Nuevo Amanecer

Un lector privilegiado


Erick Aguirre

En el intento mínimamente básico e inevitablemente vago de clasificar el pensamiento contemporáneo y el trabajo de la crítica en Nicaragua, algunos colegas han juzgado como una contribución más a la perpetuación de la “tradición canónica” el doble papel de creador y crítico que sistemáticamente había venido asumiendo el escritor Alvaro Urtecho desde hace más de dos décadas; generalmente desde publicaciones periódicas y revistas literarias a las que enriqueció con sus colaboraciones o con su trabajo de editor, lo cual no nos había permitido hasta ahora apreciar en su conjunto su obra crítica como un todo armónico lleno de contradicciones y coincidencias.
En efecto, ciertamente Urtecho podría ser considerado (como crítico y aun como poeta) un continuador de las ideas canónicas de Harold Bloom, especialmente por esa encomiable reivindicación bloomeana de la lectura como placer y por su, a la larga discutible, defensa de la autonomía del arte literario como objeto de goce intelectual puro. Sin embargo, como ensayista y/o articulista, Urtecho da muestras de una heterodoxia que demanda apreciaciones y asimilaciones mucho más detenidas y complejas que aquellas que puedan llevarnos a clasificarlo o “etiquetarlo” a partir de apenas un paradigma visible.
Los ensayos de Urtecho, cuya actividad intelectual creadora incluye no sólo la poesía, sino también la crítica literaria, el periodismo cultural, la crítica de arte y el ensayo de reflexión filosófica, no podrían ser interpretados adecuadamente sin una consideración paralela, inseparable de sus propias concepciones acerca de la creación literaria misma, es decir, de la particular convicción (compartida íntimamente con Mallarmé o Paul Valéry) de que aun la crítica literaria constituye una aventura y un ejercicio de lenguaje, una experiencia en la que, de la misma forma que ocurre en el proceso de creación literaria, el ser y los lenguajes interactúan e intentan agotar los más inusitados resultados de sus propias potencialidades.
Eso es claramente perceptible en los trabajos reunidos en el volumen aún inédito titulado “La figuración demoníaca y otros ensayos”, cuya compilación responde sin duda a la intención de Ustecho de mostrar “en abanico” ciertos ejercicios de “crítica del mundo”, acercamientos intuitivos y eruditos a estructuras canónicas del lenguaje, que van desde el pensamiento escrito de Nietzche, Mariátegui y Camus, hasta la obra literaria de Machado, Cernuda, Aleixandre, Martí, Neruda, Pellicer y Carlos Martínez Rivas; sin menoscabo de que sus trabajos de crítica de arte, así como sus ensayos críticos acerca de casi todos los poetas nicaragüenses posteriores a Rubén Darío, han sido ya reunidos en dos densos volúmenes de próxima publicación.
Un examen sistemático de la obra ensayística de Urtecho permite ver claramente la imposibilidad de una clasificación maniquea de su quehacer como crítico. La compilación y publicación de sus textos críticos en volúmenes permitirá ver también la muestra amplia de una obra “marginal” de creación, puesto que, como Octavio Paz, Urtecho asumió la crítica literaria como una actividad también creadora, paralela en un sentido mínimamente inferior o “marginal” a su propia obra meramente creativa.
Sus ensayos se constituyen en secuelas vivas de las obras examinadas. Las ideas y conceptos, las hipótesis y contradicciones (así como también las felices coincidencias que lo conducen al animoso discurrir apologético) entrevistas en la obra de los autores criticados, son expuestas por Urtecho con sagacidad y entusiasmo, con cierta gozosa agudeza que se incrementa a medida que va escudriñando en los textos, fraguando sucesivamente nuevas preguntas, aproximaciones inquisitivas a los problemas interpuestos a su lectura por las estructuras de lenguaje construidas por los autores; rondas dubitativas entre los bordes o intersticios de las obras o textos que son objeto de su crítica.
Lejos de cualquier encasillamiento académico, formalista o sociológico, los ensayos de Urtecho nos llevan por caminos llenos de interrogaciones, conjeturas y elucubraciones racionalmente fundamentadas acerca de la obra o el talante intelectual de los autores criticados, que además constituyen verdaderas claves, pistas de enorme valor, no sólo para el especialista o el diletante aventajado que por determinadas razones se ha interesado en el tema, el autor o la obra (o si se quiere en un dato específico, una mínima idea), sino también para el lector común aventurado en la búsqueda del conocimiento humanístico o sobre el desarrollo de la cultura, el pensamiento o el arte en general.
