Nuevo Amanecer

Carta a mi madre


Carta a mi madre

Madrid, 20 de diciembre de 1963.

Te escribo para decirte
que tengo un nuevo conocido,
el Otoño, con la fría brisa nordeste
soplando sobre álamos y plátanos de la India
en las aceras de Madrid;
y hojas cayendo unas sobre otras amontonándose
o llevadas por el viento a media calle
o agarradas en el aire por mis manos;
hojas secas, amarillas, crujientes,
recogidas por barrenderos en la madrugada
y más tarde en un montón
quemándose
y el humo grueso subiendo
entre las ramas desnudas, blancas, húmedas,
al mediodía.
Ya es la época de Navidad.
Estamos en Diciembre,
y cómo está la casa?
Estará florecido el pastor
junto al muro negro?
No se ha secado el pozo
y el alcaraván va por el patio?
Ya has pintado -por supuesto-
­el cuarto de Clarence del color crema
que aún quedaba en el tarro.
Ya habrás hecho las diligencias de la casa
para esta época
y comprado el mantel blanco para la mesa
y llenado el florero de narcisos rojos
del traspatio
y encendido el cesto de rosas eléctricas
en la noche, para Nuestro Señor,
y cubierto de cortinas el cuarto de Alberto y su esposa
esperando al nieto
por primera vez abuela
y estarás contenta con la llegada del nieto
que conocerá tu Buen Olor
que yo conocí entonces.
Y te veo en las tiendas acompañándote
como lo hacíamos siempre
rodeados de arbolitos cubiertos de luces
y el cielo negro pellizcado de estrellas
y ese olor de purísimas
olor de madroños y triquitraques quemados;
manzanas y uvas y juguetes en el Mercado San Miguel
y sus alrededores;
candelas romanas en manos de los niños
y villancicos de pastores y del Niño Jesús
en la Catedral Metropolitana
y mi luna de Nicaragua que es grande y dulce como tú.

Julio Cabrales.