Nuevo Amanecer

Mármol Blanco sobre el cuerpo de Anastasio Carrillo Zeledón


Un doce de octubre, un día de semana, señalado por inquietudes en la tierra, desordenada, inestable, revuelta, los cielos retobados y turbios, en un día lluvioso, bajo una atmósfera cundida de nubarrones retintos, que arrastran tristezas viejas junto con presagios de renovados desastres, el doctor Anastasio Carrillo Zeledón ha rendido su frente ante las alas de la muerte implacable. Muerte completa y definitiva. Alas de luto desplegadas enfrente de un lecho de prolongada agonía. Postrimeras pompas rutinarias, anticipaciones de olvido, fúnebres ramos.
Un hondo pesar nos lleva absortos durante el trayecto de ida, y una infinita sed saciada de vacío nos acompaña en el trayecto que viene de regreso de nuestro cementerio esteliano.
Ha muerto un amigo. Ha muerto un hermano.
Se nos ha ido un semejante amable, un vecino simpático, un camarada (en el sentido evangélico que Saulo de Tarso pudo haber llamado camaradas a romanos, efesios, gálatas y corintios). Nuestro amigo rindió sus armas después de haber luchado hasta el fin, en una batalla desproporcionada contra la muerte, a quien enfrentó con serena dignidad. Subió, escalón por escalón, los últimos trechos dolorosos de su vida. Hasta morir conciliado con su propio ser, con sus hijos, hermanos, vecinos, amigos, sereno en sus creencias, firme en sus convicciones, a la hora de despedirse de nosotros, para regresar al seno generoso de la madre tierra que le dio vida, familia, patria, sustento y sepultura.
La de Tacho ha sido una batalla desigual, prolongada, intensa, sin cuartel. La de dos guerreros enfrentados desde siempre y para siempre, inevitablemente. Muerte y vida. Tacho libró su parte de la lucha con la fuerza del guerrero que siempre fue. Guerrero que jamás se destacó en los ejercicios corporales, que nunca presumió de aventajar a nadie en correr, ni en nadar, en luchar, en tirar la pelota o lanzar la jabalina.
Su condición de guerrero pacífico, de sabio discreto, radicó en su conocimiento maduro de la naturaleza humana, en la certeza ganada poco a poco, urgencia tras urgencia, sobre la brevedad de esta vida. Su sabiduría consistió en un ordenamiento lúcido, sin alardes, de las prioridades necesarias para cada momento.
Con notables cualidades y virtudes, la naturaleza prodiga a Anastasio, nace ungido con el don de la palabra. Su elocuencia se reviste algunas ocasiones de ciertas opulencias de estilo, es a ratos torrencial, un chorro de argumentos, comparaciones e ilustraciones pertinentes acuden a su mente y brotan de su boca, con un ímpetu que recuerda el fragor dinámico de los generadores eléctricos. Motivado por la simpatía, por el afecto fraterno, fue pródigo, desbordante, como eran los ríos estelianos de antaño en este mes de octubre, fue arrojado y temerario a veces en su amor por la libertad del espíritu humano y fue, hasta el momento de su muerte, un niño degustando la vida, como si fuera una golosina vitalicia.
Tacho Carrillo fue una personalidad excepcional, una mente de apertura universal, con quien se podía conversar a profundidad de cualquier tema, un observador lúcido con quien nos compenetrábamos sus amigos en el análisis social, en la reflexión sobre recovecos abismales de la condición humana. Naturaleza que el doctor Carrillo conoció muy bien, encarnada o descarnada en el dolor y en la tragedia, en la alegría y en la tristeza.
Desde niño, Tacho Carrillo fue orador escolar en las aulas estelianas, en el recinto de la escuela Sotero Rodríguez, o bajo los corredores vetustos del Instituto Río Piedras, donde derrochaba ingenio, amabilidad, sentido del humor, y hacía demostraciones espontáneas de una memoria prodigiosa. Igualmente precoces despiertan en él las inquietudes literarias. Junto con sus hermanos Luis Octavio y Ricardo, fue uno de los integrantes de un club de recitadores de los más hondos, sonoros y célebres poemas de nuestro padre y maestro de magia verbal, Félix Rubén Darío.
