Nuevo Amanecer

Montaña en flor Salvador Cardenal Barquero


Allá muy lejos, en medio de la selva, donde el río pasa al pie del volcán, vive una familia indígena en armonía con la tierra. No son dueños de su parcela, dicen, más bien la tierra es dueña del volcán, del río y de todos ellos, de lo que nace encima de ella: toda su fauna, toda su flora, sus minerales y toda criatura. Esta familia vive en paz con los animales y respetan las plantas como a sus ancestros, pues creen que los animales fueron vegetación primero.
Su hogar es una choza al lado del río, hecha con troncos de níspero, que se vuelve piedra al ser enterrado en tierra lodosa. La choza tiene paredes de bambú con ventanas entretejidas de junco y está sobre un tambo, pues el río es como la luna: crece y decrece con la época.
Todos ellos trabajan por igual. Mujeres y hombres cazan y siembran, lavan y cocinan. Los niños ayudan en todo, traen agua, cortan leña, recogen semillas y frutos. También pasan mucho tiempo haciendo cestos de junco, sillas de lianas, ropa de tuno, collares de semillas, pinturas de corteza con tintes de achiote, chilamate. Confeccionan tambores de madera de guayacán y ñámbar; y no desconocen ni las flautas de bambú, ni las marimbas de granadillo.
Entre los niños de la familia estaba Pashkin, que era un chico como todos: algo curioso, algo rebelde, algo silencioso. Sus ojos tiernos transmitían misterio insondable. Desde pequeño jugaba con la mantis religiosa, pasándosela de una mano a la otra, les platicaba a las palomas redonditas, a las hormigas en fila, a los heliotropos del río y hasta a los pececitos anaranjados que clareaban entre las piedras. Tenía muchos amigos en la selva, pero su mayor amistad era con un enorme árbol en medio de la selva, que sólo Pashkin sabía cuál era.
Muchas veces dejaba su casa, y su árbol, a quien él llamaba Montaña en Flor, era su destino. Si le preguntaban dónde estuvo, Pashkin simplemente respondía que estaba con Montaña en Flor, en el pecho de la selva donde el volcán guarda sus criaturas.
Pashkin y Montaña en Flor eran grandes amigos. El niño le contaba todos sus secretos y le preguntaba tantas cosas que no comprendía, por ejemplo, por qué Montaña en Flor siendo tan grande había nacido de una semilla tan chiquitita; cómo un pájaro se metía dentro del huevo con todo y sus alas, porque sabía bien cómo salía, pero no cómo entraba, y tantas otras cosas que no entendía.
El árbol cantaba con el viento: su follaje hacía música de hojas y sus ramas al rozarse entre sí chirriaban, casi como pajaritos. Pero el árbol nunca le habló, sino hasta aquel día en que el niño se quedó adormecido entre las raíces lisas y brillantes que sobresalían entre la hierba antes de hundirse en el suelo. Escuchó una voz sonora que le decía: “Te quiero, si me muero, me iré con vos.”
Despertó tan sobresaltado, pues la voz era tan real como la del viento y los pájaros, y no comprendía: “Te quiero, si me muero, me iré con vos.” Pashkin se preguntaba: ¿por qué me habrá dicho esto Montaña en Flor? Si los árboles viven más que los hombres y seguramente éste vivirá más que yo. ¿Por qué, por qué? Si los árboles están más cerca del cielo, del sol y quién sabe si de Dios… y miraba su gigantesca copa erguirse contra el cielo y celoso de la luna y las estrellas; creía que Montaña en Flor tenía mejores amigos que él. Acaso alguna nube, el viento o la estrella de la tarde… pero no él, que era tan sólo un niño.
Sin embargo, observaba que el árbol mantenía aquel mismo silencio con todos y que sólo con él había hablado: “Si me muero, me iré con vos.” La amistad del niño y Montaña en Flor creció vigorosa, abundante y profunda... y Pashkin lo abrazaba como a su abuelo.
Sucedió que su padre tuvo que ir al bosque a trabajar por un tiempo, por lo que el niño se quedaba en casa haciendo tareas domésticas y cuidando a su madre y hermanitos, de tal forma que pasaron algo más de dos meses sin que pudiera ir a conversar con su amigo Montaña en Flor.
Cercano a su treceavo cumpleaños, el niño por fin pudo regresar a ver a su árbol Montaña en Flor en medio de la selva. Al llegar al punto sintió por primera vez cómo el cielo le golpeaba la frente con tanta luz en aquel lugar. Una angustia desesperada y jadeante se apoderaba de él al ver que su árbol ya no estaba. Sólo un tocón enorme casi a ras del suelo se le presentaba de frente y sus lágrimas caían sobre los restos del árbol. El niño abrazaba aquellas raíces como un oleaje sin costa, y decía con el dolor más intenso: “¿Cómo pudo ser? ¿Será que pasó esto porque dejé de venir?”
Ahora, vacío y solo, regresaba del bosque y no había quién lo consolara, hasta que su padre, que lo conocía tanto, lo llevó a la orilla del río diciéndole: “Estás pasando de ser niño a ser hombre, por eso te tenemos un regalo. Es lo que he estado haciendo en secreto en el bosque. Mira, una canoa tuya para que surques las venas sobre la sangre misma de la selva, para que lances tu atarraya desde el centro del agua. Anda, sube y deja de estar triste.”
Nada lo consolaba. Pero al momento de subir a la canoa y tomar los remos sintió un escalofrío enorme, una alegría inexplicable, una premonición, una ternura especial al estar allí sentado.
Su padre lo empujó al río y sólo había remado unos metros cuando recordó aquellas palabras: “Te quiero, si me muero, me iré con vos.”
Fue entonces que se dio cuenta de que aquella canoa estaba hecha con Montaña en Flor… y bogó por el río en soledad, pero no solo.

Salvador Cardenal Barquero. Montaña en Flor. Primera edición. Editorial Libros para Niños. Managua, 2005.