Nuevo Amanecer

VALVERDE: la palabra y el silencio


A propósito de su segundo libro, La espera, Valverde escribió en la Antología de sus versos: “Creí ir entendiendo que debía “esperar”- sin exigir “esperanza” palpable-, aceptando la realidad de la vida, como muda revelación divina; en las cosas, en los demás –y, más cerca, en el amor y la compañía de una mujer-“. A lo que añade: “Tal sentir implicaba también una evolución de mi lenguaje, que, para decirlo en términos de influencia y acento, se me “hispanoamericanizó” entonces”. Esto último fue lo que sentí al abrir por primera vez La espera y leer la dedicatoria a Leopoldo Panero. En su comentario Valverde evoca lecturas (“Vallejo y Neruda sobre todo”) y personas: los nicaragüenses Carlos Martínez Rivas, Pablo Antonio Cuadra, José Coronel Urtecho, Ernesto Cardenal, que por aquellos años parecieron prolongar la memorable visita de Rubén Darío a España. Pero a quien yo sentí en aquella dedicatoria fue propiamente al Darío del romance eneasílabo a Machado. No tiene el de Valverde los finales agudos que tanto caracterizan a aquel, pero si ese inasible arrastre silábico que hace del eneasílabo un octosílabo entrañablemente alargado hasta tocar, como en sueños, otra zona. Decía Darío de Machado:

Misterioso y silencioso
iba una y otra vez.
Su mirada era tan profunda
que apenas se podía ver
Rubén Darío
“Antonio Machado” en El canto errante (Madrid, 1907)

Y Valverde a Panero:

A ti, Leopoldo, amigo grande,
a tu tristeza antigua y dulce,
como dejada entre las manos
de Aquel que en su callar nos une.

Los versos subrayados se hacen más lentos, ganan la oralidad de un paladeo, el dulce atrevimiento de una ola que entra un poco más inmedible en la playa. Darío descubrió ahí algo que pudiéramos llamar una métrica entrañable, o de lo entrañable, que no solamente late sino también respira, y empaña las palabras con su respiración, y hace oscilar el número, y convierte el acento en dejo. Gabriela Mistral sería la máxima heredera de este descubrimiento, que en ella se torna la entrada de lo ancestral indígena en el romance hispánico de cualquier medida, pasándolo como del padre a la madre, de isócrona parla narrativa a lengua de una mudez dolorosa de siglos. En La espera Valverde incluyó un poema, “Retrato de una muchacha mejicana”, que intuye estas captaciones:

Nos veía hablar, y sus ojos
de oscura cierva, suaves, lentos,
miraban, sabios, desde fuera
nuetras palabras, leve juego.

A veces en luz sonreía,
como no oyendo, y presintiendo,
igual que un niño ve el color
de lo dicho sin entenderlo.

Mirándonos con la sonrisa,
respondiendo en su mirar quieto,
que palpaba las puras cosas,
ojos a tientas, ojos ciegos.

