Nuevo Amanecer

POESÍA. EL LIBRO BLANCO Y EL CANTO DE LA MAÑANA (1907 Y 1910)

Delmira Agustini (Montevideo, Uruguay 1886- 1914)

“That is the woman”
“Sea con ella, la gloria, el amor y la felicidad”
No abandonemos la poesía nunca. Quedémonos en ella, y aún mejor, en ésta escrita por la mano de una mujer como ella. “That is the woman” era el elogio que Rubén Darío escribió de Delmira Agustini jugando con el verso de Shakespeare, y, además, la declaraba, si no la mejor, sí la mujer poeta que más le había impresionado por su sinceridad y honestidad después de Santa Teresa de Jesús. Algo exagerado podría pensarse, como exageradas son las críticas que de ella se hicieron tachándola de una modernista erótica. Bueno, todo el modernismo es en sí erótico, pero Delmira Agustini causó una conmoción en su tiempo más que por su poesía, por ser ella misma.
Aún sorprende que Rubén se refiriera a la poeta sólo en términos literarios, como si se hubieran encontrado dos almas gemelas que venían de otro tiempo y de otro espacio. Cuando se conocieron en Montevideo, parece increíble que no se terminasen enamorando. Parece que ella de él sí lo hizo, en términos poéticos. Sin vida pública, causó un terremoto entre quienes la rodeaban. Una niña bien educada en el mejor ambiente de Montevideo, que, sin embargo, padecía un insomnio al que ella se encargó de sacarle partido para darnos su poesía. No sé si el insomnio tenía algo que ver con lo que ella pasaba por dentro, pero en sus versos y sus cartas trasmite una experiencia vital, un ardor estético, y por último, un deseo sensual y sexual, que sólo puede convertir en verso. Era tal la intensidad de lo que sentía, que fue imposible ocultarlo. Todo el mundo sabía que era especial, que tenía un encanto irresistible, que era una mujer peligrosa, capaz de conducir a la locura, como se cantaría en una ranchera, pero como al final acabó pasando realmente.
Si en la vida social tenía un comportamiento irreprochable, de niña buena, al final sus tormentas interiores terminaron con ella como víctima de los celos de su marido. Dos disparos, en una noche, su cadáver semidesnudo, y el marido después acabaría por suicidarse con la misma arma. Un escándalo predecible pero que dejó la leyenda de una mujer incomparable. Rubén le auguraba un futuro brillantísimo. Luego su memoria terminó apocándose, pero su poesía es todavía una joya, conserva una tensión que sólo… Sí Rubén…que sólo la mística y pasional Santa Teresa pudo traducir a negro sobre blanco.
En el silencio de la noche entraba en una especie de trance y escribía poemas como Inefable, uno de mis favoritos, que sólo pueden escribirse por la noche, y que llegan donde la luz no puede. Antes que explicarme, léanlo y entenderán lo que digo:
Yo muero extrañamente... No me mata la vida.
No me mata la muerte, no me mata el amor;
Muero de un pensamiento mudo como (una herida...
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor
De un pensamiento inmenso que se (arraiga en la vida,
Devorando alma y carne, y no alcanza (a la flor?
¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida
Que os abrasaba enteros y no daba un fulgor?..
Las obras de Delmira, la bella Delmira, la mujer de todas las huellas, se puede resumir en tres libros, y dos después de su muerte. Con 20 años publica El Libro Blanco, luego Canto de la mañana, en 1910, donde está este enorme poema de lo Inefable y, por último, Los cálices vacíos, un año antes de su muerte. El Rosario de Eros y Los Astros del Abismo son dos tomos póstumos que recogen poesías de anteriores volúmenes y otras inéditas. El modernismo impregna todo, además de la tensión erótica, y las imágenes de cisnes, o los ritmos son de clara influencia dariana.
En los años sesenta conocimos las cartas que Delmira escribió, incluso la que le escribió a Ugarte, un artista testigo de su boda, que, según ella misma, confiesa le amargó la noche de bodas, porque lo tuvo presente en su mente en lugar de su marido. Pero en lugar de adentrarnos en esos detalles más truculentos de su vida, por los que se forjó parte de su leyenda, prefiero dejarles con esta exquisitez, parte de una carta que Delmira escribió a Rubén Darío, en la que además de una admiración enorme, se le confiesa como a un guía espiritual. En este texto uno puede admirar lo iguales que pudieron haber sido Delmira y Rubén.
De Delmira a Rubén Darío ( agosto de 1912)
“Perdón si le molesto una vez más. Hoy he logrado un momento de calma en mi eterna exaltación dolorosa. Y éstas son mis horas más tristes. En ellas llego a la conciencia de mi inconsciencia. Y no sé si su neurastenia ha alcanzado nunca el grado de la mía. Yo no sé si usted ha mirado alguna vez la locura cara a cara y ha luchado con ella en la soledad angustiosa de un espíritu hermético. No hay, no puede haber sensación más horrible. Y el ansia, el ansia inmensa de pedir socorro contra todo -contra el mismo yo, sobre todo- a otro espíritu mártir del mismo martirio. Acaso su voluntad, más fuerte necesariamente que la mía, no le dejará jamás comprender el sufrimiento de mi debilidad en lucha con tanto horror. Y en tal caso, si viviera usted cien años, la vida debía resultarle corta para reír de mí -si es que Darío puede reír de nadie-. Pero si por alguna afinidad mórbida llega usted a percibir mi espíritu, mi verdadero espíritu, en el torbellino de mi locura, me tendría usted la más profunda, la más afectuosa compasión que pueda sentir jamás. Piense usted que ni aún me queda la esperanza de la muerte, porque la imagino llena de horribles vidas. Y el derecho del sueño se me ha negado acaso desde el nacimiento. Y la primera vez que desborda mi locura es ante usted. ¿Por qué? Nadie debió resultar más imponente a mi timidez. ¿Cómo hacerle creer en ella a usted, que sólo conoce la valentía de mi inconsciencia? Tal vez porque la reconocí más esencia divina que a todos los humanos tratados hasta ahora. Y por lo tanto, más inocencia. A veces me asusta mi osadía; y a veces ¿a qué negarlo?, me reprocho el desastre de mi orgullo. Me parece una bella estatua despedazada a sus pies. Sé que tal homenaje nada vale para usted, pero yo no puedo hacerlo más grande... He resuelto arrojarme al abismo medroso del casamiento. No sé: tal vez en el fondo me espera la felicidad. ¡La vida es tan rara! ¿Quiere usted escribirme una vez más, aunque sea la última, para decirme solamente que no me desprecia?”
Delmira quería la vida a borbotones,
¡Si la vida es amor, bendita sea! / ¡Quiero más vida para amar! Hoy siento
que no valen mil años de la idea/ lo que un minuto azul de sentimiento.
¿A qué recuerda el poema Ventana de Alfonso Reyes?
Rubén, tal vez llegó tarde a deseárselo, pero hoy, donde quiera que esté, está terrible de la poesía, esta niña que mató la pasión violenta a los veintisiete años, merece lo que el poeta nicaragüense le deseó. Ojalá no lleguen tarde las palabras allá donde el tiempo no es como aquí. “Sea con ella la gloria, el amor y la felicidad”.