Nuevo Amanecer

LA DESTRUCCIÓN O EL AMOR (1934) - VICENTE ALEIXANDRE (Sevilla 1898 – Madrid 1984)


Todos los versos que yo había leído de Aleixandre había sido cuando estudiaba secundaria, y sus símbolos, sus metáforas, me parecían manidas. Su fotografía me caía bien, un hombre afable, sonriente, aún le recordaba de algunas entrevistas en la televisión. Sabía que le habían dado el Nobel, pero no me parecía con aquella aureola que se le suponía a Juan Ramón Jiménez.
Me parecía que utilizaba lo que había leído, hasta que un misterio se cruzó en el oído, como cuando la buena poesía consigue penetrar hasta los tuétanos, y es cuando se escucha en la voz de otro, de alguien fuera de nosotros. Era en este caso un muchacho que acababa de ganar el premio Planeta por una novela y él pronunció los versos. Y aunque yo los había leído, quizá recordaría que eran de un poema que se llamaba Unidad en Ella, y que hablaba de la unidad de toda la materia, de la naturaleza, como si fuera una mujer, entonces fue como si lo conociera por primera vez. Oí:
“Cuerpo feliz que fluye entre mis manos,
rostro amado donde contemplo el mundo,
donde graciosos pájaros se copian fugitivos,
volando a la región donde nada se olvida”.
Desde entonces nunca han dejado de asaltarme, cuando estoy en un sitio, cuando quiero rezar, pero no sé a quién se lo digo. Cuerpo feliz que fluye entre mis manos. No sé quién eres, pero estando en mi mente todo el día, no dejas de volar adonde nada se olvida. Estos versos deben estar embrujados.
Este andaluz de nacimiento iba a ser abogado, pero la tuberculosis, que tan buenos escritores nos había dado en aquellos años (aunque parezca un poco cruel al decirlo), lo mantuvo alejado de los trabajos públicos y lo ganamos como poeta. En esa época los enfermos de tuberculosis debían permanecer recluidos largas temporadas en pabellones de reposo, al estilo de los de La Montaña Mágica, y como la televisión todavía no lo inundaba todo de ruido, sólo quedaba el refugio de los libros. Muchos entonces cambiaron de vida. Consiguió el premio Nacional de Literatura con La Destrucción o El Amor, que es un libro clave y hermoso para acercarse al surrealismo español. Irá cosechando éxitos hasta el 77 cuando le dan el premio Nobel. Pienso ahora que no iba dirigido tan sólo a él, sino que era una especie de tributo, ya muerto Franco, a una generación como la del 27 que nunca más se ha vuelto a repetir en ningún país del mundo.
El libro con que se nos sube al barco este poeta insigne es quizá el que contiene parte de las mejores poesías de amor. Pertenece a su primera etapa. En Aleixandre siempre se habla de dos: la primera con libros que ahondan más en el surrealismo, y en la preocupación de la unidad en el cosmos; y la segunda, algo más cercana a experiencia cotidiana, a la vida del hombre en la tierra, como se muestra en Historia del Corazón. Sin embargo, es en su primera etapa donde escribe los poemas más románticos, de amor y muerte y de unión con la naturalaza. Reunir en verso esta unidad del hombre con todo lo que le rodea, de la experiencia vital, del cosmos y el titular de un periódico, del dolor de alguien y del influjo de la primavera, de una revolución y el cometa Haley, sólo lo he encontrado de forma aún más radical en el Cántico Cósmico de Ernesto Cardenal. En La Destrucción o El Amor es donde encontramos poemas como el de Unidad en Ella o Canción a una muchacha muerta, o Corazón Negro.
“Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,
quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente
que regando encerrada bellos miembros extremos
siente así los hermosos límites de la vida.”
Del surrealismo Aleixandre pasa directamente a lo social, a fundirse con el ser humano, reivindicando que el poeta es amor, pero también es contacto piel con los hombres y las mujeres de su tiempo. En versos como éstos se ve muy claro el cambio del poeta en la segunda mitad de su vida, como expresa el libro Historia del Corazón, de 1954.
En la plaza
Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.
No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente
imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los
hombres palpita extendido.
Como ése que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón
afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o
con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.
Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.
Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.
Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quieras algo preguntar a tu imagen,
no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate, y fúndete, y reconócete.
Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.
Así, entra con los pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!