Nuevo Amanecer

POESÍA. SER DE PALABRAS (1976)


José María Valverde (Cáceres, 1926, Barcelona 1996)

“Nulla Aesthetica sine ethica. Ergo: apaga y vámonos” - frase escrita por José María Valverde en la pizarra el último día que dio clase antes de exiliarse de España por problemas políticos en 1965.

Uno a veces persigue a los autores por las librerías, mejor dicho a los libros, y no los encuentra. Otras veces, es uno el perseguido y aunque no quiera, termina siendo atrapado constantemente por el autor y por sus libros. Algo parecido se le ocurrió imaginar a Borges de Shakespeare, en un cuento en el que el dramaturgo inglés se convierte en una especie de presencia fantasmagórica o maleficio que condena a quien se topa con él, a no abandonarlo nunca al mencionar su nombre.
Y yo conocía a Shakespeare de la mano de José María Valverde. Este poeta, filósofo y traductor hizo una enorme contribución a la literatura en español poniendo en negro sobre blanco y con nuestras propias palabras las obras de los autores ingleses imprescindibles. Antes de llegar a Shakespeare en inglés, lo hice en español y luego volví al español, peleándome a veces con la traducción, porque imaginándome yo, actor sobre el escenario, el ritmo o el acento de una frase se me antojaba distinto al de la traducción de Valverde. Pero aún a pesar de estos ligeros desacuerdos, sus traducciones son de un español tan cercano, que consigue hacer del rey Lear, no un loco imposible de representar y atormentado por un amor que él cree no correspondido, sino nuestra propia insatisfacción, aquí dentro del pecho, cuando pedimos lo que queremos, como lo queremos y cuando lo queremos y aún así nada se cumple. Si no fuera por la traducción de Valverde, aún hoy Otelo, el moro de Venecia sería un ridículo engreído y soberbio acomplejado, en lugar de ser una figura varonil y legendaria como un buen amigo de toda la vida.
Pero Valverde hizo el doble salto mortal literario con la traducción de nada más y nada menos que el Ulises de James Joyce. La frase italiana que equipara al traductor con un traidor bien puede tener algo de cierta, en sentido figurado. Al entrar en el alma de una lengua no materna, el traductor transfiere los códigos milenarios de esa lengua a otra, filtrando lo que no podría caber dentro de otro recipiente. El traductor debe elegir el sentido, que a veces sólo tiene dos caminos, como en “To be or not to be” que pudiera trasladarse como “Estar o No Estar”, o “Ser o no Ser”, cosas muy diferentes dependiendo del contexto. En otros giros, la cosa se vuelve mucho más complicada, sobre todo cuando se trata de juegos de palabra vernáculos a los que hay que buscar alguna equivalencia en otra lengua, aunque nada tengan que ver con lo que se viene diciendo y a veces sólo sirva para interrumpir el discurso. Meterse a este laberinto de códigos y connotaciones es una de las cosas más difíciles y apasionantes del mundo de las letras. Valverde se metió valientemente, probablemente, con el riesgo de muchos errores.
Antes les decía, que a veces los autores son los que persiguen al lector, aunque ya estén muertos. El primer Valverde que yo había conocido fue el de las traducciones, la herramienta para leer a Shakespeare o a Joyce. Pero es que también tradujo a Elliot, a Whitman, y del alemán a Goethe o a Hölderlin, o a Rilke, el de las cartas a un joven poeta, entre otros. Luego un buen día, encontré un libro con fotografías, titulado 10 Catalanes y Dios. Un periodista se había encargado de realizar entrevistas a diez figuras de Cataluña representantes de diversos sectores de la sociedad, la política y la cultura para indagar en la relación que estos tenían con Dios. Se suponían algunos cristianos actualmente, o que lo habían sido, o que se creía que lo eran. Uno de los entrevistados era José María Valverde. La foto de su cara triste fue lo primero que me llamó la atención, pero antes que todo, sus respuestas eran cuando menos agrias, cortantes, como si el entrevistado tuviera una enemistad personal con el entrevistador. No decía casi nada, y la entrevista sin contener nada esencial se incluyó en el libro. Sólo se hablaba de una cierta descortesía de Valverde. No entendí bien a qué venía entonces publicarlo. Luego supe que ese día en que Valverde era entrevistado, estaba arreglándolo todo para salir de España. Su opción política y también cristiana le había generado demasiados problemas con el franquismo tardío, como a tantos otros. La causa su de exilio era su apoyo a varios profesores retirados de su cátedra por el sistema dictatorial de Franco, entre ellos, Enrique Tierno Galván, quien después fuera un entrañable alcalde de Madrid, en la democracia con el socialismo.
El José María Valverde que fue tan amigo de Nicaragua y de los nicaragüenses exiliados también en España, como el propio Luis Rocha o Fernando Silva, lo conocí después por un amigo jesuita común. Luis Rocha tiene en Managua la joya de un tomo del Ulises traducido y dedicado por Valverde. Y estando ya en Managua, me encontré con unos versos que no se olvidan: “Ahora te es ajeno hasta el paisaje:/ no te habla a ti: hasta el pájaro y el árbol/ y el río te escatiman las leyendas/ que aquí envuelven sus nombres…/” Para mí era la expresión perfecta del exilio, del interior y del exterior, porque “el fondo de tu espíritu no late/ si no vive en la lengua que es tu historia” Eran uno versos compuestos en Estados Unidos que forman parte del libro que aquí viene a bordo: Ser de Palabras. Y empecé, algo tarde, pero seguro a dejar que se presentara el Valverde poeta, en el que más que a ningún otro, se siente la huella de Antonio Machado, pero con un matiz muy personal.

Él se consideraba extremeño aunque reconocía haber pasado toda su etapa de crecimiento y aprendizaje en Madrid y de labor académica en Barcelona, por lo que lo consideraban catalán – en Barcelona murió, y está su esposa – y apoyó las causas de Centroamérica sin condiciones. Lejos de aquella época, al menos sí es una lección para la España y la Cataluña de hoy que buscan como encontrarse sin dar con la puerta de salida. Valverde era de muchos sitios, pero sigue siendo un poco de todos. No deja de perseguirme con palabras, en la lengua que es mi historia, nuestra historia. Él tenía una relación especial con Dios, se puede decir que lo esperaba al final del camino. Quienes lo quisieron y quienes lo leyeron deben esperar, al menos, que ese final haya sido como él mismo escribió:
Si eres verdad, es cierto todo lo que soñamos. En medio de la huida de las cosas, en medio de la duda y la niebla, y este nunca curable terror a la asechanza de la desgracia ignota que nos ahogaría de pronto sin remedio, yo acabo de encontrar algo que nada puede quitarme; el amor éste que te tengo y que irá, hecho huella en el alma, hasta el mar de lo eterno, como río que llega del país del dolor.