La grave forma de sus labios
no era gesto; era el cauce seco
de siglos besando el dolor,
de siglos de huraño silencio.
De la misma fecha que este sencillo, revelador poema es su espléndido estudio “César Vallejo y la palabra inocente” (Estudios sobre la palabra poética, 1952). “Sin el contagio de esa voz hispanoamericana, concreta en su visión de las cosas pequeñas y paladeadora del sonido y el ritmo, yo habría abandonado seguramente la poesía en aquellos años”, reitera Valverde en 1978. Y no deja de anotar la confluencia de sus estudios de filosofía del lenguaje en la Universidad de Madrid, que hicieron de él una especie de filólogo en estado de gracia, ya que lo que no puede saberse en esa disciplina por vía científica lo supo, y con no menos precisión, por vía poética.
De Versos del domingo (1954), escritos durante su estancia en Roma y que en gran medida forman su venturoso libro nupcial, dijo en Poesía española, antología (Contemporáneos) [Gerardo diego, 1934] que para él significó “la superación del miedo a la realidad” y “una visión más amplia del contexto humano: el descubrimiento de la multitud”. Pero esa multitud está hecha de personas agudamente caracterizadas, pintadas y en ese sentido “pintorescas”, tanto como las cosas precisas que les pertenecen o las acompañan. “Mi poesía, entonces (añade Valverde), se hace especialmente visual –“fotógrafo al minuto”, me llamó Dionisio Ridruejo, también residente en Roma- y ensancha sus medios expresivos”. Una espacialidad mayor, en suma, conjugada con un detallismo goloso, con una sana sensualidad popular “a lo divino”. Libro, pues, justamente calificable de “italiano”, de español en Italia. Sin embargo desde la propia Roma, el 21 de enero de 1954, Valverde me lo anunciaba así: “Como verá va a ser un libro más americano que español”. Y, a la luz de observaciones anteriores, no creo que lo dijera sólo por la “Carta romana a Pablo Antonio Cuadra” y la dedicatoria a Ernesto Cardenal de “Visita di Bologna in mezza giornata”.
También desde Roma, el 16 de mayo de 1954, me escribía Valverde: “No sé si le dije que tengo empezado un nuevo libro de poesía, de estructura unitaria, Voces y acompañamientos para San Mateo: cada vez me interesa más una poesía completa, narrativa, de cuerpo entero. El puro poemita lírico, aunque indispensable a veces, no puede ser nuestra única ocupación”.
En 1959 Valverde escribe a Cintio Vitier “Ustedes pueden aportar algo decisivo al porvenir inmediato del mundo”. La revolución cubana significó para José Ma. Valverde su “reluctante conversión de joven liberal eurocentrista que sentía mi mundillo amenazado por un cambio como ése (…) Pues no me fue fácil esa adhesión, que hoy mantengo más que nunca” [Homenaje a la Revista Orígenes, 20 de marzo de 1994 en Casa de las Américas, nº 196]
Se acercaban para su amigo español, comenta Vitier, los tiempos de Nulla aesthetica sine ethica, los tiempos del destierro voluntario en Estados Unidos y Canadá y de los Años inciertos (1970), libro que me hizo el honor de dedicarme y del que dije en “Nuestro Valverde” [Casa de las Américas, nº 208, 1997] que “es el más arrasador acto de contrición de la poesía contemporánea en nuestra lengua”.
Valverde fue siempre el poeta alumno de la poesía, es decir, de su experiencia viva de la realidad, y por eso cada poema suyo –incluso cuando aparece disfrazado de si mismo, esto es, de “profesor de español”- es como un examen de admisión a un grado más alto, en sentido cognoscitivo, de la realidad. Esto es lo que le da a su poesía, que tuvo la humildad de no importarle parecerse cada vez más a la prosa, esa seriedad y ese encanto escolar, esa ética, la más inocente de todas, de perenne niño aplicado. Cada vez sus asignaturas fueron más vastas, más abarcadoras, más complejas, pero todas se podían resumir, a la postre, en pocas palabras: “unas pocas palabras verdaderas”, y él las escribía claramente, sometiéndolas a la aprobación del maestro, que era el silencio. Y cuando lo que llegó a aprender fue el mismo silencio, el silencioso ser de palabra, el sacrificio del Verbo, dejó que el tiempo de su alma se fuera deteniendo y callara su romance, y pidió perdón por todos los poetas*.

EL DÍA DEL PERDÓN

¿Por qué, en la edad propicia a la memoria,
no repaso el pasado a mi sabor,
y mi imagen, al verla en otro tiempo,
me inquieta, como el eco de mi voz?
Y no es que crea ser mejor ahora:
es el ver desde lejos como soy.
Tendrá que haber un día en que me pueda
servir el vino, hablarme sin rubor:
tendrá al final que haber quien me reúna
en paz conmigo mismo en el perdón.

¿Por qué, ante los que viven desangrando
al prójimo, no acierto a alzar la voz,
por más que estudie atento las astucias
de su arte, y su saberse dar razón?
Mucho tengo y tenemos compartido
con ellos en el propio corazón:
tendrá que haber un día en que nos juzguen
a todos y nos quemen en amor;
tendrá al final que haber quien nos reúna
a todos en un fuego de perdón.

*Valverde explicó a Cintio Vitier el 28 de abril de 1981 que el poema El día del perdón era lo único que había escrito en cinco años.