Con intuición de artista y olfato de filósofo, desde el primer y fundamental ensayo de este libro (al cual también debe su título), Urtecho escudriña con minuciosidad y ahínco en la poesía de Carlos Martínez Rivas para explicar al lector, con emocionada claridad y contundente entusiasmo, las claves del irreductible humanismo en la poesía carlosmartiniana; la inteligente y solitaria rebeldía de sus propuestas desmitificadoras, que lejos de apoyarse en la retórica contestataria de lo que frecuentemente se nos muestra como “literatura social” y que a veces no es más que el afán de algunos autores por exhibir la aplicación disciplinada de lo “políticamente correcto” en su literatura, parten más bien de la experiencia personal y de la circunstancia específica en que la sociedad alienada nos muestra su poder de inducción y sometimiento.
Los ensayos de “La figuración demoníaca” constituyen la bitácora abierta de toda una aventura interior que como lector privilegiado Urtecho ha emprendido por las obras seleccionadas para ser objeto de crítica. Llegando a transformar sus propios textos críticos en diálogos intersubjetivos con las obras de autores como Rilke, Vallejo y Alberti (o con la poesía, no sé si artificiosamente mística, de Karol Wojtila, ese hombre cuya influyente personalidad siempre me pareció una mezcla de mártir cristiano y príncipe maquiavélico), Urtecho logra recoger y depurar, con intensidad y maestría, las más hondas impresiones que esas lecturas marcaron en su sensibilidad de crítico-creador. Los misterios aparentemente inextricables que generaron algunas de esas obras se nos muestran en estos ensayos como una serie de “sucesos íntimos” percibidos en los cuerpos de lenguaje, y que en cierta forma libremente “pedagógica” Urtecho es capaz de “comprender”, condensar y comunicar a través de una profunda intuición receptiva y una potente capacidad expresiva.
Rehuyendo lo que posiblemente él consentiría en llamar factualismo o historicismo en determinadas tendencias de la crítica literaria, y quizás también coincidiendo en la continuidad de un discurso historiográfico cuya epistemología es aún objeto de necesarias desconstrucciones, en “La figuración demoníaca” Urtecho también analiza las particulares y aún muy discutibles perspectivas de la cultura nicaragüense y “universal” en los más importantes ensayos de José Coronel, o los escritos filosóficos de Alejandro Serrano Caldera, unidos por la temática común del hombre enfrentado a sus propios límites, así como la necesidad del arte como forma de trascendencia y la posibilidad inevitable de la utopía. Sin contar con que en este libro, Urtecho también honra el mérito (sólo antecedido por Beltrán Morales y Erwin Silva) de sopesar en su merecida dimensión los ensayos humanísticos de Jaime Perezalonso, que pocos críticos en Nicaragua han sabido apreciar.
De la misma forma es capaz de detenerse en el examen, a veces simplemente a sobrevuelo, y no por ello sin la suficiente agudeza y capacidad perceptiva, de aspectos medulares y puntos de referencia neurálgicos en la obra poética del hondureño José Luis Quesada, por ejemplo, o en la tradición y la simpleza de la música (llamada “Son”) nicaragüense, a través de esa constante rítmica a lomo de la cual ha pergeñado Camilo Zapata sus canciones; o en las rivalidades ocultas del “cientismo” y la religión como uno de los fundamentos subterráneos de la cultura popular nicaragüense y que dan cierto sentido a la primera y única novela de María Gallo; o en los juegos siniestros y caprichosos que el Destino y la Historia hacen padecer a los individuos en circunstancias específicas, y que constituyen una de las constantes narrativas de Sergio Ramírez Mercado.
La lectura reflexiva de este libro me ha recordado una anécdota relativamente popular entre escritores, la cual nos muestra al crítico literario como una persona que ha perdido su reloj, pero a quien todos se acercan a preguntar la hora. Y sus respuestas, vagas e iluminadoras al mismo tiempo (o al contrario: precisas y al mismo tiempo crípticas), siempre serán como el grito del vigía en el mástil de un barco perdido en el océano. Un grito de descubrimiento siempre lleno de emoción o alegría. Ese es precisamente el tono y la tesitura general en el ejercicio crítico de Alvaro Urtecho. Las suyas son, sin duda, las respuestas de un señor de leontina que ha perdido su reloj, es decir, los compendiosos y amables consejos de un lector nada común, cuya misión eventualmente consiste en comunicar a otros lectores las imágenes y expresiones recibidas durante la lectura de un texto. Invariablemente, de su esfuerzo crítico obtendremos las visiones, las revelaciones y los siempre generosos acopios de un lector privilegiado.