Nuevo Amanecer

Historia vertical


Era la tercera en la espera. Dos- oyó. La voz la distinguió distraída como si la palabra hubiera sido articulada mientras se escribe. Una señora a tres cuerpos de ella se incorporó al llamado. Al levantarse intentó ajustarse la blusa, demasiado corta para el cuerpo obeso que calzaba, un vientre oscuro de estrías, unos senos derrotados como los suyos. -Ojalá que no se dilaten mucho- le dijo un señor a lado- ¿Cuál es su número?- yo sigo después de ella. -ah... -y siguió viendo unos anuncios que estaban en la pared: un ejemplar de un zancudo hembra, una madre en postura lactante. De los otros cuartos venían conversaciones animadas, el ahogo metálico de una camilla al peso de un paciente, piezas colocadas en utensilios de vidrio, el lloro de un niño vacunado-­ Póngalo recto, que no se le mueva, a ver a ver, ¿usted es la mama del niño? No, no le dé masaje, solo apriete duro el algodón con el brazo. El doctor apuntó algo, en cuatro meses le toca la otra dosis. La señora tomó la tarjeta con el brazo libre, con el otro agitaba al infante en su hombro… enfermeras de pasos arrastrados en los pasillos. Tres­- escupido con la misma distracción. Un acceso de tos la acompañó hasta que la doctora le dijo cierre la puerta y siéntese ahí. Sintió en el banquillo el calor incubado por el paciente anterior, había sido la obesa del dos seguro. La doctora con el expediente en la mano llenó unos espacios del formulario con la información inscrita en la pasta. -nombre completo, edad, trajo, su tarjeta, quítese la camisa y póngase en la camilla. Las siluetas liliáceas agregadas. Los apuntes médicos en silencio. El llanto patológico y patético. Las confesiones vacías durante el tacto apresurado. -Como mujer como mujer usted seguro me entiende. Las excusas epidémicas. Las recetas inscritas apresuradamente. Analgésicos en grageas cada ocho horas. Yo le dije que ya se vaya de la casa, pero no me hace caso nunca y que si se va regresa a matarme a machetazos cuando este dormida. Guarde bien las recetas. En la tercera puerta después de la farmacia hay un rótulo que dice Atención Integral y Psicológica a la Mujer, déle esto a la Licenciada Morales. Yo lo amenacé con denunciarlo, pero dice que me mata si lo hago. La tos había sido porque un muchacho nervioso prendió un cigarrillo y el humo me da picazón en la garganta. Me golpea por resentimiento viejo, pero solo cuando está buenisano, borracho se pone a llorar y me pide disculpas. Cuatro- en un esputo hacia la puerta. Figuras rodadas con lentitud... otra cosa: vos sabés que casi todo está en disfrutar la escritura, sombras fracturadas del vacío y el inicio de la línea anterior nos contiene. Vos sos un texto que ya leíste. Tres días después que este relato aburrido estuvo terminado te lo mostré y leíste estas palabras en silencio. No te gustó mucho. A mí tampoco, pero entonces ya conocés lo que continúa: tu afirmación distraída de dos palabras naturales: - Es cierto. -Pero eso aún no acontece en la realidad, porque el relato se escribe así mismo en este momento y lo único cierto es aquella ocasión en que te dije mi propósito por hacer una trama donde un roce diluyera dos planos del discurso. Tu respuesta lacónica fue una negativa arrojada con de-sánimo ¿te acordás?-No desde donde ahora te veo, escucho las pulsaciones de tus dedos que teclean muy despacio, y tu dorso entrecortado por la penumbra en que me encuentro, arrojando tablones temblorosos al abismo para caminar-palabras-; intentando levantar fonemas derribados sobre este lecho blanco en el que yo también yazgo descontruido, como fantasmas que se desperezan entre las ruinas .Mi espectro de vértebras siempre inconclusas -Escúchate repetir esa última palabra- inconclu… -Es cierto ya te veo ¿ como estoy? Tu cuerpo inclinado sobre la página, hacés una pausa sobre una pantalla iluminada donde se suceden l-e-n-t­-a-m-e-n-t-e grafías oscuras. Pero no es así... mira-…te- este cementerio de sepulcros forjados, de vigilias fraudulentas, de insomnios lapidados en esta tierra blanca, y allá... ¿la ves? En la primera de las fosas abiertas que se continúan interminables, dentro, estás vos escribiendo, desde donde ahora te veo Sigue -¿Sigue? -Sí, a pesar que en este preciso círculo que trazás se detiene. El hombre, con el mentón en el portador metálico de la moto, esperaba viendo los carros estacionados en el semáforo en rojo. ¿Oístes que andan diciendo que van a empezar a rotarnos porque habemos muchos?