Nuevo Amanecer

La Gruta del Toscano

Ignacio Padilla y los límites de una exploración

Con La Gruta del Toscano (Alfaguara-Santillana Ediciones Generales. México, 2006. 363 pp.) cierra Ignacio Padilla (México, 1968) el ciclo narrativo que empezara con Amphytrion y continuara con Espiral de artillería. Búsqueda del mal, exploración en el corazón de las tinieblas, que, a diferencia del mal que buscara Joseph Conrad, no se halla en la selva del Congo belga arrasado por Leopoldo II y su filantropía genocida, sino en lugares tan comunes como un tren, una frontera o los Himalayas alucinados y visitados hasta la vulgarización por los viajeros del Occidente primer mundista, por lo regular enfermos de tanta salud.
Padilla ha transitado las vidas paralelas y suplantadas, la fascinación malsana por el orden que caracteriza a los estados totalitarios, y finalmente se refugia en una caverna, cueva del origen de los orígenes, pero también seno materno asfixiante del que queremos escapar, así sea para asfixiarnos al aire libre.
A diferencia de otros escritores jóvenes hispanoamericanos contemporáneos suyos, Padilla no pretende enmascarar en su propio discurso sus influencias literarias y extraliterarias. Al contrario, deliberadamente evidencia influencias, afinidades y aun desavenencias, con un espíritu al mismo tiempo lúdico y sardónico: “No hace falta ser experto en estos lances para saber que la semejanza de esta historia con muchas otras reales o imaginarias dista mucho de ser una coincidencia.” El autor manifiesta que la historia no existe, es un cuento, es una historia que es otras. Relato oral y coral.
Si Amphytrion remite a Giorgio Managanelli y la neovanguardia italiana y a Extraños en un tren de Patricia Highsmith, y Espiral de artillería alude a Imre Kertesz, La Gruta del Toscano apunta a Jorge Luis Borges, Joseph Conrad y Leopoldo Marechal en su discurso metafísico y aventurero de la exploración de una gruta resguardada en los Himalayas y presidida, según los visitantes, por los versos con los que se recibe a los condenados en el Infierno de Dante.
Algunos críticos se han apresurado a tildar La Gruta del Toscano como “novela de aventuras”, y el mismo Padilla, con más de ironía que de veracidad, lo ha refrendado. Sin embargo, tengo para mí que La Gruta del Toscano difícilmente es una novela de aventuras, porque conoce y maneja con ventaja el código de la novela de aventuras, en especial la conradiana, y por otra parte porque la trama habla de la gruta, pero no la explora ni la mide, sino que más bien explora y mide la gruta emocional de los aventureros que quieren medir fuerzas con la real o supuesta puerta al infierno, pues lo importante no es el infierno, sino lo que queremos que sea.
En La Gruta del Toscano la maldad habita en dos planos: la superficie y los abismos de la Tierra. Ambos planos son su doble y complemento a la vez. Los tercos viajeros que se arriesgan por el laberinto himalaico para llegar a la caverna de marras no comprenden, no quieren comprender, que viajan con su maldad individual a cuestas, que viajan fascinados por la idea del mal absoluto, incontrastable, pero que para atisbarlo hay que llegar, como se recomienda que se debe llegar a la bondad, despojados de todo, puros, en la inocencia primigenia, la del primer llanto. Los aventureros no comprenden que deambulan en un laberinto pétreo que los lleva siempre de regreso a sí mismos.
Un laberinto literario. Cuando se libera de influencias y tecnicismos, la prosa de Padilla adquiere solvencia y decisión, un tono personal que oscila entre la crónica periodística y el cuaderno de viajes, bitácora sembrada de apuntes mordaces, de afortunadas metáforas y de una soltura que evita con elegancia la dispersión.
Sin embargo, La Gruta del Toscano en muy pocas ocasiones alcanza dicha solvencia, y el narrador, una voz en off que relata los hechos acaecidos desde que el sherpa Pasang Nuru y el capitán Reissen-Mileto descubrieran la gruta, se disuelve en un laberinto de influencias y guiños de ojo que más tienen de autocomplacencia que de actitud contestataria y subversiva.
La búsqueda del mal ha sido el tema central en la obra de Padilla, como la melancolía y el ocaso de los totalitarismos lo han sido para Jorge Volpi, o los ambientes emocionalmente sórdidos lo han sido para Pedro Ángel Palou, y de hecho con disciplina y lucidez ha explorado el tema, que tuvo su mejor expresión en Amphytrion, aun con las resoluciones simplistas con que el novelista desenreda algunos conflictos de la relación.
Sin embargo, a estas alturas del partido literario, el tema del mal ya se muestra cansino en la narrativa de Padilla, narrativa que a su vez se muestra cansada del tema. Padilla no se atreve a pasar de lo meramente anecdótico, de la construcción literaria eficiente pero lineal, carente por completo de sorpresas.
No es el único. Otros autores hispanoamericanos jóvenes, como el peruano Santiago Roncagliolo, el boliviano Edmundo Paz Soldán o el argentino Rodrigo Fresán, eficaces en la construcción técnica del relato, resultan cortos y aun titubeantes a la hora de derivar la técnica en trabajo creativo, lo que les trueca en autores ambiguos, sólidos e inestables a un tiempo. Se les olvida que quien se tira al agua, tiene que mojarse.
También como Padilla, estos autores han apostado por temas recurrentes, y las temáticas se han desgastado con velocidad, acaso porque los narradores no les han concedido evolucionar, ni se han concedido evolucionar en tanto escritores. La literatura es, en efecto, acción, pero, sobre todo contención y paciencia. En La Gruta del Toscano a Padilla le sobró oficio técnico, pero le faltó malicia literaria.