Anastasio poseía un espíritu escrutador engastado en un carácter jovial, demostraba una mente atenta y, sobre todo, ponía en práctica una marcada vocación para el ministerio de la solidaridad, la que ejerció persistente, sin hacer ni provocar aspavientos, a todo lo largo de su corta vida. Su humanismo autodidacto, su perspicacia innata, su sincera simpatía, le procuraron muchos amigos, tanto en su patria como en los países donde estudió o estuvo de visita.
En el momento en que le tocó escoger profesión, salir al mundo, la brújula de sus inquietudes marcó sin titubeos hacia el Sur. Hasta la república Argentina lo llevaron sus inquietudes, en donde se graduó de médico, donde tejió además una intrincada red de amigos, amigas, profesores, artistas, compañeros de estudio y de aventura humana, colaboradores que contribuyeron para transformar a aquel modesto muchacho esteliano, en un profesional maduro, culto, desenvuelto y seguro de sí mismo, capaz de desempeñarse con espléndida habilidad, con la destreza y la gracia de un lince, en materia de relaciones humanas. Innumerables puertas parecían abrirse ante sus pasos, en la perspectiva de desarrollarse profesionalmente en la Argentina. Sin embargo, obviando semejantes oportunidades, no dudó un solo instante en tirar por la borda el futuro promisorio que, en correspondencia con sus esfuerzos y con su talento, tenía asegurado, para regresar a su tierra estremecida por el parto de una Revolución, para incorporase así a la lucha social, a favor de la cual el joven doctor Carrillo aportó sus conocimientos, aceptando con serenidad los riesgos que implicaba su decisión.
Durante los meses y los años sucesivos, la forja de su carácter se vio fortalecida por una persistente actitud, rubricada con su ejemplo personal, desde su responsabilidad como principal dirigente administrador de la salud pública para la región de Las Segovias, labor pesada, compleja y delicada, en la cual Anastasio se destacó como hombre y como médico.
Su expediente académico profesional pone en evidencia una personalidad creativa, en permanente ebullición, que siempre fue paradigma para sus amigos. Estudioso, curioso, disciplinado, metódico.
Este muchacho de gran desprendimiento se entregó por completo a la causa de los humildes. A su austero consultorio acuden los más desprotegidos, los pisoteados por esta sociedad, oportunista y bárbara. Los campesinos, los mestizos, los indios, los indigentes, los marginados. A este tropel de desarraigados, de seres olvidados, a los que aún humillan, ofenden y manipulan algunos poderosos, este médico les dedica su vida, apoyado con la fuerza de unas convicciones bien plantadas, sostenidas sobre sólidos pilares morales, puestos en acción por la mente lúcida con la que Dios y la naturaleza lo privilegiaron. Se acercan los pobres, los menesterosos al médico amable, sin un solo centavo en la bolsa, para recibir no solamente atención médica, una auscultación precisa y un diagnóstico profesional, en el que el doctor Carrillo era inequívoco, sino en búsqueda de la mano generosa del amigo, recibiendo medicinas gratuitas, muestras médicas, una ayuda monetaria inclusive, porque el doctor Anastasio Carrillo nunca dejó de ser Tacho Carrillo, el muchacho popular, el amigo afable, quien siempre tuvo una palabra de aliento para todos. Para los grandes y para los pequeños.
Su entrega, su lealtad al juramento hipocrático, es admirable, sirviendo con deliberada preferencia a los más necesitados, en silencio, como tiene que ser, sin andar calculando y premeditando para comprometer en un apuro la voluntad de una clientela de futuros votantes, para exprimirles algún rédito político, algún porcentaje en la abstracción de algunas cifras electorales.
Ni eso, ni mucho menos. Nada que ver con las sosegadas aspiraciones y la personalidad llana del doctor Anastasio Carrillo. De ahí su eterna sonrisa, su mirada limpia, su alegría consecuente, constante, comunicativa, que hablaba de la abundancia de su corazón.
