Nuevo Amanecer

Escribir como imperativo ético

“Hacerlo con el cuerpo que desea y desde el cuerpo del delito”

La concepción y estructura de Lobos al anochecer (Alfaguara, 2006), de Gloria Guardia, se concentran en los epígrafes que invitan a su lectura. De una parte, los vínculos entre la literatura y la historia develan que toda semejanza entre personas y hechos reales es accidental y se resuelven en la ficción como imaginarios, según lo afirmado en Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante; de otra, que la escritura es un “arduo ejercicio de libertad y de coraje”, como dice Luisa Valenzuela en Escribir con el cuerpo; y de otra, siguiendo La mujer justa de Sándor Márai, que la literatura, más que arte, “es una respuesta, un comportamiento ético”.
Evidentemente, en la novela de Gloria Guardia no sólo hay necesidad de contar y de desentrañar, sino urgencia de hacerlo rebelándose, para sentar una posición y no guardar silencio, sin dejar de explorar en lo íntimo y privado de lo individual. En su novela Libertad en llamas (1999), la autora ya había explorado terrenos que competen a la historia secreta y pública de una nación, reivindicando la libertad como causa y principio antiimperialista en la Nicaragua de Sandino, así mismo, como sus relatos Cartas apócrifas (1996) y su novela brevísima La carta (2000) aprovecha el género epistolar para relatar con pausada intensidad y tono sugestivo el conocimiento, el sentir y la apropiación del mundo de personajes femeninos de diversas épocas, en el primero, y en el otro, desde la profunda intimidad que permite el género, debatir y confesar la tensión entre la vida familiar y el amor patrio, fundiendo la experiencia privada del personaje que narra con la de la realidad histórica, apoyando la tragedia individual en la colectiva y llamando por igual la atención sobre la intervención norteamericana en Nicaragua en la guerra entre julio y octubre de 1912. Lo anterior no hace sino ratificar el dominio que la autora tiene de los temas y lenguajes propuestos, del tono evocativo y reflexivo, del temple de la voz que desde la intimidad piensa, analiza y cuestiona sobre lo que compete a seres aislados y a hechos que corresponden o afectan destinos colectivos.
La estructura de Lobos al anochecer hilvana las relaciones de Panamá con el gobierno de Estados Unidos, la CIA y la Cosa Nostra, en un tejido que revela lo íntimo de una mujer de estirpe patricia y de la alta burguesía frente a las formas de un gobierno que se dice democrático y en el que se destacan componendas, entrecruces de problemas políticos y militares con narcotráfico, amigos y parientes infiltrados en acciones truculentas, planeación de golpe de Estado y finalmente el asesinato de su presidente, antecedido por los modos de urdir y ejecutar la acción.
Ana Lorena Jiménez Arango, hija de Manuel María, diplomático, estadista leal y comprometido hasta la médula con el país, y de una mujer inteligente y convencional, se constituye en el hilo del discurso que de manera alterna permite entender que la verdad revelada por la ficción es un problema moral. Sin embargo, para comprender esto, la novela deja saber quién es y de dónde viene el presidente de turno, qué relaciones tiene con el pueblo que gobierna y la organización militar, quién es su mujer y qué hace, quiénes podrán ser sus adversarios, en qué mundo viven y cómo se comportan los amigos o conocidos de la familia modelo. El resultado será el de poner en acción a una nación en estado de emergencia, como cualquier otra latinoamericana, temática que se dinamiza entre la intriga histórica, la intimidad de algunos de sus personajes, la crítica a la sociedad en ascenso y la estrategia policial; narrados de manera ágil, visual y sugestiva.
