Nuevo Amanecer

SOLEDADES Y CAMPOS DE CASTILLA

Antonio Machado (Sevilla 1875 – Collioure, Francia 1939)

Mis recuerdos son de una clase de primaria y un profesor dictando lentamente aquello de la monotonía de lluvia sobre el cristal. Más tarde, otros recuerdos de Machado son de los años de secundaria cuando una profesora enfermiza dictaba el análisis y la interpretación crítica de los versos del poeta y nos hablaba de sus tres etapas. Menos mal que mis recuerdos se salvan con mi padre y mi tío, ya un poco bebidos, recitando a Machado al calor del vino tinto y de la vida.
Hoy les recomiendo dos libros que en verso resumen a Machado, ese poeta español tan nuestro, tan amigo, que se mete en el alma con su acento de viejo melancólico y romanticón que todos los latinos llevamos dentro. Julián Marías dijo de él que su mayor logro es el de haber quedado en asociación con la palabra España, y a todas las connotaciones, a todos los rumores que esa palabra lleva dentro. Pero aún es más que eso. Recoge la sinceridad de los autores del 98 junto al ritmo del modernismo, y se lanza a escribir y describir el universo poético del fracaso español, y también de su esperanza. Al principio, en Soledades, Machado es más ingenuo, más romántico, aún está por empezar la primavera que se anuncia constantemente en el paisaje de sus campos. “Orillas del Duero”, uno de sus mejores poemas, tendrá después varias versiones. La primera aún muy virgen, y hasta un tanto cursi. La versión de después en Campos de Castilla es descarnada, amarga, más realista y con menos ilusión.
En Soledades, el primero de sus libros que merece leerse, el poema de Retrato en el que Machado se define a sí mismo recuerda en intención y en estructura al Yo soy aquel que ayer no más decía del Canto de Vida y Esperanza de Rubén Darío. Habrá que fijarse en lo que dice cuando a sí mismo se refiere: “En el buen sentido de la palabra, un hombre bueno”. Así lo recuerdan quienes lo conocieron, así lo recuerdan en el café de Madrid, donde asistía a las tertulias literarias más como oyente que como participante mientras se le caía la ceniza del cigarro sobre el chaleco gris o marrón.
Uno siempre vuelve a Machado, a reconciliarse con la tarde, con el lenguaje de los ríos, el rumor del viento sobre las hojas. Uno vuelve a Machado como a los viejos amigos. Es como tumbarse junto a Whitman cuando se hizo viejo, con una brizna de hierba entre los labios mirando al cielo y haciéndose de tierra. A Machado se vuelve a su imagen primero de hombre despistado y melancólico, a ese profesor enamorado de una adolescente, perdidamente enamorado de la vida prometida. Uno vuelve al Machado hijo, cruzando la frontera con su madre. Una frontera que era una huida de la guerra de España, Machado perseguido y la madre anciana y casi ciega, preguntando si faltaba mucho para llegar a Sevilla cuando en realidad estaban yendo hacia el exilio en Francia. En 1939 los dos morirían con pocos días de intervalo después de que amigos como Malraux abogaran para que el gobierno francés los sacara de un campo de concentración y pudieran terminar sus días en una habitación de hotel en un pueblo pequeño.
Pero también se vuelve al Machado de los versos inspirados por Rubén Darío y a su música y a su pura filosofía, no a la del libro del Juan de Mairena, sino a los poemas de Castilla, a la España plana, al hombre sencillo, a los mensajes en la corteza de un árbol. Poemas como otros y al mismo tiempo tan distintos. Y es que Machado ha resistido los ataques políticos de los que pensaban que desde el otro bando de la vida se podía atacar su poesía. Todos se han caído. Machado sigue siendo Machado y su estatura no ha variado, si cabe, es más grande, más incluso de lo que él creyera, no sé si quisiera. Machado es uno de esos sacerdotes del verso en español que no se discute, que se lee y se escucha en silencio, no sin cierta tristeza, pero lleno de sentimiento. Rubén, Machado, Lorca y después otros nos han enseñado a leer.
La parte andaluza le da el ritmo, la castellana forma de mirar al infinito, y la influencia modernista termina por pulirle en un magisterio inigualable. Sus etapas varían en virtud de su estado sentimental, poeta en la letra y en la vida. Al enamorarse de Leonor, es puro romanticismo, promesas de primavera en las Orillas del Duero. Pero Leonor, de apenas dieciocho años, muere. Él regresa y las mismas Orillas del Duero se vuelven de invierno y sequedad. Más tarde aparece otro amor, una Guiomar, y los versos adquieren sensualidad, erotismo. Después todo termina en la ironía, el distanciamiento intelectual y filosófico, nada despreciable, pero ya no tan poético del Machado que escribe el Juan de Mairena.
Campos de Castilla, sí, ésta es su obra cumbre, no hay duda, porque acierta a encuadrar España y el carácter latino en unos cuantos poemas que ya nos pertenecen. La Tierra de Alvar González convierte un suceso aparecido en un diario, un crimen de los pueblos de la España profunda, en una leyenda épica que traduce el sentir de una sociedad entera. Hoy día los narradores aconsejan leer las páginas rojas de los diarios para extraer de ellas historias. En la exageración se mira el alma de un pueblo, decía un buen amigo. No sé si será cierto, pero Machado consiguió en verso mostrarnos mucho de aquel entonces, de la sombra errante de Caín.
Era un poeta transparente, nítido. A veces repetía ritmos, frases, palabras que se van convirtiendo en ecos de sí mismo de otro tiempo modificado, como recordándonos inconscientemente que hay que leer toda su obra. Aspiró a vivir con lo justo, y sin deberle a nadie y a irse como anunció, y profetizó, ligero de equipaje, como los hijos de la mar. Se fue sin nada, todo se le había muerto, su amor, su madre, su tierra. No tenía nada que hacer de hueso y piel y por eso se murió allí fuera, como de poco a poco, para quedarse en nuestro verbo, en nuestro mundo, en todas partes donde se hable español. Tal vez sólo él con Rubén Darío y Neruda sean los que se han quedado así tan de siempre con nosotros.