Nuevo Amanecer

Adiós a la razón


Me encantó la gentileza de la Biblioteca del Banco Central de Nicaragua de proporcionarme cuatro textos maravillosos y de “cajón” (allí los pueden consultar), sobre los cuales realizaré una breve reseña en esta “bisagra del pensamiento”, como le llamo. Éste es el primero, y aunque ya lo había leído “vía préstamo”, siempre me provoca nuevas reflexiones.
“Adiós a la Razón” (1996. Ed. Tecnos, Madrid), es uno de los grandes escritos de Paul Feyerabend. Publicada en inglés, la lengua original en la que fue editada a mediados de los años ochenta del siglo pasado, esta obra de pocas páginas, está estructurada en tres capítulos sustantivos:
a) Adiós a la razón, que brinda el nombre a toda la obra;
b) La ciencia ¿grupo de presión política o instrumento de investigación? y; c) ciencia como arte.
En el primer capítulo, en el que Paul Feyerabend continúa manteniendo su posición (ya advertida en “Tratado contra el Método”) contra la idea que la ciencia tenga un método único e infalible que produzca los resultados que la definen, dice: “La investigación con éxito no obedece a estándares generales: ya se apoya en una regla, ya en otra, y no siempre se conocen explícitamente los movimientos que la hacen avanzar” (pág: 20). La idea de que los mejores manuales de investigación son inservibles para producir resultados de ningún tipo es porque son el fruto y no la premisa de las ciencias, se desprende de toda esta parte. Al final del capítulo, para caracterizar a la razón, nos expresa con un lenguaje sugestivo y semiburlón: “La razón es una dama muy atractiva. Los asuntos con ella han inspirado algunos maravillosos cuentos de hadas, tanto en las artes como en las ciencias. Pero es una característica peculiar de esta singular dama que el matrimonio la cambia en una vieja bruja parlanchina y dominante” (pág. 98).
En el segundo apartado, Feyerabend plantea la relación que existe y debe existir entre los expertos y los ciudadanos; el control que deben ejercer estos, sobre los programas de investigación de aquellos Los científicos de todo tipo, nos sugiere el autor, han visto siempre a los ciudadanos como prisioneros del sentido común, de la doxa, de conocimientos limitados y superficiales. Y así “en las instituciones como el juicio con jurado donde los no especialistas pueden aprender y utilizar lo aprendido para enjuiciar la opinión de los expertos... todo lo que se necesita es extender instituciones de este género al conjunto de la sociedad” (pág. 84). Más adelante señala: “en una democracia, la decisión final sobre la investigación a hacer y los resultados que deben ser enseñados corresponden a los ciudadanos, NO a los expertos” (pág. 122). Cierra toda la obra con el cuestionamiento de que la ciencia para ser fecunda debiera ser un poco como el arte, que no progresa ni cae, sino que se abre y muchas veces regresa a diferentes formas. Antes del nacimiento del concepto abstracto griego dice, los “dioses, hombres, datos históricos y hechos cosmológicos no eran caracterizados por definiciones o teorías, sino por narraciones” (pág: 160).