Las dos partes articuladas en diecinueve capítulos y un epílogo muestran su punto de partida en un epígrafe de Jorge Luis Borges que llama la atención sobre la violencia y la desolación que se concentrarán de principio a fin: “Zumban las balas en la tarde última. / Hay muerte y hay cenizas en el viento”. Mientras aquella mujer de 34 años apela a la necesidad de libertad profunda y a la urgencia de esperanza, tomando conciencia de sí misma a tenor de los desastres propios y las catástrofes nacionales, el país se deshace en su propia miseria. Desde la forma narrativa se confirma que el presente no es sólo confirmación del pasado, sino que la novela es de por sí lugar para notificar la catástrofe e impugnar los hechos, pues “los que olvidan la historia están condenados irremediablemente a repetirla” (376). Si la primera parte destaca momentos problemáticos y sus consecuencias, la segunda los describe al señalar actos ignominiosos que apuntaron de manera definitiva a un magnicidio cuyas causas y cuyos artífices se enmascaran. Así, el epígrafe de esta segunda parte, tomado del poeta Antonio Machado, reitera el sentido del título de la novela: “Un lobo surgió, sus ojos/ lucían como dos ascuas. / Era una noche / (.) oscura y cerrada”. Se trata de la noche de la patria, de la oscuridad de la verdad, de la horrible noche donde nadie supo cómo pasó lo que sucedió y quién o quiénes lo provocaron.
La voz que narra en primera o en tercera persona logra integrar ciertos episodios de Panamá y situaciones o reflexiones sobre el poder fundiéndolos con la producción del texto, a partir de un amplio trabajo de consulta en documentos y archivos, para totalizar un mundo ficticio, la novela, donde tienen cabida lo histórico, lo político, lo novelesco y la confesión. En ella se apela a la documentación histórica, a textos periodísticos y radiales, a cartas, poniendo de relieve hechos no sólo de la historia panameña, sino de la de América Latina, en el cruce conflictivo entre las políticas de cada nación, la ideología neocolonial y la Cosa Nostra, entre otros. El empeño de Gloria Guardia por explorar el contexto histórico en sus vicisitudes frente al Ejército y la política proyecta una visión problematizadora de los hechos y de la Historia latinoamericana de mitad del siglo XX; así socava los valores establecidos y hace señalamientos a la crisis política y social y a la degradación de los distintos estamentos. Esto se realiza a través de diversos relatos en diferentes escenarios, así como en las intervenciones de Ana y de sus padres, quienes, ignorantes de las andanzas de su hermano e hijo Federico y de algunos amigos, reconocen que algo oscuro se ha cocinado en el país y ese algo ha producido incertidumbre y catástrofe. A ella, Ana, corresponde “desenredar la madeja de los acontecimientos” (184), porque ella, igual que la novela, es el fuero interno, la patria íntima, la patria de todos, la nación.
La simultaneidad o alternancia de relatos entre un capítulo y otro, los juegos temporales, el movimiento espacial, los sucesos referidos a distintos personajes y lugares, tiempos o acciones, son recursos paralelos que permiten revelar un pasado cuyos móviles sólo podrían ser descubiertos, lo vemos en la ficción, años más tarde, ya degradados, juzgados y castigados injustamente algunos personajes. Así mismo, es posible ver antecedentes en un pasado más o menos cercano y sus repercusiones en el presente inmediato, que reflejan en la novela una sociedad del melodrama, un país que manipula las cosas y la confluencia de los hechos en el caos. El resultado final se concentrará, pues, en la cuestión de la identidad individual y de la nación, en el magnicidio resultante de las crisis internas y la incidencia de fuerzas extrañas o extranjeras, y finalmente en los culpables y los acusados, dejando como preguntas: ¿los absolverá la historia?, ¿se aclarará toda la historia?
