Nuevo Amanecer

Una voz en la sombra


Julio Cabrales Venerio nació en Managua, en 1944. Hijo de Luis Alberto Cabrales, uno de los fundadores del Movimiento de Vanguardia. Se bachilleró en el Instituto Pedagógico de Managua (de los Hermanos de La Salle). Comenzó a publicar en la Prensa Literaria a los 16 años. En 1962, fue uno de los poetas más jóvenes incluidos en la antología de “los últimos”, publicada en el Pez y la Serpiente. Vivía con sus padres a poca distancia de las instalaciones del diario La Prensa, exactamente en la avenida que pasaba por la parte trasera de la casa del Dr. Manuel Morales Cruz (donde residía Beltrán Morales), media cuadra antes de llegar al lago.
Vecinas de Julio eran las hermanas Marina y Marlene Moncada (hijas del capitán Gustavo Moncada, auditor del Casino Militar y Presidente de la Federación Nacional de Ajedrez), primas hermanas de Beltrán. Marlene contrajo matrimonio posteriormente con Luis Alberto Cabrales Venerio (hermano mayor de Julio). La hijita de ambos, María Magdalena, es «el nieto» al que alude Julio en su poema, «Carta a mi madre». (Tuvieron dos hijos más, Luis Alberto, que vive en Managua, y Marlene). Tiempo después, don Luis Alberto construyó una casa en la Carretera Norte, donde residen todavía Julio y su hermano Clarence.
Una tarde de 1968 me encontré, tomándose un refresco en la calle Momotombo, a Eduardo Zepeda-Henríquez (mi profesor de estilística en la UCA, donde cursaba primer año de Derecho). Le pregunté a bocajarro quiénes eran, en su opinión, los mejores poetas jóvenes nicaragüenses. «Beltrán Morales y Julio Cabrales», me dijo sin pensarlo dos veces, agregando que ambos lo preocupaban porque eran «muy locos». No sé en qué sentido utilizó ese término tan manoseado en nuestro medio (¿locura divina, trastorno psiquiátrico o el simple desenfreno juvenil?), pero no se equivocó al prever que ambos serían, de cierta forma, poetas malogrados: la quintaesencia del poeta maldito que lleva dentro de sí los gérmenes de su propia destrucción.
Julio viajó por España y Francia con una beca que le dio el Ministerio de Educación. En Madrid coincidió con varios poetas nicaragüenses: Carlos Martínez Rivas, Rolando Steiner, Horacio Peña, Luis Rocha, Beltrán y Francisco de Asís Fernández, algunos becados por el Instituto de Cultura Hispánica, que en Managua presidía Pablo Antonio Cuadra. Eran becas abiertas que podían utilizarse para tomar diferentes cursos y relacionarse con escritores españoles, sobre todo en las tertulias organizadas por el poeta sevillano Rafael Montesinos, en el bar del Instituto de Cultura Hispánica. Otros puntos de reunión eran los cafés cercanos a la calle Altamirano (inmortalizada para los nicaragüenses por Julio en su poema E1 espectro de la rosa: «Fue en Madrid / en la calle Altamirano / donde compré por una peseta / un sucio librito de bolsillo...»), los bares del barrio Argüelles y el Colegio Mayor de Guadalupe, donde residía Julio.
A Julio le gustaba sorprender a la gente hablando de una enfermedad venérea exótica que supuestamente había contraído en Madrid, relato que sazonaba con la visión onírica de una prostituta desdentada bailando con él en una habitación rodeada de espejos («…que son los que nos descubren nuestras virtudes y vicios ... »).
Su poesía suele ser hermética y muy elaborada. Nunca escribió poesía panfletaria. Fue siempre católico fervoroso y jamás lo impresionó el comunismo, lo que no afectó su amistad con Beltrán que siempre se confesó «marxista declarado y descarado». Su primer poema publicado en forma de libro apareció en Poesía post-conciliar, uno de los poemarios de la Librería Cardenal. En 1975 la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua de León publicó la primera (y hasta la fecha única) antología de su obra: Ómnibus, que incluye El espectro de la rosa, sobre el bailarín ruso VIadislav Nijinski, uno de los poemas emblemáticos de su generación. Pero muchos de sus mejores trabajos permanecen olvidados en las páginas amarillentas de las prensas literarias de la década de 1960.
A comienzos del 69 Carlos Alemán Ocampo, Julio Cabrales, Xavier Argüello y el autor de esta nota inauguramos los recitales de poesía en la Tortuga Morada. Carlos dio inicio a la sesión con su cuento más poético, Bertilda. Después de las lecturas apresuradas de Xavier y un servidor (ininteligibles para la concurrencia), Julio, con voz ronca y pausada, impuso el silencio en la penumbra del local, con su poema inédito: Bolero inconcluso, sobre un amor imposible que contribuyó a enajenarlo paulatinamente del mundo real («...No olvido el abanico de tus dientes. Ni tus cabellos ni tu piel me son ajenos»).
Después del triunfo de la Revolución me topé con él en el patio del Ministerio de Cultura. Era difícil reconocer al Julio joven y alargado (con anteojos de montura negra) en aquel hombre hinchado y prematuramente envejecido que me leyó un poema sobre Mao Tse-Tung que acababa de escribir. Su nombre apenas se mencionó en la década sandinista.
En 1999 los poetas Claribel Alegría, Luis Rocha, Fernando Silva y Julio Valle Castillo enviaron una carta pública al presidente Alemán, solicitándole una “pensión de gracia” para Julio Cabrales, debido a la “enfermedad mental” que abate “su genio y su condición humana”. La madre del poeta, María Venerio, y su hermano Luis Alberto, que era el sostén de la familia, habían fallecido. La carta fue publicada en el Nuevo Amanecer Cultural, suplemento literario de El Nuevo Diario, con dos fotos del poeta. La mirada profunda, la barba canosa y la escualidez recuperada evocaban a los cínicos griegos.
Una de las principales fuentes de manutención de los hermanos Cabrales, Julio y Clarence (que se encuentra en situación similar) es la ayuda económica que les proporciona, a título personal, Xavier Chamorro Cardenal, director de El Nuevo Diario. Una pensión de mil córdobas mensuales que le había asignado el Instituto Nicaragüense de Cultura cuando estuvo bajo la dirección de Clemente Guido, hijo, fue suprimida por la siguiente administración. En la actualidad se puede ver a Julio circulando por la Avenida Norte, entre la esquina de los Plásticos Modernos y el estacionamiento de END. A dos cuadras se encuentran las actuales instalaciones del diario La Prensa, donde, en una época y en un lugar perdido en la distancia, publicó sus mejores poemas. FC.

Del libro Rostros Inacabados, escrito en colaboración por Edwin Yllescas Salinas y Franklin Caldera.