Nuevo Amanecer

Dos versiones de un sueño


I
La promesa de “El Matador”
Cuando Mayorga cayó en el primer round, Ortega, un obsesionado del azar radicado en el barrio Monseñor Lezcano, sintió que su futuro, su orgullo y su mística comenzaban a hundirse en un profundo sueño. Para la segunda caída en el tercer asalto, sus piernas extendidas sobre un banco de damasco color paja, comenzaban a hormiguearle. La cita de campeones en la Plaza Juan Pablo II, la promesa más la pólvora, más el gentío, más el discurso se volvieron borrosos. Para las primeras andanadas del sexto asalto, el sopor lo invadió por completo. Difícilmente miraba las imágenes del televisor. Apagó el aparato y se fue a la cama. Se despertó casi a las dos de la tarde del día siguiente para ver el repris de la pelea que el sueño le había robado. Las imágenes en la pantalla, la calzoneta azul, los guantes celestes, los botines negros, los jab de izquierda, la derecha directa al rostro, la cabeza sacudida por las combinaciones de ambas manos… Gabriel, Gabriel, otra vez Gabriel, la derecha que medía al contrincante, todas esas cosas que estaba viendo en el Sony de 64 pulgadas, los cuarenta golpes sobre el rostro paliducho le parecían siluetas soñadas la noche anterior. Incluso el réferi que protegía al hombre acorralado contra las cuerdas, le parecía conocido. Oprimió un botón del control remoto; las imágenes se desvanecieron. Ortega comprendió que soñada por él, la derrota de Ricky encerraba algún presagio funesto.

II
Se llamaba Oscar
El 6 de mayo, cuando Ricardo Mayorga se fue a su hotel en Las Vegas, el resultado de su pelea con Oscar de la Hoya estaba absolutamente claro. No había nada que discutir. Sus golpes fueron contundentes, demoledores, agrégales un ritmo infernal, agrégales una precisión casi telescópica. No había nada que vociferar. Sus maldiciones podían descansar en paz. Se metió en su cama y durmió profundamente. Despertó casi a las dos de la tarde del día siguiente. Se tomó un jugo de naranja y puso la grabación de la pelea. Las imágenes en la pantalla, la calzoneta azul, los guantes celestes, los botines negros, los jab de izquierda, la derecha directa al rostro, la cabeza sacudida por las combinaciones de ambas manos… Gabriel, Gabriel, otra vez agrégale Gabriel, la derecha que medía al contrincante, todas esas cosas, las que recordaba, las que estaba viendo en el Sony de 64 pulgadas, los cuarenta golpes sobre el rostro paliducho le parecían siluetas soñadas la noche anterior. Las había soñado durante tres meses; soñaba con el gallina, tortoleaba la gallina, desplumaba al gallina, se comía la gallinita. Incluso el réferi que protegía al hombre acorralado contra las cuerda le parecía conocido. Oprimió un botón del control remoto; las imágenes se desvanecieron. Ricky comprendió que la victoria alucinada la noche anterior era su derrota de hoy. Se llamaba Oscar.

07, 05, 06.