Nuevo Amanecer

Horizonte quebrado


Cuando murió Sandino decidió venirse a las llanuras. Era distinto el paisaje de su tierra segoviana. Aquél, un horizonte hecho a dentelladas, éste tirado a cordel. Le sorprendió aquí la pereza de los caminos tendidos en el llano, tan diferentes, y el infinito de su mirada perdida en el lomo del mar.
Su instinto quería lavar la pólvora de tantos años terribles, vida como el horizonte de aquellos paisajes. Había que limarlo en el llano, tender al sol su conciencia, desgastar la voluntad de guerrear… olvidarse.
Se deslizó de la cordillera por el camino polvoriento; para sus piernas de potro no era necesario el potro; para eso subió duros repechos en largas jornadas y se hizo una salud salvaje.
Su juventud primera quedó diseminada en las brumas de la noche segoviana rendida en la distancia; su manta no cobijó mujer alguna; apenas el fusil, caña que le sopló la vida, calentó los sueños ingrávidos. El amor, tal vez., se desplazó violento en cualquier hembra conmovida de miedo.
Ahora era diferente.
Caminó. Bajo el alero de paja de una cabaña encontró sombras en hilachas.
-Buenos días- dijo con ligero canto segoviano.
-Dios lo bendiga…
La muchacha, hecha de barro, agazapó instintivamente su sonrisa. Le dio de beber y comer. Él podía haberse relamido de inmediato con la presa enfrente, pero había una suave voz en la niña de piel de níspero que dulcificó los ojos; un balanceado andar que e meció su celo.
Y se quedó en la comarca. Un huertero viejo le vendió el predio lindante. Se anudaron a su cuello de forastero las miradas desconfiadas de los vecinos. Esta gente siempre teme algo, porque la experiencia les advierte el peligro del hombre extraño.
Pero había que trabajar. Arregló el alambrado de la huerta, empajó la casa, removió la tierra con yuntas alquiladas, repartió el maíz en los surcos.
Y en las noches tibias y húmedas de mayo, en la pubertad de la tierra, aspiraba nostálgico el perfume diluido en el campo, con las aletas de la nariz abiertas, como bestias sin pareja, como potro repleto de ausencias.
Algunas tardes se atrevía visitando a la niña. Discretamente le daba a entender que todo aquel afanarse bajo el sol, encorvarse a la tierra hasta desfallecer, era para que, algún día, le llenara ella el hueco de su tapesco de varas de guásimo en las noches calladas y truncas.
-El año que viene sembraré también frijoles…
-Ojalá que no le venga el chapulín agora…
-¿Y por qué? Ya verás después. Si alguien quiere venirse conmigo hasta yunta propia y cuajada de mis vacas tendremos.
La milpa se estaba poniendo rubia, era rubia la tierra con el vello de todos los maizales huertanos inclinándose suavemente con la brisa, mano de mujer sobre la piel de la tierra. Rubia bajo el sol de agosto, bajo este claro cielo sin secretos.
La milpa granada estaba ya de dobla; había que cuidarla del animal del monte y del que anda en dos patas, no fuera a ser que el mapachín vestido se la llevara.
Recorriendo el sembrado observó un día que alguien había desflorado unas mazorcas y decidió espiarlo. Las huellas del pie desnudo se salían del sembrado y se perdían en el trajín del camino. De seguro que en cada viaje se cargaba una zurronada.
Era necesario vigilarlo de noche. Para ello apercibió la escopeta y se fue a esperar tras unas matas. Así se le venía a los labios una sonrisa maligna de recuerdo allá en la tierra lejana, cuando en acecho, durante muchas noches, sin que se le acelerara el corazón por la costumbre, esperaba alguna patrulla para sorprenderla y despojarla. Sincronismo de ametralladoras agujereando el claro cielo, el tiro del fusil perdido en la noche.
Pero aquí no. Aquí solamente trataría de asustar al ladrón y nada más. Eso era suficiente para que no volviera. Almacenaba muchas ilusiones como para echarlas sobre el pasado. Este era un nuevo compartimiento. Desde lejos había venido al llano para tenderse suavemente en la vida apacible amando a su pareja. Ya no era animal mostrenco, o, como tigre o coyote.
Tendió la mirada sobre la huerta. Sus ojos complacidos se extasiaron en la noche diáfana. Al extremo, contra el horizonte, un filito de luna sobre la cabaña de pajas, era como pico de garza peinándose las plumas. ¡Para quien tuviera sus duros brazos a la muchacha aquella color de milpa sazona!
De repente se oyeron ruidos de pasos tímidos que se acercaban triscando, muy cautelosamente. Vio cómo la sombra de un hombre se inclinaba levantando cuidadosamente el alambre alto del cercado y pasaba. Su corazón mucho tiempo en barbecho, saltó dentro del pecho encabritándose.
Creyó al principio que el intruso se metería a la huerta para saquearla. Pero no. Se vino por la ronda a la sombra de los tigüilotes y pasó a la huerta vecina. Se detuvo indeciso y luego empezó a silbar ligeramente.
Fue una sorpresa trágica para su corazón alicaído… Aquella sombra había llamado a la niña y ésta se venía jubilosa con su suave piel de fruta rubia iluminando la noche.
Ni lo supo ni se dio cuenta cómo. Pero lo cierto es que cogió un tizón y le prendió fuego a la casa. Brasa prendida su corazón quemándole la vida. Brasa encendida quemando todo aquello que había soñado. Perro rabigacho tornó a su paisaje quebrado, mientras la noche azul se teñía de rojo con las llamas.