­ Le dijo otro cerca -No ¿quién dice? - se lo oí a la Marlene antes de la última entrega hace rato- se incorporó de la banqueta y se acercó a Roberto: -para mí que mejor corran a los que acaban de llegar y nos dejen a los más viejos. Una joven salió de la traspuerta del establecimiento, sosteniendo la caja de pizza como una bandeja sobre la mano. La recibió junto con un trozo de papel donde estaba anotada la dirección. Marlene se adelantó a decirle: de la embajada gringa tres al sur y media abajo. –Aquí nomás- se apresuró a colocarla en el portador, y cuando presionaba el candado para asegurarla se volvió al otro hombre para decirle:-Ai vuelvo para que sigamos con la plática- pedaleó el encendido y se perdió en la avenida. El marido entró empujando la puerta que estaba entreabierta y aventó una caja de herramientas con escupitajos de cemento resecos a la entrada del dormitorio. Xiomara estaba pedaleando sentada en una máquina de coser.- ¿Qué hicistes ahora?- y escuchó la voz de su marido mezclada con el ruido de las cazuelas de la cocina. El hombre apareció con un plato servido y un vaso plástico que bebía a sorbos. Se sentó frente al televisor y antes de encenderlo distinguió el maullido de una ambulancia en algún punto cardinal de la noche. La mujer descosía en silencio la pieza. Cuando él terminó, eructó y salió al patio a orinar. Algún vecino escuchaba rancheras viejas. Venía acomodándose la bragueta cuando se enfrentó a la silueta de Xiomara en la sombra. Un humor nauseabundo emergió en la oscuridad. –Ya la cagastes- le dijo él avanzando- solo ese mate te agarra ahora. -Vení, andá, no seas malo- El hombre miró al pasar el vientre oscuro de su mujer, los senos fruncidos; ese olor a moho estancado en la piel- Perate por lo menos que me baje la comida. -No, vení anda, solo un ratito- pero no esperó respuesta y se abalanzó contra sí misma en una maraña de puñetazos descontrolados en los costados, cayó a la tierra y ahí continuó la embestida. Roberto giró a la izquierda en la curva, ya había pasado las Oficinas de la Empresa de Acueductos, las ramas de los árboles sobre la avenida le cubrieron el rostro de manchas. Aceleró un apretón más. Disminuyó para virar en la calle de la Embajada, buscó en la bolsa de la chaqueta el fragmento de papel para recordar la dirección, pero se le vino un cambio de luces, un apretón intenso en la pierna y un bofetón contuso en la mejilla y el costado. Cuando abrió los ojos se vio lejos de su motocicleta, trató de incorporarse pero el vértigo le hizo burbujas en las sienes y se dejó caer. Tragó una babaza salobre, un sabor ferroso en el paladar. Un crujido en seco lo mantuvo inmóvil y empezó a quejarse sobre el asfalto. Comentarios entrecortados que oía lejos como por el teléfono cuando se espera que llamen a la persona que uno busca. Un semicírculo de rostros abalanzados sobre él. Un vaho gélido en la dorsal. Perdió el sentido y no se supo levantado por un grupo de voluntarios y el socorrista que lo acostaban en camilla de la ambulancia que acaba de estacionarse. - Loca jodida, ya no te aguanto- sin volverse a ella con fastidio. La tomó con violencia del antebrazo y la aventó en las tinieblas del cuarto. Fue entonces cuando el aullido de la sirena médica lo inquirió muy cerca, a pocas calles. Lo distrajo unos segundos mientras se bajaba el pantalón, el alarido intermitente trazó una horizontal a sus espaldas que le humedeció el oído. La mujer tenía un sesgo de éxtasis y abandono, sin movimientos no tenía respiración estable, muecas desparramadas en el rostro, los gestos exhaustos, a ratos un sollozo le erizaba una convulsión que se apagaba el cuello agitado en espasmos lentos tenía fiebre una herida abierta continuaba humedeciendo el cuerpo una aspiración súbita, el abdomen hinchado recientes el pantalón con manchas un moretón en la cintura gimió nuevamente hemorragia interna en la vejiga por las contusiones recibidas rastrojos de movimientos incoordinados un lloro de sepulcro tuvo miedo cuando vomitaba coágulos azules palabras arrastradas otro gimoteo débil como postrero relajó las vértebras y se postró como al principio distendió la cara no tenía respiración.

* Ganador del Concurso Nacional de Literatura “Mariano Fiallos Gil”, Cuento Breve, 2007