Nuevo Amanecer

La letra con risa entra

María López Vigil piensa que el ego de los escritores se siente más recompensado con cumplidos y panegíricos de adultos que con risas de niños.

francisco_udiel@yahoo.com

“Uno no elige donde nace, pero sí donde vive y todavía más, donde quiere morir”, dice la escritora, periodista y teóloga cubana-nicaragüense María López Vigil, quien nació en La Habana, Cuba, en 1944. Vivió en España de 1961 a 1981, y ese año se vino a Nicaragua. Aquí se quedó para siempre. Su vida está muy ligada a su hermano Nivio López Vigil, ilustrador de sus obras infantiles más importantes.
Vigil, quien soñaba ser payasa de circo cuando niña, opina que a la literatura infantil se la ha menospreciado, considerándola un género de arte menor, casi una artesanía. Según ella, los escritores tienen el deber de promover en la literatura infantil dos valores: la solidaridad y el aprecio por la propia identidad cultural. Pero esencialmente lo primero, “porque ser solidario es una aventura para la que se necesita valentía, fantasía y decisión. Elementos esenciales, clásicos, de todo buen cuento infantil”, afirma.
Vigil también piensa que la concepción de que a un niño hay que darle boberías o hablarle de mariposas rosadas y angelitos de colores, es ridícula. Contrario a eso, ella desarrolla en sus cuentos, de manera muy divertida e ingeniosa, el tema de la identidad nicaragüense, como en la “Historia del muy bandido, igualado, rebelde, astuto, pícaro y siempre bailador Güegüense” (1994). También hay otros temas sobre la defensa de los derechos de los niños y niñas, como en “La balanza de don Nicolás Sandoval” (1999), donde “un viejo sinvergüenza” habla de comparar equidades en los niños, cuando en la realidad todo es una farsa. O temas como el amor, aplicado en su más reciente cuento “Los dientes de Joaquín” (2005).
Pero cuando escuchamos hablar de María López Vigil realmente lo primero que se nos viene a la mente es aquel cuento famoso llamado “Un güegüe me contó”, que obtuvo en 1988 el primer premio del concurso “Los niños queremos cuentos”, otorgado por la Asociación Nicaragüense de Literatura Infantil y Juvenil (ANLIJ) y por el grupo cultural sueco “Wiwilí”. Para entonces se publicaron 18,000 ejemplares, una cifra imposible de publicar actualmente. “Un güegüe me contó” relata la historia de nuestras raíces indígenas. Cuando nuestra tierra estaba vacía y sólo existían el dios Tamagostat y la diosa Cipaltonal. En ella aparecen frases que provienen del habla popular nicaragüense como: “¡Chocho, qué tierra más pijuda!”, “¡La cagamos!”, y “Muerta yo, hagan sopa de mi culo”. El cuento es realmente una obra maestra de la literatura infantil. Sin embargo, quién pensaría que más tarde sería censurado. “Esta censura me dolió mucho, pero por otro lado me divirtió. Me resulta divertido provocar escándalos”, afirma María López Vigil, una mujer que si tuviera que resumir su vida en una palabra, ésta sería la palabra “risa”.

Su primer cuento infantil, “Un güegüe me contó”, fue censurado por el Ministerio de Educación de Nicaragua, ¿cuándo y por qué?
Fue en 1996. En la licitación para equipar las bibliotecas infantiles de más de mil escuelas, Annabelle Sánchez, Asesora de Valores del ministro Humberto Belli, excluyó muchas obras de literatura infantil de autores nicaragüenses, latinoamericanos y clásicos. Por “mensajes ambiguos que tienden a confundir y a ser mal interpretados”. El “Güegüe” cayó bajo esta inquisición. Me contaron que lo censuraron por las ilustraciones: indios en taparrabos enseñando las nalgas. Y por el texto: malas palabras. Fue una ridiculez más de la política educativa de aquellos años.

Uno de los temas centrales de sus cuentos es la identidad nicaragüense. En su más reciente obra, “Los dientes de Joaquín”, propone, con un juego de palabras, una historia de amor, ¿a qué se debe ese giro temático?
A la vida, qué es lo que sucede mientras uno la planifica. Ese texto lo escribí a solicitud de la editorial Anaya. Pasaba el tiempo y nada decían. Ya estaba escrito y me alegró mucho que la Fundación Libros para Niños se interesara en publicarlo. A mí me interesa valorar la identidad nicaragüense y, en la misma medida, la identidad infantil. Los niños y las niñas se enamoran. El amor es parte de su realidad, de su identidad. Creo que valorar esos primeros amores es un tema mayor en un cuento infantil.