El tiempo narrado en Lobos al anochecer se concentra en Panamá entre el 2 y el 10 de enero de 1955, teniendo como eje el asesinato del presidente de la República, comandante José Antonio Remón Cantera. Estos días muestran como criminal confeso a un culpable a medias y la injusta acusación, juicio y condena del presidente sucesor, ingeniero Guizado, Vicepresidente del anterior, “encarnación (según los asesinos) del perfecto idiota o de su equivalente, el enclenque valetudinario” (316). Si bien estos nueve días que siguen al magnicidio sustentan la trama, el tiempo del relato va años atrás, alude a circunstancias diversas de un país de políticas o elecciones fraudulentas, a la adolescencia y años juveniles de los implicados en la historia y salta a la década de los 70, cuando Ana Lorena encuentra un memorando escrito por su padre, en el que como conjetura histórica y jurídica se señala la inocencia de Guizado. Como su nombre lo indica, el memorando guarda la memoria, la fija en el papel y se convierte en documento moral de la historia nacional. El hecho se asume como revelación para el personaje, mas no para el lector que desde el comienzo y sobre todo la segunda parte tiene conocimiento de los actos, los móviles y los verdaderamente implicados como autores intelectuales y materiales. El hecho anticipado en un memorando, ese texto que vaticina sobre el pasado, condena a la Historia por esconder los hechos reales, por falsear la verdad al eludir toda responsabilidad, por no buscar las pruebas y por encubrir o ignorar lo verdadero. Parte de esa misma verdad se anunciaba el 2 de enero de 1970, 15 años después del magnicidio, cuando quien se declaró único autor material e intelectual a cambio de un ministerio en un próximo gobierno amaneció muerto, “recostado contra un árbol y con 36 orificios en el cuerpo” (363), después de haber “sido arrestado el 31 de diciembre por órdenes de un tal Manuel Antonio Noriega, jefe del G2 de la Guardia Nacional y, luego, asesinado de un solo tiro en la barbilla esa misma noche, por escoltas incondicionales del general Torrijos” (363).
Si bien Ana Lorena y sus padres son seres cultos y de la sociedad letrada, pues siempre han estado al tanto de la cultura, la política y los gobiernos, lo que les permite tener su propia visión de los hechos, de la realidad y el manejo de ésta, no es fácil que puedan aclararla oportuna y totalmente para sí o para los otros. Sólo queda el futuro de la letra escrita, el documento revelador que salve del olvido, la novela que le pide cuentas a la historia.
Es sabido que desde su carácter lúdico y la presencia del humor y la ironía, la nueva novela histórica somete a cuestionamientos la memoria colectiva, al proponer versiones alternativas a través de una lectura crítica de procesos y personajes que han ocupado el centro de la escena de la Gran Historia. Una de las intenciones fundamentales es la de relativizar su idea de verdad absoluta, desmitificándola y recusando el poder. Y lo logra mediante la confrontación de versiones diferentes de los hechos, aprovechando distintas voces, el uso de la parodia que motiva a la risa o a la burla, concentrando la tensión dramática en personajes que representan al común de los mortales en su vida doméstica, haciendo que los protagonistas de la realidad histórica parezcan seres ficticios o que los personajes de la ficción parezcan históricos, incluyendo documentos historiográficos y textos literarios, artísticos o culturales que se deslizan a través del relato para dar noción de época o de pensamiento, contrapunto o diversidad de conceptos.
Aunque en Lobos al anochecer se utilizan algunos de estos elementos, se proponen otras convicciones y estrategias. Los documentos periodísticos, judiciales, epistolares y radiales nutren la ficción contribuyendo a la “veracidad histórica” y acompañan las reflexiones de Ana Lorena en su roma de conciencia’ nacional y propia, confiriéndole al relato el rasgo adicional de dejar asomar el yo femenino que dialoga con ellos, y que, como la patria, reconoce que ante las relaciones forzadas se debe buscar autonomía para tomar distancia, conocerse a sí mismo y salvarse a través de la esperanza. Las peripecias que conducen al magnicidio, del que el lector se entera desde las primeras páginas, se dan de manera gradual, como en una novela policial, propiciando cierta desazón, cierta irritabilidad, cierta tensión dramática que conducirá, más que al esclarecimiento del cómo, por qué y para qué del crimen y quién o quiénes están implicados, la revelación, ese dejar al descubierto la maraña construida para ocultar la verdad al pueblo y a los afectados. De esta manera la versión que se hace pública formará parte de esa reconocida frase que afirma la existencia de la “verdad de las mentiras de nuestra historia”. A diferencia de algunos de los rasgos señalados anteriormente sobre la nueva novela histórica, ésta es una novela en el sentido de aquella que, como diría Mario Vargas Llosa, aprovecha la historia como recurso para novelar y que, decíamos, la autora salpimienta con intimismo y expectación, y buenas dosis de dramatismo y violencia, afianzando la reflexión sobre la urgencia de identidad e identificación. Y lo es desde los postulados de la sociedad letrada que señala la crisis de su propia clase, manifiesta en los descalabros cometidos. La recusación que los patricios pueden hacerle al poder oficial sinuosamente establecido en ese presente narrado, se sostiene en la nostalgia por los valores perdidos, y desde la convicción en la certeza de su verdad, manifiesta la necesidad de pedir cuentas a ese pasado que amenaza el presente.
