Nuevo Amanecer

A S T R O N A U T A S


Con Julio Cabrales
gravitador universal

¿Qué le pasó a tu nave sideral?
¿Quién te abandonó tan solitario
en este planeta de superficie escabrosa y hostil?
Tu triste figura de muchacho hediondo
(sobre todo, muchacho hediondo.)
decrépito, envejecido, tembloroso y sucio
ni siquiera enternece a los extraterrestres
y menos a los que pueblan este lugar del globo
que optan por pasar a tu lado ignorándote.

¿Fue Cronos quien creyéndote hijo suyo
te engulló con toda y tu cápsula espacial
para luego vomitarte aquí
dejándote en la más perra de las miserias?

¿Quién no se ha perdido en el mundo
y más si lo han dejado a la deriva
negándole todo amor, todo asidero,
siquiera un sitio donde reclinar la cabeza?

Yo te recuerdo como mi compañero
en tantos vuelos interminables
en los que comenzamos alborozados
por descubrir el asombro.
Ibas con los ojos bien abiertos
casi conejo llevando
en tu escafandra inmaculada nuestra bandera,
surcando el espacio, galán y limpio,
inocente de todo saludando por la escotilla
de tu ómnibus veloz
sin presentir lo fatal.

Juntos hicimos las primeras caminatas espaciales
que nos volvieron profetas
en esta Nicaragua apenas sensitiva.
Fuimos con toda aquella generación de los 60
los poetas del cosmos, dueños del universo.

Y como si grande es el universo
uno pequeño lo puede soñar
aquella vez nos abrazamos de alegría
flotando en la gravedad silenciosa
mientras desde la oscuridad
divisábamos un mundo iluminado
por siglos de luces
y, quién lo iba a decir, el lugar
donde estás ahora encallado barco ebrio.

Un día de mil novecientos sesenta y tanto
descendimos en España y si preguntar
por dulcineas y rocinantes es estar loco
la demencia no es como el aterrador agujero negro
que nosotros vimos y ahora dicen que no existe.

Conocimos a los mejores astronautas
de aquella hispania fecunda
con Luis Rosales a la cabeza
y nuestras ropas se impregnaron
de aromas al ajillo, vino y tabaco negro.
Nos bebimos con deleite de sibaritas insaciables
cada rincón de península y mujer
y develamos los secretos en los paisajes
hasta entonces sin descubrir tras su mirada.
Explorar y colonizar a esa hembra ibérica
fue quizás una empresa más audaz
que recorrer el cielo sin destino
cuando unos, como vos, regresaron perdidos
y porque para otros, como yo, no hubo regreso.

No te creen, verdad, hoy que te ven
como pordiosero ajeno hasta a las nubes
y se escandalizan si meás en las calles
con la mirada fija en un firmamento que fue tuyo.
Prefieren que clavés los ojos en el suelo
y no mirés de frente ni vayás a sonreír
con tu dentadura ennegrecida.

Pero vos sabés
en alguna parte de tu cielo personal
que cumpliste tu misión
de darlo todo por la vida
y yo sé que fuiste generoso
hasta los testarudos huesos que aún te acompañan
sosteniendo la inútil carne
que se comen, antes que los gusanos,
las displicentes miradas de tus semejantes.

Pero la muerte que la indiferencia vaticina
es la de todos. También sé que hay en vos dos:
El que vemos que no sos
y otro que sabe lo que es ser lo que se es.
¿Serés vos este ser desvalido y extraviado
para quien la proximidad de lo definitivo
es el mejor futuro, o serés quien
un día se fue y nos dejó ésta tu sombra
que aparenta desvanecerse cuando
en realidad se te reincorpora?

Pero si un antes que el ahora hubo
fue cuando en uno de tantos viajes
tu nave pasó como una exhalación
dejándonos atónitos a todos.
Te adelantaste y te adentraste
en el halo de materia oscura
de la Vía Láctea
y vertiginosamente cruzaste
por arroyos de estrellas
y a la vez que avizorabas
la Galaxia de las Musas Mustias
ibas desapareciendo irremediablemente
hasta ser tan sólo, hasta nuestros días,
nada menos que
un puntito luminoso en el espacio.

Julio del 2006.