Ejemplo diáfano de su desprendimiento, fue su conducta heroica, que salvó la vida de muchas personas, durante los aciagos acontecimientos del intento de secuestro colectivo, perpetrado por una fuerza de tarea de la Contra, en diciembre de 1981, en la hacienda cafetalera Aerónica, ubicada en las estribaciones del cerro el Guambuco, vecino del segoviano Mogotón, la cumbre más elevada de Nicaragua, hechos en los que perdieron la vida Mary y Felipe Barreda, dirigentes cristianos. Estos dolorosos acontecimientos dejaron una honda huella en el ánimo del doctor Carrillo, que se tradujo al cabo en una madurez tolerante, paciente, generosa, que luego benefició a muchos.
Amigos, ha muerto Tacho Carrillo Zeledón, hombre mortal al fin, hijo y nieto de mortales. Sus omisiones y fallas serán siempre menores que su grandeza de alma. Grande ha sido porque fustigó con sinceridad y sin miedo la cobardía, la falta de entereza y el oportunismo de muchos de sus amigos y antiguos compañeros. Noble ha sido porque la naturaleza le ungió con el carisma de la palabra, y nunca lo utilizó al servicio de su propio interés, ni engañó con su don a sus amigos, ni a sus pacientes ni a ninguno de quienes trató, sino, por el contrario, utilizó su carisma para motivar, para estimular, para esclarecer, invitando a quien lo buscara para tender juntos sus alas y alzar el vuelo hacia los confines del conocimiento universal.
Lamentamos la muerte de un amigo. Su ausencia pesa demasiado sobre nuestros hombros, y aún así la hemos dejado más vacía quienes sobrevivimos. Porque sus funerales fueron modestos. Ralos como el cabello de una dama.
¿Será que los pueblos mezquinan calculada o instintivamente hasta los últimos honores que conceden a los suyos, cuando éstos no se viran oportunamente de un lado al otro en materia de lealtades?
Hoy por hoy, el doctor Carrillo no ocupaba posiciones jerárquicas ni espacios de poder, por eso el atrio de Catedral estaba casi vacío, en los bancos de ambas alas de la iglesia, su familia y los pocos acompañantes. Los vítores de homenaje o los plañidos de congoja eran espejismos de moribundo, o eran alucinaciones de ultratumba.
La realidad hubiera sido otra si el doctor Anastasio Carrillo hubiera estado acomodado, amoldado, engranado en los pistones del poder (del poder que hoy sufre tantas vueltas, que padece tantos meneos y sobresaltos, pero que aún así engolosina y avoraza a muchos), entonces se hubieran derramado litros de tinta en panegíricos, hubieran bloqueado y cerrado calles, habrían mandado delegaciones de los poderes del Estado, de las fuerzas del orden público que sustentan nuestro desorden político, de las juntas directivas de los partidos políticos, de los colegios de médicos, ingenieros y abogados, de los ejecutivos de las ONG (de gafas oscuras, marca Guy La Roche), entonces hubieran sobrado los oradores póstumos y quienes quisieran cargar sobre sus hombros un último recuerdo sensible del difunto.
Pero no sucedió así. No fue contada así esta historia. Donde estuvo la muerte detenida unos instantes, quedó después sólo la transparencia del aire, quedaron unas nubes corpulentas, que luego se disiparon, se desagregaron, llovieron llorosamente encima de nuestras cabezas, y después las nubes vueltas charcos se escurrieron. Nuestro amigo se nos fue en silencio, tal como vino y tal como vivió los últimos años de su existencia. Solo, aparte, retirado, altamente desvinculado de las cosas y los seres, entregado de tiempo completo a percibir la música secreta de su destino, escuchando cantar los pajaritos con las definiciones progresivas del amanecer, con la creciente intensidad de la luz de su jardín, todas las últimas mañanas de su vida.
Adiós, hermano, hasta luego, Anastasio. Que Dios, padre creador de todos los seres y las cosas, reconozca la honestidad de tus virtudes, que pondere el sencillo equilibrio que ha regido en todos los actos de tu vida, que lea la marca de limpieza que ha dejado el dolor sobre tu frente, que te acoja en su seno, que te asile y que te aloje en sus jardines de bifurcaciones infinitas.
Amén