Nuevo Amanecer

Reseñas de Marina Ester Salinas Martínez


Nuestra Tierra

Es un boletín del Proyecto en Defensa de la Tierra, vocero del proyecto ENDEFTI y de la población Meta que se atiende en Jinotega, conformada por 3,000 familias campesinas, pequeños y medianos productores, quienes en un 80% son desmovilizados de guerra, cuyo objetivo es informar los avances en materia de capacitación, cooperativismo y gestión en la legalización de propiedades.
En febrero de este año se tenía previsto entregar 97 títulos de propiedad con 1,639 manzanas de tierra; según detalle suministrado por el ingeniero Andrés Altamirano Tinoco, Delegado Departamental de la Intendencia de la Tierra, Jinotega, estos títulos correspondían a Yamales, Las Minas, El Rayo, Buena Esperanza, La Florida, Santa Rosa.
Los problemas que existen en esas comunidades en cuanto a tenencia de la tierra, según el ingeniero Altamirano, se deben a falta de recursos económicos por parte del Estado de la República y a personas inescrupulosas como líderes de beneficiarios, abogados, funcionarios del Estado que se aprovechan de la sencillez de las personas emitiendo escrituras falsas, títulos supletorios, varios números registrales sobre la misma propiedad, estelionato, estafadores, testaferros, propiedades fantasmas, propiedades adulteradas en su área, en fin, una serie de anomalías que impiden asegurar el futuro de sus pobladores.
Aparece también en este número una entrevista realizada al nuevo Coordinador de ENDEFTI por el Comité Danés de Solidaridad con Centroamérica, Mikkel Lakjer, quien respondió con entusiasmo ante las preguntas ¿Te gusta el país?, ¿cómo te ha tratado la gente? “Yo realmente estoy impresionado por la fuerza y el espíritu de la gente aquí, tanto dentro del equipo del proyecto como en las cooperativas. Pienso que ése es un recurso que no se puede comprar por dinero. Entonces, es algo que tenemos que valorar, y eso me da muchas ganas de trabajar. Estoy encantado por eso”.
Agradecemos a las organizaciones que conforman el consorcio ENDEFTI, quienes con la colaboración del gobierno de Dinamarca a través del Comité Danés de Solidaridad con Centroamérica han hecho realidad las esperanzas de nuestros campesinos de tener un pedazo de tierra para vivir y para su propio sustento.

La guerra predilecta

Armando Incer Barquero
Premio Manolo Cuadra
¿Qué guerra predilecta? ¿Habrá una guerra que se prefiera a otra? No; la guerra es la peor de las calamidades que el hombre ha impuesto a la humanidad con el pretexto de resolver sus problemas. Solamente quien la ha vivido en carne propia sabe realmente el horror que ella produce en las mentes, en los corazones. No es lo mismo estar ahí que oír anécdotas, o mirarla en una película.
En su poema principal La guerra predilecta, la flor a la que alude Incer es la esperanza que anida en los corazones más sensibles. Él iba a la guerra en busca de esa flor, a rescatarla, a incorporarla y ante la impotencia de no lograrlo interroga a sus “ánjeles” acerca de ¿cómo quedó la flor?, ¿dónde está ella? Ella. No otra. Los fríos fusiles han terminado con la flor, con la esperanza. Enloquecido pide a sus “ánjeles” doblar la página, pues no resiste pensar en el precepto, porque era ella y no otra; está muerto. ¿Por qué la guerra sigue, y él sin presentarse? y concluye pidiendo a sus “ánjeles” que le ajusten los párpados y al Señor que le abra los oídos.
“Ella y no otra./Yo pensaba cumplir con el precepto./Ánjeles, mis ánjeles, decidme, antes de iros:/¿Dónde fue mi tropiezo, cómo quedó la flor,/dónde está ella?/Ella. No otra./Me marchaba a la guerra con su nombre,/a rescatarla a Ella,/a incorporarla./¡Qué fríos los fusiles!/Más que el agua, los oxida mi aliento./ Ánjeles, mis ánjeles:/ Doblad la página;/no resisto pensar en el precepto./¡Nunca otra!/¿Qué dirán los demás, al otro lado?/¿Por qué la guerra sigue?/porque la guerra sigue/y yo sin presentarme. /Ánjeles, antes de replegaros, /ajustadme los párpados resecos. /Señor, /¡Abridme los oídos! /Ánjeles, mis ánjeles, ¡Abridme los oídos!”.


Anécdotas Nicaragüenses II

Luis Enrique Mejía Godoy, Simeón Castellón Rizo, Gloria Elena Espinoza, Armando Incer Barquero, Alejandro Serrano Barquero son los invitados especiales de Anécdotas Nicaragüenses II. Ellos nos cuentan historias de sus lugares de origen.
Luis Enrique abre este ramillete de anécdotas con Cine de Pueblo, rememorando el Cine Iris de su natal Madriz, nada que ver con los cines actuales; trae a la memoria personajes como Tin Tan, la Tongolele y su fantasía llega hasta evocar a personajes de los 50 como Roy Rogers, Hopalong Cassidy y Gene Autry, y para darle el toque pícaro que no debe faltar en un Mejía Godoy, y que es característica de toda anécdota, les dejo textualmente la ventaja que había entrando a Luneta y no a Palco: “En Luneta había una pequeña ventaja de Palco. Si a uno le daban ganas de orinar, pues sólo tenía que abrir las piernas y hacerlo allí mismo. Al día siguiente, era de rutina la lavada de Luneta, que era piso de tierra, con agua y Creolina. El olor a berrinche era insoportable y lo tengo gra­bado en la memoria, igual que el escusado de la escuela”.
Los nicaragüenses tenemos nuestro propios dichos y expresiones: Magdalena se le llama a alguien que lloriquea, haciendo alusión a María Magdalena que lloraba a los pies de Cristo crucificado. Don Armando Incer Barquero perenniza en esta anécdota esa expresión en ¡Magdalenas, Magdalenas!, al relatarnos la travesura de sus hijas, quienes son reprendidas por su madre al no cesar su discusión y éstas empiezan a llorar desconsoladamente: “Terminó automáticamente la discusión y comenzó el llanto. Se la­mentaban, como Magdalenas. Era una catástrofe. Nosotros nos sentimos en peores circunstancias… Trilce, que tiene 10 años, lleva la voz de cantante. Trilce es ronquita. Carmilla e Ivette hacían el coro; son más pequeñas, de 8 y 6 años, respectivamente… Cada vez que mi mujer pasaba junto a ellas les decía: Cállense, Magdalenas… Alejandro es un diablo. Le gusta molestar y es un jinca-jinca, como dice mi suegra. Él también, desde su escondite, les decía: Magdalenas, Magdalenas… Cada una de las niñas lloraba apoyándose sobre el brazo de una mecedora”.
Lo mejor de la anécdota está al final cuando de tanto oír: ¡Magdalenas, Magdalenas! “Carmilla ya no pudo más. Incorporó un poco la cabeza, volvió a ver a Alejandro y le gritó: “Cho. Ni conozco a esas jodidas”.