino,
oigo tu intenso silencio en las rocas.
Vientos calcinantes agitan el océano,
incendian la copa de los árboles,
incineran a los pájaros en vuelo,
y aniquilan a los vivientes.
Si el mundo se incendiara por la locura del hombre,
tú continuarías en tu silencio de piedra.
Viejo,
tú eres paciente.
Tú te sentarías en el granito por millones de años,
y junto con el océano y el sol y el río del valle,
tú mirarías, gozoso,
en las espumantes olas debajo de ti,
el nacimiento de un principio
donde lo humano no tiene lugar.

EN LA PUNTA DEL CABO LOBOS
-Para Robinson Jeffers-

En la punta del Cabo Lobos se levantan las gigantescas masas
de granito; silenciosas, quietas, luz y sombra.
Impasibles ante los remolinos de las violentas olas
que se rompen a sus pies;
impasibles ante los vientos que desgajan
las ramas de los cipreses,
derriban pinos
y zarandean al halcón y a la gaviota.
Ahora sé por qué amabas la piedra,
por qué deseabas que tu espíritu
se ocultara en las rocas:
el rasguñar de un perro contra la puerta
la espada que amenaza a los hijos
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las pisadas de la mujer en la escalera de piedra.

Estas masas de granito no lloran por el antiguo tiempo.
Un nudoso ciprés muere lentamente bajo la furia del viento;
esta roca es impasible ante el conejo muerto de miedo
bajo la sombra del halcón;
esta roca soporta en silencio
los inclementes golpes del inquietante mar.
Convierte tu corazón en piedra.
Haz que la piedra ame a la piedra,
sin pasión, en silencio,
en una inmensa y oscura paz.
En tanto el mundo aúlla con furia
alrededor de nosotros.

CORRIENDO EN EL CABO LOBOS

Yo soy este día la gigantesca ballena gris
que hace estallar inmensos penachos
de salinosa espuma marina
mientras me deslizo en las turbulentas aguas.

Ayer fui el animal macho de profusa cornamenta
cabriolando sobre un suelo de agujas
cubierto del musgo de los pinos del bosque.

Mañana…mañana
yo seré el viento.
Mis pies desnudos nunca tocarán la tierra.

*-Elliot Ruchowitz-Roberts es miembro directivo de la Fundación “Robinson Jeffers”, en Carmel, California. Y es miembro de la Junta que dirige la Biblioteca Henry Miller.
El Cabo Lobos es uno de los más impresionantes lugares del maravilloso Big Sur.