Nuevo Amanecer

Un clavel para Julio Cabrales


Conocí a Julio Cabrales --Julito para los amigos-- en los primeros años 60, quien entonces estudiaba el bachillerato en el Instituto Pedagógico La Salle y posiblemente era coetáneo de Luis Rocha, Franklin Caldera y Beltrán Morales Fonseca. Compartía con Luis --dos años mayor que él-- un encantador avasallante hedonismo, sin embargo, fue Beltrán, su inseparable amigo de todos los deleites que la vida ofrece a dos jóvenes poetas de 16 años, quien más anduvo los pasos de Cabrales. Y fue el mismo Morales --a quien yo conocía desde 1953 cuando su padre ejercía la Odontología en la ciudad de Estelí--- quien me lo presentó una tarde de Barranco o Pecera frente al Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua. De esa época datan los nombres de Carmela y Mayela López, las dos estupendas hijas del Cabo Luis, dueño de La Pecera. De más está decir que nos traían atontados; y si muchas cadenas y relojes quedaron empeñados allí no fue tanto por seguir la farra y la roconola, sino por admirar a las jóvenes que no comparábamos con la Venus de Botticelli porque ni siquiera habíamos oído hablar de ella; y para nosotros, la única Venus era la que estaba a la entrada del Teatro Margot. Azumbrada, la inopia se vuelve más audaz. Uno de los jóvenes poetas le dijo a la Mayelita: “Ve, vos te parecés a la Venus”. -Vea pueta, a mí no me compare con ese mamarracho. Yo tengo mis dos brazos. Creo que cualquiera que aún transite por esa calle puede escuchar las risas de aquella tarde, especialmente la calidez de Cabrales.
Julio, Julito cabeza de chorlito, el verdadero no es el que muchas personas (todo Managua) ven deambular por el estacionamiento de El Nuevo Diario, o en el cruce de la Carretera Norte y los Plásticos Modernos. Eso es un residuo de la vida y la tragedia que siempre se abatió sobre su familia; antes de 1930 y después. Julio es un estupendo muchacho, alto, flaco, desgarbado, anteojudo con marcos de carey negro, narigudo, alocado, pero lleno de una gracia y de un humor fuera de serie. Los jóvenes teólogos comunistas que ya enseñaban su ineptitud como poetas, personas y amigos le temían, le tenían sacro horror. No es que Julio fuera el gran polemista, el gran triturador de necedades que nada le decían. Bastaba una palabra suya y todo andamiaje de teórico-literario o socio-político caía martajado por su humor y por las risas de sus amigos que lo admiran y quieren sin ningún regateo actual, actualísimo.
Después de su bachillerato Julio y Beltrán mantenían en algún clavo de su cuarto la famosa leva negra. Y como vivían muy cerca del diario La Prensa, lo primero que hacían era desarmar el diario en busca de la sección Sociales. Detectadas dos o tres fiestas quinceañeras, de alguna manera, a las siete de la noche ya estaban en la fiesta del Club Managua, y unos o varios días después los poetas que no iban a las fiestas escuchaban de su boca la mejor y letal relación de una fiesta primaveral. En Julio, la sorna por lo grotesco y risible fue desarrollada en tales ambientes. Los adoradores de la iconoclasia se suicidarían si vieran la foto de Jorge Luis Borges y Julio Cabrales en la Fuente de la Cibeles. Todavía hoy me arranca una sonrisa. Por allá, el bastón y los ojos al cielo, por acá, la mano juguetona de Julio, cuyo rostro mira a la cámara fotográfica. ¿Fue Luis Rocha quien tomó esa foto?
Pero ésas no fueron las únicas búsquedas de Julio. Esencialmente, está su viaje al fondo de la poesía. Su búsqueda no era la forma, la formita, el bonito modo de decir el poema --tal ocurre con los grandes poetas-- él nació con la suya. Su ejemplar lección para la poesía de habla castellana radica en su forma de asir y expresar lo que está y no está en las profundidades del corazón. Eso basta para que sus grandes poemas y toda su poesía (sin porfía alguna) ocupen un solitario lugar en el mundo de los poetas iluminados.
Su último viaje fue a Madrid, España, donde Pablo y Luis Alberto Cabrales, su padre, le habían conseguido una beca para cursar estudios de literatura. Allí --y esto lo escribo con una memoria carcomida por 30 años de óxido que intenta reponer el ómnibus que alguien me birló-- Julio compró en una calle que no recuerdo, por “una peseta” o algo así, un libro de, o sobre Vaslav Nijinsky. Escribió su gran poema, pero la locura de Nijinsky, las llamas o chispas que Julio vio brotar en los pies del bailarín, ya le habían consumido la cabeza. El otro día me preguntó por Mario Cajina y Morales. -Ya se murieron, poeta. -Ah, con razón que no los he visto. El resto de la historia sólo es su infinita y cruel caída. Otra tragedia sobre su estirpe, aliviada en parte por Xavier Chamorro y desamparada por Silvio D Franco, su potísimo venturoso compañero de colegio, quien siempre promesó acorrerlo.

Junio 06, 2006.