Fue Nivio, su hermano, quien le alentó a escribir dos de sus relatos más importantes: “Un güegüe me contó” e “Historia del muy bandido, igualado, rebelde, astuto, pícaro y siempre bailador Güegüense”. Si Nivio nunca le hubiera propuesto escribir estos textos, ¿considera que unos de sus destinos sería la literatura infantil?
Nivio me alentó a escribir “Un güegüe me contó” porque él es arqueólogo y quería darse el gusto de ilustrarlo. En el caso de nuestra versión del Güegüense, fui yo la que lo animé a que pensáramos juntos el texto para que después él lo ilustrara. Lo hizo magistralmente. Creo que por un camino o por otro, yo hubiera llegado a la literatura infantil.

¿Por qué cree que los escritores subestiman la literatura infantil?
En un país como Nicaragua, con la mitad de la población compuesta por niñas y niños, esa subestimación siempre me sorprende. Pienso que la subestiman porque la consideran “un arte menor”, y a mucha gente le gusta más hacer lo “mayor”. Pienso que si en la niñez alguien no fue feliz, no logra después conectarse con esa edad de la vida y no se imagina cómo comunicarse con la gente chiquita. Pienso que el ego de los escritores se siente más recompensado con cumplidos y panegíricos de adultos que con risas de niños.

Usted dice: “Quienes queremos escribir para los niños y niñas debemos contribuir a transformar la realidad”. Desde el oficio de escritor, ¿cómo se puede lograr esto?
Si logramos hacer soñar con nuestras palabras y nuestras historias, si encendemos la chispa de la imaginación, si contamos la vida tal como es y la pensamos como debiera ser, si somos capaces de producir asombro y curiosidad, si hacemos reír, creo que podemos hacer pensar y transformar la mente de quienes nos leen. Y las transformaciones de la realidad ocurren siempre primeramente en nuestros cerebros.

Algunas editoriales piensan que la nueva literatura infantil no debe ser didáctica, que debe divertir y entretener. ¿Usted qué cree?
Creo que divertir también enseña, que la letra con sangre no entra, que “con risa sí entra”. Creo que enseñarnos unos a otros es la tarea por excelencia que tenemos como humanidad. Por eso creo que no hay que rechazar lo didáctico, sino lo aburrido, lo moralizante cuando la moral se identifica con órdenes, prohibiciones y prejuicios.

¿Qué se puede hacer para que la lectura represente para los niños un juego, un placer, y por eso lean?
El niño y la niña que ven a sus padres leer, que ven libros en su casa, harán más fácilmente de la lectura parte de su vida. Leerán con más gusto si cuando aún no eran lectores, sus padres y sus madres les leyeron cuentos y les hicieron acariciar libros y apreciar los libros como un objeto maravilloso. También ayudará si rompemos con esa práctica de maestras y maestros que en la escuela identifican la lectura con el deber escolar, con una tarea, con algo ordenado y aburrido. De todas formas, leí una vez algo que pienso que es cierto: “Soñar, amar y leer son verbos que no admiten imperativo”. No es dando órdenes de leer que niños o adultos descubriremos el inmenso placer que proporciona la lectura.

Hay mucha insistencia en clasificar la literatura infantil en la propia para menores de 12 años y la propia para mayores de esa edad. ¿Qué diferencias ve en estilo y temáticas entre estos dos rangos de edad?
Estas clasificaciones son artificiales. Como las fronteras entre los países. No creo en ellas. Esa frontera se establece en la actualidad por razones comerciales. Los humanos tendemos a clasificarlo todo para poder entender la complejidad de la realidad. Pero clasificar es sólo un bastón. Hay que caminar con más libertad. Mi principio, en el que sí creo firmemente, es que un cuento para niños de cualquier edad sólo es bueno si también les gusta a los mayores. Ésa es su prueba de calidad.

¿Qué representan para usted sus propios cuentos?
Mis libros, todos los que he escrito, que no son sólo de literatura infantil, son mis hijos y mis hijas de papel. Recuerdo con emoción cuándo y por qué amor fueron engendrados, recuerdo su nacimiento, los conozco, los he visto caminar y crecer, y llegar más lejos de lo que nunca imaginé cuando los escribía. Los libros que he escrito para los niños y las niñas de Nicaragua me son especialmente queridos. Guardo muchas historias, recuerdos y emociones en torno a cada uno de ellos.

¿Existe alguna fórmula para iniciar y terminar un cuento para niños?
No hay fórmulas. Pero Aristóteles ya nos enseñó, y no cuando escribía para niños, que el drama --cualquier drama, y la vida es drama, y un cuento para niños es también drama-- debe tener siempre presentación, nudo y desenlace. Siempre debemos hacer una buena presentación y caracterización del personaje o los personajes. Siempre debemos relatar un conflicto. No hay emoción sin conflicto. Y siempre debemos lograr un buen desenlace, una sorpresa final. Para cerrar, algo que haga sonreír, reír o pegar una carcajada. O algo que meta mucho miedo, que te deje espantada. Porque a los niños les gusta pasar miedo en la literatura, eso los prepara para superar los miedos de la realidad. No hay fórmulas, pero siempre hay que trabajar muy bien la presentación, el nudo y el desenlace.