De ahí que Ana Lorena represente a la panameña de sensibilidad exquisita, de la alta burguesía, educada en los mejores centros de estudio de su país y del exterior, casada con un militar argentino peronista y finalmente separada cuando reconoce la necesidad de su “cuarto propio”; ella es alguien que logra confirmar la urgencia de quitarse máscaras, de ser conciencia del tiempo, de los hechos, de la verdad y de la libertad. De ahí una de sus afirmaciones en el epílogo: “Es asunto de deshacerse de las máscaras, de afinar las voces interiores, de volver a nacer y mantener siempre viva la esperanza. Entonces, sólo entonces, la historia y también mi historia será algo más que un asunto desgarra, que un nebuloso laberinto abierto” (352).
La verdad que se nos revela en esa historia --cuerpo del delito-- está ligada al país que gobierna Remón, ese personaje de doble cara que el pueblo escucha y apoya y que a su muerte guarda perplejo silencio, quien fuera asesorado por el PRI y elegido para el cuatrienio 1952-1956, quien “una vez elegido había enlodado su mandato” (155), quien “será recordado por las mil y una hazañas de su breve trayectoria, por la intrepidez de su carácter y su don de mando, por el tratado del Canal que negoció” (25), personaje de tipo rústico, vocabulario soez y maneras provincianas, casado con doña Ceci, comparada con Eva Perón, “con quien había santificado el vínculo poco antes de asumir el solio con el propósito de apaciguar las malas lenguas y de estar en gracia con la Iglesia” (32). La verdad está ligada a su mujer, “la dama de la Bondad”, como la llamaba con cariño el pueblo, paradójicamente personaje de negocios oscuros a quien en vísperas de la firma del Tratado le confiscan una maleta con drogas, mujer manipuladora que “con los años había persuadirlo para que se deshiciera de fulano y de zutano o que nombrara a perencejo en tal posición y en tal cargo, hasta llegar a la cúpula misma del poder, hasta el Ejecutivo, sin empacho” (34). La verdad histórica está en la Guardia Nacional, en el pueblo, en los adversarios y personajes de la política, del gobierno, de la alta burguesía, de los infiltrados, de los negocios secretos, de hipódromo, de quienes preparan y logran el magnicidio. Está ligada a Willie Fernández Wagner, “protegido por apellidos patricios” (49), seductor de mujeres y estratega de negocios y actos truculentos; está ligada al gobierno norteamericano, al Sindicato Nacional del Crimen y a la historia de América Latina.
Y si Ana se debate entre el deseo y el repudio, entre reconocerse a sí misma antes que ser el trofeo del otro, el país “apenas un rincón del mundo”, se debate entre los efectos de la devastación y la invasión, y la urgencia de encontrar la armonía. Todo en la novela como en la Historia parece atrapado en el ojo de un huracán y lo único que se abre como horizonte es la perplejidad ante “el mar, dueño del tiempo y del espacio”, que como “unas aguas antiguas, aguas con memoria, conocían desde siempre la respuesta.” (376). Las aguas de la tradición armónica estremecen el imperativo ético de salvar del olvido a través de la memoria escrita. Toda la fantasía y la imaginación que dilatan la novela y la historia misma contribuyen a la conciencia de los hechos.
*Luz Mary Giraldo es profesora titular de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y asociada de la Universidad Nacional de Colombia.
El libro de Gloria Guardia Lobos al anochecer será presentado este sábado 5 de agosto a las 7 pm en el Salón Azul del Palacio Nacional. Lo comentará el Dr. Sergio Ramírez Mercado. Todos nuestros lectores están invitados.