Nuevo Amanecer

RETRATO DEL ARTISTA EN 1956 (1991) Jaime Gil de Biedma (Barcelona, 1929-1990)

“Para saber de amor, para aprenderle,/ haber estado solo es necesario. Y es necesario en cuatrocientas noches -con cuatrocientos cuerpos diferentes-/ haber hecho el amor. Que sus misterios/ como dijo el poeta son del alma,/ pero un cuerpo es el libro en que se leen”.

“Y con él llegó el escándalo”. Así podría empezar una semblanza del poeta Jaime Gil de Biedma. El escándalo para una sociedad anquilosada y rancia como la época franquista en España. Lo extraño incluso es que no causara más escándalo aún. Bueno, una de las razones es que este libro escrito al estilo de un diario de 1956 no se publicó hasta un año después de morir el poeta, y dieciséis después de haber muerto Franco. De lo contrario, encontrarse con la intimidad de un artista en Manila y sus devaneos amorosos homosexuales hubiera sido causa de una seria, muy seria, represión por parte del régimen.
Hoy ya no asusta tanto, pero, salvando algunas sugerencias a orgías excesivas, la cercanía y la sinceridad con la que el autor nos describe su visita a Manila, la capital de Filipinas, como representante de una empresa tabacalera propiedad de su familia, nos acerca a su tiempo y curiosamente al nuestro. Los sentimientos de extrañeza son los propios cuando uno sale de su círculo y entra, por así decirlo, en el mundo de casi todas las posibilidades, que a la larga no son tantas. Todo vuelve a ser conocido.
A lo mejor es una equivocación, pero creo que en este diario ustedes se podrán interesar por lo que realmente era Gil de Biedma, un poeta, y de camino, sorprenderse. Los diarios tienen algo en común, una visión del mundo y de lo que pasa que no puede reprimir la extrañeza. El diario se convierte en otro mundo, el interior, de quien lo escribe. Hay que decir que Gil de Biedma tuvo una enorme lista de seguidores, jóvenes poetas que lo imitaron hasta en su forma de vivir de típico hijo de familia burguesa alta catalana. Quizá a Gil de Biedma le faltó suficiente alegría en la expresión. Pero para mí es uno de los mejores poetas que recuerdo haber leído en el siglo XX, porque tenía y usaba la cadencia de los vates de los Siglos de Oro (Quevedo, Gracilazo, Lope), de los que toma versos prestados y les da la vuelta o les hace un poema de cada verso, traducido a siglo XX.
Gil de Biedma pertenece a esa generación o grupo poético que se denomina de los 50, que creció a la sombra de la Generación del 27. A la de los 50 también pertenecen Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio o Ana María Matute en la prosa, y Caballero Bonal, José Hierro o Ángel González, entre otros, en verso. Tantearon las tendencias políticas de la izquierda cuando la guerra fría tomaba forma y unieron en parte su escritura a lo social sin abandonar el intimismo, más aún en el caso de Gil de Biedma, cuya condición de homosexual en una dictadura le causaba de por sí materia de poemas. Gil de Biedma hizo estrecha amistad con Carlos Barral, el impulsor editorial del boom latinoamericano, y mantenía correspondencia con su admirado poeta del 27 Luis Cernuda, a quien creo que superó literariamente.
Su mejor poesía es la de despedidas, la de las ruinas como las del Tercer Reich que le dedica a Lili Marlem, la despedida de la vida, del amor, del placer. Si alguna vez dicen adiós, díganlo con sus versos y verán.
Al final, después de una vida hasta el extremo, cubierta de placer y del dolor del recuerdo del placer, después de tanto exceso, fue una de las primeras víctimas célebres del Sida en España. Murió en 1990, y un año después se publicó el Retrato del Artista en 1956.
Como de broma, tituló a un libro suyo de 1968 Poemas Póstumos, y quizá de todos sus libros escritos en vida, el Retrato del Artista y el de Poemas Póstumos han sido los que han quedado después de su muerte, con lo que se convierten realmente en títulos proféticos. Hay versos que aún están en la retina, como esta diatriba contra sí mismo. Creo ahora, después de volverlos a leer, que Gil de Biedma no se perdonó envejecer:

Contra Gil de Biedma.
De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?
Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.
Podría recordarte que ya no tienes gracia.

El mismo dolor lo había expresado en este otro poema:
No volveré a ser joven

“ Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.
Antes de morir había dicho de sí algo que aún nos deja desarmados: “yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema”.
Díganme si todo esto no es suficiente para empezar y no dejar de leerle. Él, quien se sabía destinado a otro tiempo, a pesar de todo.