Nuevo Amanecer

Vicente Gómez Montero

El escritor mexicano Vicente Gómez Montero comparte en esta edición de Nuevo Amanecer Cultural uno de sus cuentos breves. Vicente Gómez nació en Veracruz, México, en 1964. Actualmente ha publicado más de una decena de libros entre los que destacan: Las puertas del infierno (relatos, 1996); Cuentos con las vocales (cuentos infantiles, 1999) y José Gorostiza, La palabra infinita (ensayos). Obtuvo en 2004 el Premio Celestino Gorostiza de teatro convocado por INBA, Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte del Estado de Tabasco y Universidad Juárez Autónoma de Tabasco con la obra El otro hijo, y en 1988 ganó el concurso de cuentos convocado por Editorial Usumacinta.

I

Entre el principio y el fin de esta historia existen dos poderosas razones para cuestionar la actuación de nuestros personajes. Romperé la pretensión que rige varios de mis textos, trataré de imprimir las dos razones antes de involucrar a alguien más al cuerpo, formalmente hablando, de la narración.
1).- Julio entró a trabajar en la radio desde el 1 de julio del año 2000. Su labor allí era sencilla. Poner los CD correspondientes, dar la hora, contestar el teléfono y, a veces, hablar y charlar con la persona que le llamaba. En algunas ocasiones, casanova en línea, Julio salía con la dueña de la voz y representaban una serie de mentiras, desde la conocida “eres muy guapo”, hasta la de él: “Te querré siempre”. Al día siguiente, sólo se llamaban para comentar, nerviosos, una u otra escena de la película vista, uno de los comentarios o algún otro suceso de banal trascendencia y nunca más Julio sabría de ella o ella de él. Punto.
2).- Parmenia era una dúctil criadita. Oía la radio porque se fascinaba con las amorosas voces que ahí pernoctaban, pues ella estaba convencida de que los que cantaban y hablaban vivían ahí, entre los intrincados laberintos electrónicos del aparato. Sólo que una voz, una hermosa y bien timbrada voz, le movió todas las hormonas, femeninas o no, que tenía en su cuerpo, machihembrado por el duro trabajo de la casa. Era una voz de julio. Y ella quiso imaginar un mes que hablaba, una estación con sonora voz, con edulcorados tonos. El inicio del verano, el momento del diluvio, la estación del calor y la playa, de la golfa vacación y del avasallado titilar del sol.
Hechas las dos salvedades, el lector y yo sabremos adivinar que de eso a que Parmenia hablase a la radio, sustrayendo una llamada a las feroces miradas de la patrona, y se comunicase con Julio fue muy rápido y logró concertar una cita el sábado, a las cuatro de la tarde, día asueto para ambos.

II

Elección del guardarropa para una cita
ÉL.- Julio tomó una playera juvenil que solazaba las formas de su cuerpo. Pantalón de mezclilla que forjaba sus piernas, embarnecidas por el continuo ejercicio del gimnasio. Playera negra, pues, pantalón entallado, zapatillas de tenis, calcetas albamente blancas, collar de cuentas ajustado al cuello y gafas oscuras. El gel se adhirió al cabello impostándole una actitud rebeldona y calavera. Su madre le decía que era muy guapo y él se lo creyó siempre. Terminó por checar su pulsera bordada, falaz artificio entre sus ropas postmodernas, su loción de feroces erotismos odoríferos y su cartera de vistas metálicas. Salió. Hizo ronronear su auto, juvenil y catatónico, y fue a su cita.
ELLA.- Parmenia cantaba mientras alisaba su pelo bañado y perfumado con jabón de sábila y champú barato de manzanilla. Su piel, jabón de heno y Rosas de California, agua templada en sus morenos miembros y lavanda líquida en todo su cuerpo. Vibrante brassière y pantaleta rosada, haciendo un espasmódico contraste con su carne, morena y musculada. Vestido de algodón, pulseras de metal y falso collar de perlas al cuello. Peineta de madera y aretes florales. Zapatos de bajo tacón y medias --sí, en el álgido calor de sus dos julios, Parmenia se puso medias--, maquilló sus labios y coloreó sus mejillas en profusa sinrazón de polvos blancos, rosas y rojos. Ella salió al calor de las tres y media porque tenía urgencia de ver a Julio en mitad de julio y porque para llegar al lugar de la cita tenía que tomar dos autobuses.

III

Allí los encontré. Ella dio varias vueltas y lo identificó enseguida porque lo escuchó pedir un helado de vainilla. Él no la vio porque esperaba una morena escultural y no a una flacucha muchachita escurrida y doméstica. Ella sintió el ramalazo atroz de la clase, de su clase y de la clase de él. Él era niño bien de la ciudad, eso se veía, era muñeco de aparador y era sólo voz, aunque era muy guapo. Aun dio varias vueltas junto a él y lo último que supe de ella fue que se iba, limpiando una lágrima bifurcada de rímel barato con un pañuelito desechable extraído de su hombro entre la piel y el sostén.
Julio se sorprendió primero, se molestó después y dejó el helado que era ya una informe masa de aguadas soledades. Pidió una cerveza y otra, otra y otra más. No supo en qué momento me senté a su vera y no supo cuándo nos salimos del café y no supo en qué instante le toqué la pierna y cuándo nos bajamos por más cervezas y en qué momento tuve su miembro en mi boca, haciéndolo aspirar aire en los calurosos segundos de su venida, haciéndolo salir de su auto a orinar los incontenibles chorros de cerveza alojados en la vejiga, haciéndolo sentarse en el asiento del conductor, haciéndolo recargarse en mi hombro y llorar, llorar tremendos sollozos de cruel raigambre por la ausencia de la muy cabrona y la presencia mía. Creo que me dijo pinche puto, o algo así.
No lo maté por eso. Lo maté para que ya no siguiera sufriendo. Lo maté porque me dio mucha pena que desgastara su magnífica voz en sollozos, hipos y sonoros llantos. Qué lástima. No pude hacerme con su enorme voz. Entonces, mientras caminaba por la carretera huyendo de la voz asesinada, recordé que hubo un nombre entre todo el transcurso de la tarde: Parmenia. Entonces, allí, en el más recóndito rincón del cerebro de la doméstica, estaba esa hermosa voz. Había que encontrarlas a ambas. Y la única forma era por la radio.