Nuevo Amanecer

El perro invisible


Ilustraciones de Christa
Unzner-Koebel

Esta es la historia de un perro muy vanidoso, cuyo nombre era Carbón.
Una lorita muy parlanchina, llamada doña Piringüeta, conocía bien la vanidad de este perro, y un día lo llamó a que se acercara a su jaula en el jardín.
“Es cierto que un perro negro es muy atractivo”, le dijo desde la percha; “pero si te convirtieras en un perro de mil colores, no tendrías comparación en hermosura sobre la tierra”.
Carbón perdió el sueño, se le quitó el hambre. Sólo pensaba en cómo volverse un perro de mil colores. Sería el único.
“Deberías ser como mi comadre la lapa Leperina”, le dijo otro día la lorita Piringüeta.
“Mirá qué lindos los colores de su cola”.
Y la lapa Leperina, vecina de la lorita Piringüeta en la otra percha, hacía piruetas para que el perro la admirara mejor, muy orgullosa de las alabanzas.
Carbón la veía y la veía, con la lengua de fuera. Así quería ser él, tener en la pelambre esos vistosos colores de la cola de doña Leperina, rojo, azul, amarillo, verde.
Llegaron una mañana unos pintores a pintar las paredes de la casa, y Carbón, al ver los botes abiertos de pintura, metió las patas y el hocico en todos ellos.
La lorita Piringüeta, al divisarlo que se acercaba a ella todo embadurnado, muy orgulloso de su cambio de aspecto, más bien se rió de él.
“No parecés una lapa, sino un payaso del circo”, le dijo.
Muchos trabajos pasó en lavarse toda aquella pintura.
Pero sus penas fueron mayores cuando llegó el pavor real a la casa. Lo habían llevado de noche, desde un lugar muy lejano, y cuando amaneció, Carbón lo encontró en medio del jardín, con la cola desplegada. Se quedó mudo de asombro. El cuello y el pecho del pavo real eran azul turquesa. Las plumas verde esmeralda de la cola formaban un abanico, y en cada pluma lucía racimos de ojos de colores muy extraños. Era como si alguien hubiera pintado al pavo real en un sueño.
Desde entonces, Carbón no tuvo más ocupación que perseguir al pavo real, que se llamaba don Timoteo, para no perderse el momento en que abriera su cola. Quería hacerse a toda costa su amigo. Don Timoteo, en cambio, un pavo real ya viejo, se mostraba altanero, creyendo que por tener una cola tan bella estaba en el derecho de no dirigirles la palabra a los demás.
“Todo el que me mire demasiado, corre el riesgo de desaparecer, porque mi belleza es muy poderosa”, decía a Carbón.
Y seguía su camino, lleno de orgullo….

Fragmento del cuento inédito “El perro invisible”. El cuento será publicado este año por Editorial Libros para Niños.