Nuevo Amanecer

Brújula para leer


La mirada de un tiempo

Zayda García
“La mirada de un tiempo” son relatos independientes sin nombre, relatos que su autor --el español Luis Garmat-- ha extraído de su irrealidad, redactándolos “a la sombra de su realidad”.
Son episodios breves con variados giros, amenos, como de quien tiene mucho qué contar y los va esbozando sin prisa, pero bien detallados, con técnica, como a una pintura, como a un dibujo. A continuación una muestra:
“Estaban todos muertos. Muertos a balazos. Todos eran apenas muchachos, y había una mujer-niña entre ellos. Los iban arrojando, uno a uno, a la caja de un camión. La sangre se había mezclado con el barro de la carretera. El enfrentamiento entre el ejército y aquellos guerrilleros del Frente Revolucionario Farabundo Martí había tenido lugar una hora antes en las afueras de la capital de El Salvador. Sus gestos, crispados al morir, parecían de rabia. Arrojaban los cadáveres como si fueran animales, animales muertos a balazos después de una cacería”.
“Serían las cuatro de la madrugada y dormía profundamente cuando sintió que algo avanzaba sobre sus piernas, al tiempo que empezaba a escuchar en sueños un maullido de gato. Cuando se empezó a despertar y comprobó que seguía escuchando el maullido, sintiendo huellas indefinidas ya sobre sus rodillas dio un salto y pegó un grito sin poder contenerse. Pero la sorpresa no acabó ahí. La “gata” en cuestión era la china de ojos rasgados y cuerpo menudo y ágil con la que estaba durmiendo y había conocido aquella noche. Le explicó entonces que utilizaba sonidos onomatopéyicos, imitando a determinados animales, para incitar más a sus amantes. No sabía si tenía o no razón, pero la siguiente acometida le pareció mucho más placentera. Mucho mejor que las veces anteriores”.
Mención aparte merecen los dibujos bien logrados que acompañan los relatos. Con un par de trazos, el autor hace dibujos que para algunos, a simple vista, tal vez resultarán sencillos, pero que son realmente comunicativos, en la medida en que con pocas y bien definidas líneas o curvas logran tanto movimiento y expresividad.

Poemas de lo humano cotidiano

“He tejido esta tela/ y la he destejido mil veces/ esperándote./ Si tú lo merecieras/ Si tú lo merecieras/ por esperarte agotaría/ todos los telares de la tierra”.


Zayda García
Ana Ilce Gómez publicó en 1975 su poemario “Las ceremonias del silencio”, desde ese tiempo se ha perfilado como una reconocida poeta nicaragüense por su portentosa intensidad lírica y precisión verbal. Después de un largo silencio editorial, el año pasado salió a la luz su libro “Poemas de lo humano cotidiano”, obra con la que obtuvo el Premio Único del Concurso Nacional de Poesía Escrita por Mujeres “Mariana Sansón”, 2004.
Ana Ilce, en “Poemas de lo humano cotidiano”, nos obsequia más de 30 poemas --con ilustraciones de María Gallo--, poemas llenos de ecuaciones y de ángeles, de sueños y de guitarras, y de mujeres que “creen tener voz y que cantan” y qué bien que lo hacen en la siguiente “Petición”:
“Está bien,/ no entremos en querellas./ Ya que me has prometido/ pero aún no me has dado/ el cielo y las estrellas,/ ya que has insistido en que pida/ para ser satisfecha sin medida,/ dime,/ ¿podrás desviar al viento para que no/ me toque?/ ¿A la muerte, para que no me elija?”

Y en su poema “Aria”:
“No soy ángel/ que preside la vida/ ni sabia/ ni agorera./ Únicamente/ soy una mujer/ cálida/ intensa/ que en su más apartada/ intimidad/ cree tener voz/ y canta”.

Nunca menos que el singular milagro

(La gracia del arcángel):
“El amor nos pertenece”

Tito Leyva

No siempre el amor es un comentario, y no hablo ni se trata de estilo convivido o analgésico entusiasmo. Ni todos los días ocupa la memoria, el lugar del amor. Pero todos podemos expresarnos limpiamente, cuando es Dios, el amor, que no se equivoca ni cambia su rumbo, y en cada pauta del decir, de llegar a él, reconciliados o amándolo, lo cuidamos en presencia, y es cuando nos ocupa en libertad sentirlo, para en frágil distancia: vivirlo en la palabra. Todo lo anterior, como un diálogo de confesión compartida, de lírica reverencial y aceptación, me lo ha sugerido leer el libro “Nunca menos que el singular milagro”, de Moravia Ochoa, poeta y profunda trabajadora de la cultura panameña.
El filósofo y escritor suizo Henri Frederic Amiel dijo: “El hombre que no tiene vida interna es esclavo de lo que lo rodea”. Estos poemas de Ochoa me confirman ese derecho a empujar con serenidad el intenso y sostenido trabajo en la acción de integridad, con el pleno deber de realizarlo con libertad, para influir en uno mismo, y a otros, afirmándose en la honestidad.
Es un libro breve, de 25 poemas, de cuerpo y factura íntegros e influyentes. Leyéndolos se comparte el gozo de la autora al haberlos escrito, y es en la sugerencia donde radica el impactante encuentro de su gran poder de reflexión y consejo. Una compañía no precisamente en la persuasión, sino en el esplendor de la escucha, porque el primer deber del amor es escuchar, señalan maestros del buen vivir.
Ochoa nos guía de una manera placentera a través de sus poemas, para ser testigos de su fuerte conexión mística, para crecer en la motivación, como ayuda idónea, para el bienestar de la gente y alcanzar ese potencial. En su poesía hay sinceridad y un genuino deseo de comunicarse como un gran tesoro que nos pertenece a todos.
En “Nunca menos que el singular milagro” es la poeta Ochoa involucrándose en un acto voluntario de hacer hermosas preguntas. En este itinerario de viaje sobre el follaje de la fidelidad se descubren cosas maravillosas a la orilla de lo invisible ordinario.