Nuevo Amanecer

Encuentro con un nombre


En 1941 los ingenieros nicaragüenses abrían paso a una hermosa carretera de macadán que uniría Managua con Bluefields, frente al Mar Caribe. Era la carretera Roosevelt, ahora llamada carretera a El Rama.
Se le daban los toques finales al puente del hermoso río de Las Banderas, primera corriente caudalosa vencida por la técnica moderna, obra que levantaba el ánimo común para enfrentar de la misma manera, y con igual interés, los grandes ríos que esperaban adelante.
De Managua a Las Banderas, el pequeño camión que nos transportaba avanzaba sin obstáculos, pero después de este punto, el lodo, las cuestas grandes, las piedras que estorbaban el avance harían que la marcha fuera más lenta.
Durante el invierno de ese año nuestra ciudad natal, Boaco, se hallaba casi aislada. Este camioncito de carga y pasajeros llegaba a la población cada 6 u 8 días para reponer los artículos esenciales que se agotaban: kerosene, hilo, azúcar, candelas, manta, medicinas, fósforos, etc. La gente aprovechaba el vehículo para viajar.
En ese camión, como animalitos ariscos, íbamos unos niños que ya teníamos ansias de ser muchachos. Cursábamos estudios de primaria en varias ciudades del interior del país y, aprovechando las vacaciones de las Fiestas Patrias, volvíamos al terruño, felices, hablantines, inquietos. Viajábamos recomendados a un adulto que venía con nosotros.
Flavio estudiaba en Granada, otros estábamos en Managua y las muchachas se preparaban en la Escuela Normal de Señoritas, que dirigía doña Chepita Toledo.
Habíamos partido de Managua a las 2 de la tarde y esperábamos llegar a Boaco unas 6 horas después. Sin embargo, el mal estado del camino obligaba al camión a marchar con una lentitud que los viajeros no sentíamos por venir platicando entusiasmados. Así es que cuando la noche tapó todos los árboles, nos hallábamos en El Chiflón, a unos 10 kilómetros de Boaco.
El río Fonseca estaba crecido; en la oscuridad se le oía rugir. El chofer del camión, con mucha lógica, detuvo el vehículo y, abandonando la cabina, se paró a orillas de la correntada; puso unas piedras para señalar el nivel de las aguas y al examinarlas más tarde comprobó que el río temblaba, grande, sin que lo viéramos correr.
Hasta aquí llegamos, dijo; tal vez mañana temprano el río nos deje continuar.
Había, pues, que buscar donde pasar la noche; en la oscuridad localizamos unos ranchos vecinos, delatados por la débil claridad emanada de las brasas de sus fogones.
Un campesino no pudo darnos albergue por tener a sus hijos con sarampión; otro nos dio techo y facilitó unas angostas bancas de madera y allí los niños nos acostamos, acomodándonos cabeza con cabeza.
La sombra que planeaba sobre las nubes bajas vino a posarse sobre los ranchos. Los adultos pensaron que las horas suavizarían las aguas más sutiles. Como era de esperarse, la noche se agotó después del estallido de los truenos.
A la mañana siguiente, los niños no vimos el despuntar del día, sino que las voces de los adultos, que se hallaban ya junto al río, nos despertaron. Ya no llovía. Ellos fumaban o tomaban un poco de café caliente. Calculaban a qué hora el camión podría intentar vadear la correntada por un fondo seguro y de poca profundidad; comentaban también que no tardarían en llegar bestias aperadas, enviadas desde el pueblo para transportar a los viajeros hasta sus casas.
Quién se condolerá de mí que no tengo caballo, me lamentaba en mis adentros. En efecto, en Boaco a los familiares de los viajeros les preocupó que el camión no llegara en toda la noche a su destino.
Debe de ser por el río crecido, decían.
Así, pues, alistaron caballos para ir a toparlos y salieron al camino. Uno de los primeros en llegar fue un joven campisto que jalaba un caballo de andadura. Al acercarse al río, dirigiéndose a mí y confundiéndome con Flavio, me dijo: “Aquí le manda su papá este caballo para que se vaya a Boaco”.
Así es que mi primer contacto con Flavio no fue con su persona, sino sólo con su nombre.
Ni corto ni perezoso subí al animal e iniciamos la marcha; en el camino le expliqué al mozo que Flavio no venía con nosotros y que era un gran favor el que me hacía al ayudarme a llegar a mi casa. En Boaco el joven se despidió con amabilidad y se marchó.
Pasaron los años, los días, el instante, los otros cuerpos, las otras almas antes de que Flavio y yo nos relacionáramos. Eso fue cuando él ya era amigo del padre Ángel Martínez, y yo leía con especial agrado a Pablo Antonio Cuadra. Intercambiamos entonces conocimientos de escritores, filósofos y poetas, como Rilke y Juan Ramón, Vallejo y Miguel Hernández, Jacques Maritain y Pedro Salinas, León Bloy y el padre Pallais.
Flavio llegó a ser mi amigo, mi poeta boaqueño predilecto, compañero de actividades culturales, mi compadre por ambas vertientes.
Ahora me entristece el hecho de que, transcurridos unos 50 años de mutuo conocimiento y aprecio, todo se acabara con su fallecimiento, ocurrido en enero recién pasado.
Hace unos días visité su tumba. En su lápida blanca está escrito su nombre completo: Flavio César Tijerino Fajardo (1926-2006) ya descansa donde todo es poesía.
Yo comprendo que de ahora en adelante mis contactos con él no serán ya con su persona, sino sólo con su nombre, como al principio; pero llego advertido por él mismo de que en nuestros nombres hay mayor solidez que en nuestros huesos.
También sé, para gran satisfacción personal, que Flavio puso junto a las mías sus manos en el fuego.

Julio de 2006.

HOMENAJE A JULIO Y FLAVIO

El pasado martes 25 de julio, Flavio César Tijerino cumplió seis meses de haberse ido a refugiar intemporalmente al Saguatepe. Alláaaa está. Por mi parte sólo me queda reproducir lo que publiqué, en ocasión de su partida, en mi columna “Pláticas de Caminantes”. Lo mejor se completa con las colaboraciones de su hermano, sobrina y amigos.
Julio Cabrales, desde hace muchos años, también se ha ido pero en sí mismo: Los avismos que llevamos dentro y que a veces nos tragan. Desde la pérdida de su lucidez, ningún gobierno ha atendido como se debe a quien fuera uno de los mejores poetas de su generación, y ahora luce como un pordiosero, sucio y tembloroso, en las inmediaciones de EL NUEVO DIARIO. Para vergüenza de sus contemporáneos, este gran poeta aquí está, aunque se haya ido.
La portada: El Universo; Binaria, collage de Pedro J. Machado.