Nuevo Amanecer

Carta abierta a Popo Dada, poeta costarricense


Corresponsal de Nuevo Amanecer Cultural en Colombia
Querido Popo:
Te escribo esta carta para hablarte de la travesía en que se convirtió mi viaje a Costa Rica, gracias a vos y a ese maravilloso lugar que custodiás, en donde la poesía alguna vez llegó por primera vez y se quedó. Sabés de qué te hablo: el Hotel Lagoon Lodge, situado en Tortuguero, un paraíso que aún hoy subsiste cuando la mano del hombre parece acabar con todo lo que encuentra a su paso.
Hace algún tiempo, cuando un poeta colombiano me habló de este paraíso situado en la Costa Atlántica de Costa Rica, supuse que era hermoso, y ahora que lo veo lo confirmo. Una franja de tierra ubicada entre un sistema natural de canales y el imponente mar permite encontrarse en un laberinto de naturaleza, donde da gusto perderse. Quizá sea porque vivo en una ciudad llena de smog, con vista a grandes edificios, para mí resulta muy exótico ese color verde con que está pintado Tortuguero.
Pero permitime detenerme un momento para contarles a los lectores algunas cosas acerca de este “locus amenous” que fue para mí la Costa Atlántica costarricense. El Parque Nacional de Tortuguero está situado en la provincia de Limón, a 50 kilómetros de Puerto Moín. Como su nombre lo indica, es un área protegida, donde llegan cada año entre junio y octubre miles de tortugas marinas, entre las que se cuentan las tortugas Baula, Carey y Verde. La flora y fauna son propias de un clima húmedo tropical, característico de la zona del Caribe Norte de Costa Rica. Cuando visitamos el lugar, nos encontramos con un frente frío, fenómeno climático que yo nunca había presenciado y que me dejó húmeda desde la cabeza hasta los pies.
Aunque el clima no estuvo a nuestro favor, la vegetación y los animales silvestres compensaron todo. En primer lugar, me impresionó tener tan cerca un brioso mar y un calmado río. Era increíble que tan sólo a unos pasos podíamos ver ese océano, con olas furiosas que chocaban unas contra otras de manera caótica, impulsadas por un viento arrasador. Luego caminábamos cincuenta metros en sentido contrario y allí estaba, a nuestros pies, un río de agua dulce cuyas aguas se deslizaban tranquilas por un estrecho, sin olas, sin viento.
Los días transcurrieron para mí y mis dos acompañantes montadas en una lancha, navegando por los canales con la valiosa ayuda de un guía turístico, quien nos iba contando acerca de las bondades de la naturaleza en esa zona. Debajo de la lluvia pudimos ver escenas hermosas de animales silvestres que habitan tranquilamente en Tortuguero: dantas, osos perezosos, monos cara blanca o capuchino, cocodrilos, pájaros, en fin.
Tuvimos suerte, pues pudimos ver la siesta de la danta, un animal grande y tranquilo parecido al caballo, que descansaba apacible sobre la tierra, mientras nosotros pasábamos muy cerca tratando de no hacer ruido. Por otro lado, la imagen del oso perezoso con su pequeño hijo fue absolutamente hermosa, al recordarla no puedo evitar que una paz interior me habite, pues este oso permanecía colgado de una rama, sosteniendo a su pequeño en el regazo y acariciándolo de una manera casi humana.
Otro espectáculo inigualable fue el que protagonizaron los monos capuchinos, quienes trepados en los árboles llevaban a cabo un interesante ritual cuando los encontramos. Pudimos ver cómo un mono espulgaba al otro, en una acción que era turnada. La sincronización de estos monos me hizo pensar en la comunicación animal, un tema polémico que yo había estudiado en los libros, pero que comprendí de una manera distinta cuando pude observar el comportamiento de estos animales in situ. Estos monos parecían comprender el código, compuesto por reglas y convenciones que conocían y compartían a la perfección.
Mi primera experiencia acercándome a un cocodrilo salvaje no fue menos maravillosa. Como se podría esperar de una citadina empedernida, tenía miedo de sufrir algún percance, pero al mismo tiempo estaba curiosa ante lo que mis ojos podrían ver. El cocodrilo reposaba tranquilo sobre un tronco flotante en el agua; sus ojos encendidos nos miraban y parecían esperar ansiosos la partida de los intrusos. Todo este paisaje que te describo, mi querido Popo, estaba adornado de una llovizna que danzaba en compañía del trinar de los pájaros en una armonía perfecta.
Contrario a los demás viajes que he hecho por Centroamérica, en Costa Rica tuve el honor de tocar las puertas de la naturaleza, y debo decirte, Popo, que gracias a esta excursión desarrollé un mayor amor a la Pacha Mama. Si hay algo que admiro de la cultura costarricense es este amor por sus recursos, tan necesario en un planeta que se desangra cada día que pasa. Y también debo decir que, aunque nuestros pueblos hermanos, Nicaragua y Costa Rica, suelen tener enfrentamientos, la hospitalidad de costarricenses como vos y los poetas María Amanda Rivas y Norberto Salinas me hizo sentir como si la frontera con Nicaragua nunca hubiese sido cruzada. Ojalá algún día nuestros compatriotas dejen de pensar en fronteras, olviden sus diferencias y seamos pueblos hermanos, como nunca debimos dejar de ser. Tampoco pueden faltar las gracias a mi prima Huguette Argüello, quien nos regaló su hogar por unos días; y a Máryorit Guevara, una paciente y fiel compañera de viaje. Un abrazo grande para vos, Popo, por haberme invitado a este viaje que será imposible de olvidar.