Nuevo Amanecer

Leer es la poesía. si afuera llueve


No sé por qué será, pero siempre que medito en la literatura de Cintio Vitier regresan a mi memoria las lecciones sin par del maestro Juan de Mairena.
Cabe aclarar que Mairena fue un doble literario creado, en su momento, por el poeta católico español Antonio Machado. Fue creado para discurrir desde la distancia, de un modo poético y ensayístico, sobre política, filosofía, ética y estética. La pasión española de Machado se volcó en su criatura, la cual le proponía al lector apuntes de humor y fantasía, aguda penetración reflexiva en la raíz existencial de la poesía; en su fundamento vital, antropológico, sociocultural e histórico.
En una apócrifa ocasión en que Mairena impartía clases en el Liceo, le pidió a uno de sus más aventajados alumnos que escribiera en la pizarra la siguiente oración: “Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa.” Y añadió: “Vaya usted poniendo esto en lenguaje poético”. El muchacho volvió a escribir: “Las cosas que pasan en la calle”. “Muy bien”, sentenció el maestro.
La erosión que padece el lenguaje por su excesivo uso nos impide valorar cuanto abunda en él (incluso en sus formas más simples) de expresión metafórica, de alocución lírica, de giro idiomático eminentemente poético, de mención alegórica empañada por el prosaísmo que sufre sin razón lo cotidiano. Ejemplo de poesía conversacional es la propia obra de Machado. Ejemplo de seguridad mayor en la poesía es no temer a los lugares comunes que pueblan nuestra lengua, para ir realizando en ellos el enredillo sutil de la palabra clara con el hondón filosófico de la vida.
Cintio reúne de un modo propio y singular estas mismas cualidades. Abundan en su obra la fantasía, el humor, el apunte con el que espera capturar una experiencia cotidiana para resaltar de ella su nota lírica, su vena existencial y trascendente, sustancias de las que se nutre con sosiego su poesía.
Porque Cintio es un poeta que gusta lucir, desde sus páginas, de una respiración acompasada, regulada, que carece, por tanto, del carácter enfebrecido y asincrónico que connota, en ocasiones, la pulsión confesional de los grandes endemoniados de la poesía.
Aunque paradójicamente si leemos con atención la poesía de hombres psicológicamente enfermos como Federico Hôlderlin, o de algunos poetas alemanes del siglo XIX y principios del XX, veremos que lo común en ellos es el compás sostenido y sincopado de la expresión poética. Pues bajo ciertas circunstancias los llamados “poetas malditos” pueden ver en la vida una razón de peso para el canto moral.
Pero por otra vía, desde otros modos diferentes de encarar las tensiones que contrae nuestra psicología con la razón vital, es indudable que la poesía de Cintio refleja esa misma vocación moral. Ese expositivo discurso ético que su palabra resuelve con dominio de un modo formal. Y muchas veces como Machado no es ajeno al lado conversacional y sencillo de la expresión. Es la capacidad que poseen algunos poetas de hacer claro lo oscuro, embellecer la claridad y permanecer con certeza mudos cuando son testigos de lo inefable. Se ha dicho con merecidos motivos que el poeta maldito es “el ladrón del fuego”, pero poetas como Cintio y como Machado actúan en la sociedad como guardianes del patrimonio. Porque les ha sido entregada en virtud una heredad. O para reafirmarlo con palabras de León Felipe, el poeta es “el Guardián de la Heredad”. En una sociedad que se asienta sobre firmes bases ideoculturales, al individuo le es conferido con razón, y en usufructo, una heredad de la que debe ocuparse con justicia. Nuestro padre nos la entrega como suerte de un ministerio que debemos proseguir sobre la tierra: una casa (el árbol que nos nutrió de niño), los hermanos, un ejemplo vital, la patria y una biblioteca en cuyos anaqueles descansan los nombres mayores de la literatura y del pensamiento nacional y universal.
La poética de Cintio es de ese tipo que sólo a los individuos que poseen una feliz y “asombrosa heredad” les es permitido construir en un momento particular de la historia nacional.
Interrogado sobre su abuelo, el padre del pensador Medardo Vitier, Cintio me relató aproximadamente que era un hombre que en una solitaria noche campesina de los campos de Matanzas, afirmaba haber visto pasar frente a él, en antológica procesión, a todos los animales y figuras que pueblan la creación. No sé de qué ignorada arca habría salido semejante cortejo, ni a qué fatal diluvio sobreviviera ese milagro. Lo único explicable es la presencia de raíz filogenética de la metáfora, como un cuerpo resistente del que el poeta se siente también heredero, como prosecutor y testigo, intrínsecamente familiarizado con los textos bíblicos, con la apacible soledad de las “iluminadas” noches campesinas.
Uno de los problemas consustanciales a su significado como ser humano que se le presentan al pensador y escritor católico es el de la fe. En la introducción que hiciera Cintio a las poesías de Arturo Rimbaud, traducidas por él, el poeta nos indica que para el adolescente francés el chaparrón caído en provincias es el diluvio, por hipérbole fundamental. Y es que la creencia en el milagro a quien implica directamente es al sujeto de la sensibilidad, y al valor concomitante que se le concede a la vida como portadora de sentido y significado. “El arco iris postdiluviano” provoca entonces un canto panteísta de alabanza a la naturaleza, en la comprobación fidedigna (con los ojos húmedos y asombrados bajo el descampado) de que no nos hemos equivocado.
No obstante, Cintio nos dice en uno de sus poemas: (“Descendió a los infiernos”)

“No te bastó caer
al polvo de los muertos
y sigues, Cristo mío,
tu indecible descenso.”

