Nuevo Amanecer

El autor invisible


francisco_udiel@yahoo.com

Mi primer contacto con la literatura fue una colección de historietas llamada “El muchacho de Niquinohomo”, aquel que durante la Guerra Constitucionalista escribió en una carta al general José María Moncada: “Yo no me vendo, ni me rindo.”
Recuerdo que diariamente, a la hora del recreo, iba a la biblioteca de mi escuela y leía los tomos de la historieta una y otra vez.
Hace algunos meses en un centro comercial observé que vendían en un carrito de libros usados la segunda parte de la colección. Lo primero que hice fue averiguar quién lo había escrito.
Cuando niño me fue baladí recurrir a ese acto de develar al autor. Admito que me sorprendí mucho cuando descubrí que el nombre impreso en la portada interna del libro era el de Sergio Ramírez. Nunca imaginé que con los años llegaría a querer tanto a un escritor que fue durante mucho tiempo un autor invisible para mí. Desde entonces, he analizado la relación entre obra y autor, específicamente en la literatura infantil.
Considero que cuando estamos niños preferimos el anonimato en la literatura. En eso consiste la pureza de ser niño. No emitimos juicios contra el autor, ya que “lo único que desean los niños es que les contés los mismos cuentos”, dice Sergio Ramírez. Eso sí es primordial para ellos.
En todo caso, es fundamental saber que la literatura infantil nicaragüense se origina en la tradición oral del Folklore, y que ésta ha sido imaginada y contada por autores invisibles: las domésticas, los abuelitos y las viejitas que se sientan con sus nietos alrededor del fuego de unas astillas de ocote.
Pero ahora existen nuevos autores que también llegarán a ser invisibles para muchos niños. Autores, entre otros, como María López Vigil, Sergio Ramírez, Salvador Cardenal Barquero, Ovidio Ortega y Mario Montenegro. Seguramente, todos ellos “deben tener un pájaro en la cabeza”, como afirmaba Picasso cuando se refería al pintor Marc Chagall.
En fin, autores que probablemente los niños y niñas ni siquiera pregunten por sus nombres cuando ustedes, lectores, se sienten junto a ellos para disfrutar de esta edición. Ellos lo único que dirán es: “Dale, otra vez”. Y ustedes también.
Contemporáneos y “un caso especial”
En la actualidad existe un registro de literatura infantil compilado principalmente en dos obras: “El muestrario del Folklore Nicaragüense”, por Pablo Antonio Cuadra y la antología de “Literatura para niños de Nicaragua”, por Vidaluz Meneses y Jorge Eduardo Arellano. Sin embargo, de lo más contemporáneo se conoce poco. Por esta razón, preferimos publicar lo que se ha escrito a inicios del siglo actual, a excepción de la fábula “Cómo perdió la voz el danto”, contada oralmente por los mískitos y compilada en 1990 por el Centro de Investigaciones y Documentación de la Costa Atlántica (Cidca/UCA). Incluyo, además, un caso especial como es la fábula “Un pleito”, considerada hasta 1995 una paráfrasis castellanizada de Rubén Darío, pero que a finales del siglo pasado se reveló su secreto. Es la primera vez que se da a conocer en un medio masivo el origen de su verdadero autor.
Un pleito por “Le fromage”
Desde 1952, algunos estudiosos de la obra dariana incluyeron en diferentes antologías la fábula “Un pleito”, supuestamente escrita por Rubén Darío. Años más tarde se supo que en realidad se trataba de una versión castellanizada de la fábula “Le fromage” (“El queso”), escrita y publicada originalmente en 1719 por el dramaturgo franco-alemán Antoine Hourdard de la Motte (París, 1672-1731). Hasta entonces la aclaración estaba hecha, pero se continuaba pensando que Darío había escrito la versión en castellano.
Sin embargo, un año antes que terminara el siglo pasado ocurrió algo. Según el escritor salvadoreño Carlos Cañas-Dinarte, en un ensayo publicado en la revista Letralia de Venezuela (Edición 74, Caracas, 1999), afirma que en el sótano de la Biblioteca Nacional de El Salvador se encontró la misma versión de Un pleito, publicada en un periódico antiguo llamado “El pueblo” (San Salvador, año I, Número 51, jueves 12 de febrero de 1891, p.4), ¡sólo que firmada por el poeta aragonés Rafael Torromé (1861-1924).
Esto es probable, pero también recordemos que el siglo pasado se caracterizó por los grandes fraudes literarios. Quizá la versión de Torromé debería someterse a una prueba de carbono 14 para comprobar su veracidad.
En todo caso, lo mejor es disfrutar de esta fábula, que a mi parecer fue inspirada originalmente en la “Historia de Harun Al-Rasid con Chafar, La esclava y el imán Abu Yusuf”, de las Mil y una Noches, donde se afirma que, “el camino más sencillo y más fácil para obtener los bienes de este mundo y los del otro es el de la ciencia”. Dedicarse a las leyes, en pocas palabras.
Si aún quedan dudas sobre el verdadero autor de la versión castellanizada, se puede tomar en cuenta la respuesta que dio Jorge Eduardo Arellano el 24 de febrero del año 2001 a Guillermo Flores, Director de la Sala Rubén Darío del Instituto Nicaragüense de Cultura. “Esa traducción se la adjudicaron (a Darío). Que la retiren”, dijo. ¡Imagínense! ¡Tanto pleito! ¡Y todo por un queso!