Nuevo Amanecer

Yo tuve un hermano

A Javier García Romano Yo tuve un hermano... (Nicolás Guillén)

Cuando te escribo esto es con los ojos llenos.
Como cargados están estos días de junio,
de las gotas de lluvia de este invierno.
Porque no estás, ahora que te escribo mi pecho se anuda
y mi garganta tiene un torozón que no me pasa.
Y no me importa que me vean llorar porque no estás.
La muerte es tan cierta como la vida, me dice
un amigo, pero no lo reconocemos.
Pero acaso es normal no poder verte.
El día sigue, alguien me dice. Pasará un día
y vendrá la noche y vendrá otro día.
El sol saliendo y cruzando el firmamento
como todos los días, cerca del cenit,
pero ya mi vida sin vos no es la misma.
Yo te tuve de hermano y me llevabas de la mano.
Eras más que eso. Eras como mi mejor amigo.
Eras como mi padre. Un corazón abierto.
Una mano tibia y segura. Alguien
que ya jamás podré tener. ¡Mi hermano!
Entre nosotros ahora se interponen flores.
¿Dónde está ahora tu sonrisa?
¿Tus ojos de niño que yo conocí?
Tu ropa que yo conocí y que fue cambiando
de tamaño junto contigo, aunque yo era
menor de edad, en la medida que fuiste
creciendo. Yo igual que vos, me vi creciendo.
Que a mí me viste crecer, también te vi crecer.
Yo que metí mis menores pies en tus pequeñas botas
de niño de cinco años y me quedaron grandes.
Ahora el tiempo terrible vendrá hacia mí
como a pedradas a arrebatarme tus recuerdos.
Como con aquellas piedras
que lanzábamos en el patio del aserrinal
de los abuelos a aquellos mangos de las cumbres
de los palos. Mangos amarillos como el sol,
rojos como jocotes. Guayabas rosadas que cortábamos
de los guayabos, de aquel patio, colgados como monos.
Ahora el tiempo querrá venir a robarme tus recuerdos.
Desde ese primero de junio que muy de mañanita
te fuiste, he sentido como un golpe en el estómago que
con el pasar de lo días y días no me pasa. Todo
me parece mentira. Todo es un día gris parte
de una pesadilla. Eternamente me he quedado
sin aire al dejar de verte desde el día de tu partida.
Vos sabrás que yo no me consuelo.
De qué sirven estos versos si ni siquiera
son un sueño en el que te pueda ver.
Si no es con versos que te pueda yo traer.
Miro al firmamento a ver qué me dicen las formas
de las nubes y no me dicen nada. No aparecen
caballitos ni otras formas de otros animales.
Sólo este vacío que has dejado en mí
y que desde mí se extiende.
Tenemos que buscar que estemos
bien que eso era lo que vos querías. Pienso
y me digo eso.
Como en la bóveda celeste donde
los astros aparentan estar, estás, pero no se te ve.
Tengo esa sensación que ahora aquí estás, pero no estás.
¡Qué daría por encontrarte como en un día normal
de los de antes de tu partida! ¡Oír tus pasos tan firmes
como ligeros! ¡Encontrar en mis oídos tus palabras!
Pero la certeza de que ya nos estás es inevitable.
Te veo de nuevo de gorra montado en tu tractor de
juguete o jugando la pega corrida en el Colegio de
Varones de la primaria donde llevabas dos grados
delante de mí. Mi hermano que me amarraba
los cordones de los zapatos. Mi hermano
que me defendía de los trompones en la hora del recreo.
Él con sus destrezas e inteligencia que tanto admiro.
El de la idea sagaz. El previsor. El hermano preocupado.
El hermano que era así porque amor dabas a mis padres,
a mí y a mis hermanos, a los que con vos vivían. A tus hijos.
¿Quiénes mejor que todos nosotros podríamos decir esto?
Ahora lloro, porque nos han arrancado tu presencia.
¿Adónde estás? Caen las gotas tan fuertes como
la lluvia a la hora del sepelio. Arriba esa esfera diáfana
y azul que a pesar de no dejarse ver aparentemente
nos rodea, también parece llorar conmigo. Estoy triste.
Ahora tu imagen se aprisiona en la inmovilidad
de los retratos. Aquella foto de los trece
donde reías y eras gordo. Aquella del catorce en el desfile
marchando con el redoblante. La otra con la foto del
sombrero cuando en época de vacaciones de niño
trabajábamos en la finca. El diestro y dispuesto despachando
en la pulpería. Siempre servicial, eficiente y atento
como te conocieron y consideran muchos compañeros
de tu trabajo. Las fotos te enseñan ahora de nuevo de poquitos
años. Ahí junto al perro Pinto en la casa de los abuelos.
Subido en un tractor. O en las fotos cuando estudiaste
en Holanda o estuviste en Sri Lanka.
En el cielo las nubes parecen enseñar un tigre de bengala.
Ahora miro tus retratos tamaño carné que enseñan la edad
de cuando te bachilleraste y graduaste de contador
y luego otra de ingeniero civil. Y me detengo.
Mas no te siento como algo del pasado. Otra vez siento al
despertarme en la mañana que simplemente vas a aparecer
con tu entusiasmo de todos los días chineando o
dándoles cariñosas bromas a los niños.
Oír el ruido del vehículo que manejabas llegar
o salir. O verte cuando recién adolescente otra vez ganar
a los naipes o en la mesa de carambola o en el pool ocho.
Se me terminan las palabras, ni en un poema puedo retenerte.
Nadie sabrá exactamente la calidad de persona que en vida fuiste.
Lo que significas. Ahora el tiempo terrible vendrá hacia mí
a arrebatarte de mí. Pero no podrá.
Me tendrá que llevar entero. Porque Javier, hermano,
soy parte y extensión de vos por el amor que vos me diste.
Porfirio García Romano
Managua, mayo 2005.