¿Adónde es que desciende Cristo?, según esta amarga visión de un hombre colmado por la duda. A la noche más tenebrosa del ser; a la soledad más absoluta donde la solidaridad entre los hombres no es posible; donde la caridad no es ni siquiera hermana, sino prima, en su estulticia, de la muerte anonadante.
No es casual. El propio Machado se veía con frecuencia a sí mismo vagando por un borroso laberinto de espejos e imploraba, ante su propia conciencia, por “unas pocas palabras verdaderas”, que son “como una nota de la lira inmensa.”
Cito a Machado:

“Así voy yo, borracho, melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios
(entre la niebla.”

Y de Cintio son estos versos que parecen salidos de la pluma del escritor sevillano:

“Siempre vienen a mis labios,
en monótona marea,
las mismas viejas palabras,
las mismas palabras, nuevas.

Deseo, noche, imposible,
Hogar, oculto, pobreza…”

De Cintio es además este apunte de humor y fantasía:

“Lo que le dijo el espejo al gallo:
Eso que usted dice es exacto.”
Y de Machado es esta otra cita muy hermosa:

“Encuentro lo que no busco:
las hojas del toronjil
huelen a limón maduro.”

Cintio escribió en una ocasión que Baudelaire era el poeta de los interiores eróticos. Pero Machado y el propio Cintio son los poetas de los exteriores apacibles, de los atardeceres tranquilos y tristes. Esa sinestesia próvida donde el olor cercano del limonero nos recuerda los días de la niñez, mientras la flor temprana de los almendros nos trae de regreso a la esperanza. Las mañanas blancas de los pueblos de España, a los que cantara Antonio Machado, donde la doncella va camino de la fuente para hacer suspirar a la roldada; las tardes lluviosas de La Habana donde el poeta, el infatigable investigador de la poesía, dobla, desde su sillón de la sala, una página más del libro que se acaba. Porque “leer es la novela, si afuera llueve”.
Existe además una prudente distancia gravitacional de la poética de Cintio con los esplendores del verbo de José Lezama. En el segundo hay una voluntad desesperada de disfrute, como si el universo entero fuera una pastosa y brillante pulpa que hay que deglutir; el primero mira con calma los manteles finos y espera que el amigo lo invite a sentar, mientras deja sobre la silla el espumoso violín de los conciertos discretos. Cuando llega la hora de la siesta, del pecho de Lezama nacerá un árbol que corona un trino. Cuando llega la hora de la siesta, Cintio y Fina salen a caminar por los parques de la ciudad.
Si se abre el libro de Job encontraremos en él el camino de la fe. Si se abre el libro de Éxodo veremos en él el camino de la elección y de la Providencia. Job es el intelectual que reta a Dios a una disquisición sobre el valor de la vida y la utilidad del bien. Moisés es el hombre que se enfrenta a los enigmas de su propio destino; al auto reconocimiento; a una paciente voluntad de anagnórisis que lo resuelve a la acción. Tanto Job como Moisés son poetas y ambos, alegóricamente, expresan niveles distintos de la condición humana llevada a una situación límite.
A veces pienso que hay algo desesperado en Cintio que se trasluce en su poesía, que allí se guarda de un modo soterrado. No hay mejor fuente de legitimidad que la que puede otorgar el sufrimiento. Cintio una vez me dijo que la originalidad del estilo de cualquier escritor estaba directamente vinculada a su honestidad personal. Tal vez repitiendo, por resonancia, aquello de Martí de que todos los pícaros son tontos y es inteligente el que es honrado… Y es que no hay mayor paridora de bien común que la fe en el porvenir de lo nacional; en el mejoramiento humano.
El ensayo de Cintio “Este sol del mundo moral” ha traído como secuela no sólo elogios, sino a detractores de diversas orillas. Se narra allí la prosecución del bien como fuerza actuante en el desarrollo histórico de lo cubano. Más que una cronología de la eticidad se ilustran los trabajos y los días del Ethos edificando, desde los orígenes, nuestra aventura nacional. Lo que sucede es que el devenir es dialéctico y por eso no se encuentra exento de grandes contradicciones. Mas la síntesis de todo proceso histórico supone la conciliación, la armonía, el equilibrio de las partes puestas en juego, previamente contradictorias. No puede ser de otra forma. Martí es el apóstol de nuestro ideario cívico moral, y Cintio es uno de sus más importantes discípulos. Los hombres y las instituciones florecen como debe florecer el almendro cantado por Cintio.
Mientras tanto podemos seguir historiando las lluvias; el giro de las agujas en los relojes (“monotonía detrás de los cristales”); oficio de poeta como pedía Lezama al hablar de Mallarmé. Como pedía Machado al decir que la poesía es el diálogo del hombre con su tiempo; una reflexión pausada en esos accidentes del devenir y en esos finos detalles que el común de los mortales no pueden ver, por ser demasiado transparentes.
La poesía es un estado del alma, ha dicho Cintio repitiendo por enésima vez una notoria verdad totalmente ajena a estridencias vanguardistas. Para crearla es necesaria la atención, la vigilia, la prestancia. La lluvia que empapa los aleros y nos hace cerrar postigos y persianas ayuda bastante. En los trópicos uno se guarda de la lluvia, mientras que en los Países Nórdicos se sale a contemplar caer la nieve. Son dos modos distintos de encarar un mismo dilema, las estaciones universalmente se suceden y hay seres que ya no estarán más entre nosotros. Es simplemente así. No puede ser de otra forma. En su primer viaje a Nicaragua del año 1979, Cintio anotó en su cartera:

“Y dormimos como en Empalme de niños, con ese sueño que sólo consiste en esperar dormidos el amanecer (…)”